Evento

En memoria de Guillermo Piedrahita: la generación de la utopía

El pasado 24 de octubre se realizó un conversatorio inaugural en la sala Álvaro Mutis de la Universidad del Valle en memoria del legendario actor Guillermo Piedrahita. La ocasión marca el inicio de un proyecto institucional que busca celebrar su legado artístico a través de la revitalización de su figura. Los panelistas tuvieron la misión de elaborar una panorámica que no dejara por fuera la época decisiva que determinó el trabajo de Piedrahita.

Por: William Rosero
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Foto: Danny Jordán.
Foto: Danny Jordán.

El conversatorio estuvo integrado por los testigos y protagonistas de una época decisiva para la historia cultural de la ciudad y del país, ligada, por una coincidencia maravillosa, a la vida del propio Guillermo. Destaca la participación de Patricia Ariza, fundadora del Teatro la Candelaria y exministra de Cultura durante este periodo presidencial; la de Olga Lucía Ruiz, viuda de Piedrahita, y la de Paloma Piedrahita, hija de este.

La función de moderador recayó sobre Gabriel Uribe, licenciado en Arte Dramático de Univalle, quien también estuvo bajo las órdenes de Enrique Buenaventura y conoció a Guillermo de primera mano.

Como primer acto de la ceremonia, se convocó a un minuto de silencio. Luego se realizó la lectura del acta firmada el día 14 del presente mes por Cristian Chamorro, actual decano de la Facultad de Artes Integradas, y a través de la cual se ratifica el compromiso de la Universidad con la memoria y el legado del actor. El documento está compuesto por cuatro artículos, el último de orden simbólico, materializado en la cesión del acta a la familia del difunto.

Ariza fue la segunda en tomar la palabra. Leyó una carta que escribió para Guillermo cuando supo de su partida. En esta, la identidad de Piedrahita es sometida a una división tripartita que se corresponde con diferentes momentos de su recorrido vital, lo que habilita la posibilidad de reflexionar sobre una época.

Ambos compartieron la pasión por el teatro y la tenacidad en la ceguera, aunque esta no fuera paralizante, sino, por el contrario, producto de la terquedad. De ahí que hayan inmortalizado sus nombres en las respectivas instituciones que fundaron: Piedrahita fue responsable, junto a Buenaventura, de la creación del TEC, sin el cual no se entiende la historia del teatro en Colombia.

Foto: Danny Jordán.
Foto: Danny Jordán.

De acuerdo con Ariza, esta fue una época de absoluta confianza, marcada por el quehacer enérgico de unos jóvenes soñadores que ignoraban la condición excluyente de las utopías. No se paraban a pensar en nada. Tiraban hacia adelante con una obstinación reposada (paradójicamente) y persistían hasta la consecución de sus proyectos. Piedrahita pertenecía a esta camada de profesionales modestos y titánicos, lo cual explica que no haya abandonado las tablas ni siquiera en los momentos más difíciles de su enfermedad.

La semblanza de la vida de Piedrahita corrió a cargo del maestro Héctor Fabio Salomón, conocido por sus colegas con el apodo de “Douglas”. Piedrahita, de acuerdo con su opinión, fue un hombre de quien no se puede “guardar un mal recuerdo”. Todos los invitados mostraron conformidad con esta afirmación. No fue un actor cotillero ni celoso con el éxito de sus colegas. Salomón lo recuerda especialmente por su papel en la obra La Orgía (1977), de Buenaventura, donde cumple el rol de un mendigo vestido de frac, quien desvela la doble moral de las “almas caritativas” a golpe de ingenuidad, como lo hiciera Voltaire y su Cándido.

Piedrahita también fue un dramaturgo, aunque no de la manera convencional. Su método de escritura no obedecía a las expectativas solitarias y románticas del autor que debe ponerse al margen para afinar su punto de vista. Escribía como quien camina por el escenario, con afán de explorar. Él mismo renegaba del título de escritor, al que oponía el de “amanuense de lo que queda”.

Fernando Vidal, director de teatro y dramaturgo, enriqueció el fondo de memorias con su propia cosecha, de gran espectro si atendemos a la presentación de Uribe. Como muchos de sus amigos, conoció a Piedrahita en los escenarios del TEC. La amistad los persiguió a diferentes lugares. En Univalle tuvo la oportunidad de entrar en contacto con la dimensión pedagógica del actor. Vidal lo recuerda como un profesor compasivo y amoroso. Ponía la misma dedicación en cada estudiante, fuera un prodigio o un desahuciado. Desde la Dirección tenían por costumbre asignarle los cursos más complicados, esto a causa de su enorme capacidad para revitalizar la pasión e infundir confianza en el futuro. 

