CONEXIÓN FICCALI: De sur a norte
El pasado 22 de octubre, en el marco del FICCALI, tuvo lugar en la Sala Madero del Centro Cultural el panel Los festivales nos visitan: Cita abierta con el cine latino visto desde el Norte. Este espacio reunió a personalidades representativas del medio internacional con el propósito de establecer un diálogo en torno a las minucias que fundamentan el arte de montar un festival de cine.
Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Ivonne Cotorruelo, coordinadora del Miami Film Festival, fue la responsable de abrir el panel. Su aptitud desenvuelta nos permitió entrar en sintonía rápidamente. El resto de los invitados se presentaron después. Solo entonces se lanzó la primera cuestión de manos de Cotorruelo: ¿en qué consiste el trabajo de un curador en un festival? El grueso de los asistentes nos miramos las caras con la ilusión de que alguien contestara en nuestro lugar. Un organizador local levantó la mano: un curador es un filtro que se encarga de resolver los desafíos temáticos con una apropiada selección de obras que vengan a tono con las expectativas o las preocupaciones del festival.
El sujeto, de edad avanzada, elaboró su discurso a través de una retórica acusativa que por momentos parecía atacar la validez de los invitados, por lo que fue preciso que la coordinadora le pusiera un alto. Pasado este primer bache, la discusión retomó su curso natural.
Lorena Tavera, directora de la última edición del Festival Internacional de Cine Ambiental de Cali (FINCALI), también hizo acto de presencia, aunque su nombre no figurara en la programación. Sus intervenciones fueron ampliamente valoradas, pues gracias a ella tuvimos la oportunidad de echar un vistazo al panorama nacional, lo cual enriqueció el debate.
Tavera hizo su formación en festivales de derechos humanos en Argentina. Regresó al país con la idea de fundar su propio festival. De acuerdo con su experiencia, diferenciarse es una tarea difícil en Colombia. Contra los prejuicios más extendidos, contamos con un número creciente de festivales “de nicho”. Son más de 100 en total, de los cuales alrededor de 64 están debidamente acreditados. Tan solo en el Valle del Cauca hay 14. Esto, según Tavera, ya es en sí mismo una prueba de buena salud para la cultura, pero, además, también explica la buena relación que sostenemos con el resto del continente en lo que respecta a la exportación de material, una propensión que también caracteriza nuestro intercambio con el norte global en los últimos años. El resto de los panelistas confirmaron las afirmaciones de Tavera.
El ejemplo del FINCALI, traído a colación por Tavera, fue idóneo para profundizar en las tensiones inherentes a la creación y el montaje de un festival. Todos estuvieron de acuerdo en que para esto es necesario plegarse a una idea poderosa, resultado de un interrogante que dé cuenta de la relación entre la obra y el público: ¿cómo necesita la gente relacionarse con el cine? Esto llevó, por ejemplo, a la creación de un festival de cine ambiental, que, contrario a lo que un podría pensar, no estuvo dominado por documentales de orden científico.
Tan solo en el Valle del Cauca hay 14 festivales. Esto ya es en sí mismo una prueba de buena salud para la cultura, pero, además, también explica la buena relación que sostenemos con el resto del continente en lo que respecta a la exportación de material, una propensión que también caracteriza nuestro intercambio con el norte global en los últimos años.
Christian Sida, del Vancouver Latin Film Festival, es partidario de esta clase de estrategias que apuntan a un público más selecto por sobre las masas que dominan las grandes corporaciones. Él mismo ha implementado diferentes mecanismos de captación. Su proyecto contempla selecciones que van desde la música (de nombre Así suena) hasta la gastronomía (Así sabe). Gabriel Ornelas, del Festival de Cine Las Américas, celebrado en Austin, es de la misma opinión. Considera que gracias a la integración de diferentes experiencias que trasciendan la sala de cine es posible construir comunidad. Las plataformas de streaming y la pandemia debilitaron el interés por la materialidad del cine, y esta, según ellos, es la única salida para mantenerse a la vanguardia: transformar el festival en una excusa para dialogar con la cultura a través de las personas, lo que requiere de una organización integral (u holística, si se quiere) que vaya más allá de la pantalla.
