En busca del paraíso. Jorge Isaacs y la inmigración japonesa
A propósito del centenario de María resalta la historia, poco conocida, de los primeros inmigrantes japoneses a Colombia, quienes, inspirados por la novela, se atrevieron a cruzar el océano a probar suerte en un país desconocido para ellos.
Por: John Restrepo Aparicio
Estudiante de Administración de Empresas

Al bajar del vapor en 1932, los japoneses pensaron que habían llegado al Paraíso. Así lo habían leído en las páginas de María, la novela hispanoamericana más popular del siglo XIX. Si bien Colombia era un país desconocido para el Japón, la historia, un auténtico best seller internacional, no lo era. No es de extrañar entonces que los ejemplares dieran la vuelta al mundo y cayeran en las manos del profesor Yuko Takeshima, quien la tradujo al Japonés.
Por ese entonces el país de Oriente ya se perfilaba como una nación con grandes aspiraciones, aunque sufría una crisis demográfica. Su gobierno tomó con buenos ojos la emigración de sus ciudadanos en pequeñas colonias alrededor del mundo y para el caso de Suramérica eso sucedería principalmente en Perú y Brasil. Ryoji Noda, cónsul en estos países y experto en inmigración, fue el encargado de evaluar a Colombia y no la recomendó. Entre sus razones, estaba la falta de una ruta directa, las difíciles condiciones internas de transporte y la poca variedad en productos agrícolas por cultivar. Mencionaba también que, de ser posible superar estos escollos, en el Valle del Cauca habría una región prometedora.
También faltaba conseguir la gente para esa aventura en tierra extraña. Aparte de un fugaz jardinero, Tomohiro Kawaguchi, quien trabajó para el presidente Rafael Reyes, a Colombia no había emigrado nadie del Japón, como sí había sucedido en Perú y Brasil. Así fue como la Compañía de Emigración de Ultramar se sirvió de María con sus románticas descripciones de la geografía local para convencer a los indecisos. La propaganda que se leía en la revista de emigración rezaba ‘Kono yo no tengoku ga arutosureba, Koronbia ijûchi wo sasu’ o como seria en español: si en este mundo existe el paraíso, éste es Colombia. Y de Fukuoka zarparon las 10 primeras familias hacia una plantación llamada El Jagual, cerca de Tuluá, comprada por el propio gobierno japonés.
Apenas llegaron, supieron que el paraíso no era este. La tierra prometida era en realidad unos terrenos vírgenes, no había caminos y todo estaba por hacer. A punta de machete criollo formaron sus fincas y con el tiempo sus costumbres se fueron colombianizando. Cambiaron los palillos para comer por cucharas y tenedores. Algunos empezaron a contraer matrimonios con colombianos y a llamar a sus hijos con nombre hispanos. Para esos momentos parecía como si la peor parte ya se hubiera superado y empezaban a florecer las colonias japonesas en Colombia. Si bien no estaban plenamente aceptados, el comercio era muy activo y prosperaban. Entonces, comenzó la Segunda Guerra Mundial.

Un Estados Unidos a quien poco le interesaba Suramérica, de pronto, empezó a ver sus intereses amenazados. Del ajedrez propio de la política, la mayoría de los países de la región resultaron de lado de los aliados y tomaron medidas contra los inmigrantes de los países enemigos. Colombia rompió relaciones con los países del Eje en 1941.
En el Valle se inventó el rumor de que las colonias agrícolas eran en realidad bases militares para tomar Panamá. El chisme fue producto de un periodista local empeñado en lograr una noticia amarillista. La historia tenia lógica. Los japoneses eran gente extraña, con costumbres raras para el campesino criollo. Sus colonias agrícolas eran distantes de las ciudades, escondidas en las montañas y, para rematar las cosas, uno de los inmigrantes era apodado “El capitán”.
Razones suficientes tanto para vender periódicos como para creer que mil japoneses podían ser una amenaza para todo un país. La persecución fue rápida y austera. Los varones nipones, al igual que sus pares italianos y alemanes, fueron puestos en retención en un campo de concentración en Fusagasugá. Sus familias quedaron solas en el Valle, luchando por sobrevivir con el estigma de ser vistos por los vecinos como enemigos o parias. Algunos de sus bienes fueron confiscados y el comercio con ellos fue restringido.
El tal campo de concentración no resultó ser Autswich, más bien era un hotel Sabaneta; lo cierto es que el trato hacia los extranjeros fue respetuoso y casi cortés. Allí los ricos eran los italianos y sobre todo los alemanes, gente dedicada al comercio y las ciencias. Los japoneses, agricultores de profesión, eran los más venidos a menos. Después de la derrota de Japón, todos fueron puestos en libertad, pero las huellas de un encierro no deseado fueron evidentes. Con el tiempo los japoneses en Colombia fueron abandonando sus trabajos agrícolas y se trasladaron a otras zonas del Valle del Cauca. Quienes se quedaron en el Jagual formarían la SAJA o Sociedad de Agricultores Japoneses, la cual pasaría a formar la actual Asociación Cultural Colombo Japonesa en el barrio Granada. Y siguieron creciendo hasta el presente donde son parte de la sociedad caleña.
La historia de esta inmigración fue llevada al cine en el 2006 por Carlos Palau. La película es El sueño del paraíso, nombre poco apropiado para lo que vivieron pero que sirve para mostrar cómo el poder de las palabras en un buen libro da para comenzar una aventura.