Vidal aprovechó la ocasión para discutir un aspecto relegado en el perfil del actor. Piedrahita también fue un dramaturgo, aunque no de la manera convencional. Su método de escritura no obedecía a las expectativas solitarias y románticas del autor que debe ponerse al margen para afinar su punto de vista. Escribía como quien camina por el escenario, con afán de explorar. Él mismo renegaba del título de escritor, al que oponía el de “amanuense de lo que queda”.

Foto: Danny Jordán.
Foto: Danny Jordán.

La voluntad y el compromiso con el que asumió su carrera artística lo mantuvieron en vigencia hasta el 27 de mayo de este año, cuando se paró frente al público por última vez para actuar en una adaptación de Cordero Asado de Roald Dahl, dirigida por un representante de la nueva generación. Esto fue una tendencia durante su último periodo, trabajar con directores jóvenes, lo que demuestra su interés constante por permanecer a la vanguardia.

Julián Rodríguez y Doris Sarria, amigos íntimos de Guillermo y compañeros de oficio, se pusieron de acuerdo para exhumar el lado más humano del artista. Rodríguez viene del palo de la música, pero esto no fue un impedimento para que se acercara a las salas del TEC, donde trabó amistad con Piedrahita y Buenaventura. Lo recuerda como un hombre transparente e ingenioso. Ponía a todos en contacto con los últimos avances en materia teatral, aunque no estuvieran capacitados para comprender su novedad. Esto facilitó el trabajo de aprendizaje. El conocimiento se transmitía a nivel corporal, lo cual representa una salida inteligente a las barreras retóricas de la teoría.

Piedrahita fue un actor comprometido e integral. Profesaba un culto al cuerpo como el cantante profesa culto a su voz. Hacía tai chi todas las semanas, subía al cerro y nadaba con auténtica despreocupación juvenil. Tomaba clases de actuación con un maestro de la técnica chejoviana como un aprendiz. Esta disciplina lo mantuvo vigoroso.

Sarria, por otro lado, nos compartió uno de los poemas de Lorca que solían recitar, “Asesinato”,además de enseñarnos fotografías donde se lo puede ver transmutado en distintos personajes, incluido el de un profesor y un académico, aunque para estos tuviera que abandonar la sala.

La esposa de Piedrahita fue la penúltima en tomar la palabra. Trajo una serie de notas dispersas para orientarse, pues, según afirmó, “no es buena improvisando”. Lo que no pudo traer fue una calavera de utilería, con la que quería simbolizar la presencia de muerte que nos acecha desde el nacimiento. Su intervención fue una oda a la “única democracia” real: la muerte. No hubo espacio a sentimentalismos, aunque en la recta final cediera a la tristeza.

Su agudeza intelectual, aunada a la visión propia de una compañera de vida, nos permitió meter la nariz en los pormenores de una profesión tan agitada. Piedrahita fue un actor comprometido e integral. Profesaba un culto al cuerpo como el cantante profesa culto a su voz. Hacía tai chi todas las semanas, subía al cerro y nadaba con auténtica despreocupación juvenil. Tomaba clases de actuación con un maestro de la técnica chejoviana como un aprendiz. Esta disciplina lo mantuvo vigoroso. Tiene sentido que se entregara al oficio con tamaña dedicación. No por nada las notas de su esposa llevan el título de “Homenaje a un actor”. Así se definió Guillermo a sí mismo cuando afirmó, meses antes de su muerte, que “ser actor ha sido el sentido de mi vida”.

Panelistas del conversatorio. Foto: Danny Jordán.
Panelistas del conversatorio. Foto: Danny Jordán.

Hacia el final, Paloma Piedrahita tomó el micrófono y nos leyó, con voz quebrada, las palabras de despedida que dedicó a su padre, quien, según recuerda, no dejó de hacerla reír ni siquiera en “el cajón”, pues, como última carta de amor al teatro, decidió calzarse una sonrisa pícara como máscara postrera.

El conversatorio cerró con la interpretación en vivo de una canción que Julián Rodríguez y Paloma Piedrahita compusieron a la memoria de Guillermo, de nombre “Canción para papá,hoy que no estás”. Algunos asistentes no pudieron contener el impulso de seguir el ritmo vital de la guitarra con aplausos coordinados. La letra fue una celebración de la muerte como un camino hacia la libertad y un llamado a los vivos para que nos unamos a la felicidad de los que se van.

Guillermo Piedrahita fue más que un actor exitoso. Su trabajo ha trascendido la esfera del teatro para irrumpir en la memoria colectiva con personajes tan icónicos como el del Vivo Bobo, el héroe del civismo en Cali. La Universidad ha contraído el honroso compromiso de preservar su memoria y cultivar su legado. La exposición es el primer paso de esta larga y esperada serie de proyectos.

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