También se impuso el antiguo problema que enfrenta a las grandes producciones contra las que se construyen a sí mismas luego de un intenso trabajo colectivo y artesanal. Los retos aparejados a las proyecciones itinerantes o de territorio pertenecen a otra categoría. La coordinación a gran escala no se equipara, en lo que respecta a su nivel de dificultad, a la que deben proponer los festivales que no están asegurados por grandes capitales.

Una de las asistentes, directora de un festival de “periferia”, fue quien trajo esta discusión a la mesa. Quienes trabajan de forma independiente se enfrentan a una realidad que solo puede ser comprendida “bajo la lógica de la intuición o la magia”. La industria convencional puede medir la recepción de sus estrenos; los pequeños promotores han de conformarse con adivinar la predilección discursiva de su público.
Las barreras para trascender y pelear un espacio en el gran relato de los medios también son irrisorias. La vara con la que se calibra la eficiencia de una película “telúrica” es distinta, lo que obstaculiza el acceso de nuevos públicos.
El caso de Un poeta (2025) es una excepción a la norma, lo que fue visto con optimismo por todos los panelistas, quienes vislumbran una posibilidad real en este “boca a boca 2.0” para superar las fronteras generacionales que han convertido a la sala de cine en un espacio anticuado.
Cotorruelo y Sida estuvieron de acuerdo en que la edad de sus colaboradores durante la preparación de un festival es sumamente alta. Casi todos superan los sesenta años. Lo positivo de todo esto, de acuerdo con Sida, es que la mayoría son bondadosos y contribuyen a la permanencia de los festivales gracias a sus donaciones. Tavera considera que en Colombia no es muy distinto.
Las barreras para trascender y pelear un espacio en el gran relato de los medios también son irrisorias. La vara con la que se calibra la eficiencia de una película “telúrica” es distinta, lo que obstaculiza el acceso de nuevos públicos.
La coordinadora se encargó de dar cierre al panel con una última pregunta: ¿los festivales persiguen los estrenos? Hubo divisiones entre los invitados al momento de responder. Cotorruelo admite la incorporación de estrenos siempre y cuando lo vea pertinente, y no porque la película desmerezca, sino más bien por una cuestión de coherencia geográfica. En su opinión, hay películas que funcionan mejor en un lugar u otro, y si Miami no es el apropiado, buscará el modo de establecer una ruta de comunicación entre el aspirante y el festival que ella crea conveniente.
Sida y Ornelas son contrarios a esta visión. Los estrenos vienen aderezados por un elemento de contingencia que apura, comprime o trastorna los ciclos y las programaciones. Resulta más cómodo e inteligente conceder un margen de tiempo que depure el catálogo de cada año, con lo que también se facilita el trabajo de selección. Además, debido al rango limitado de algunos festivales o al tamaño de la población en la que tienen lugar, no es conveniente organizar un estreno que puede pasar sin pena ni gloria.
Tavera abre una tercera alternativa. Un estreno no implica, necesariamente, una primera proyección. Puede tratarse de un estreno focalizado, en relación con los propósitos estéticos e ideológicos del festival en cuestión.
Cotorruelo dedicó unas palabras al puente que se ha construido entre ambos continentes antes del cierre. Está convencida de que los progresos logísticos alcanzados por Colombia deben replicarse en los Estados Unidos, especialmente en cuanto al “work in progress” (WIP), frecuente en los festivales de Colombia, y que consiste en la divulgación de proyectos con la esperanza de atraer inversores. Confía, además, en que la posición simbólica y geográfica que ocupa Miami logre estrechar las distancias entre ambos países, lo cual debe reflejarse en el aumento del número de coproducciones.



