Machado de Assis: tras las huellas de un grande de las letras brasileras
En conmemoración de su nacimiento, acontecido un 21 de junio de 1839, La Palabra revisita hoy la memoria y obra de uno de los más insignes escritores de nuestra América. Dueño de un estilo singular, Machado de Assis sentó las bases de una literatura combativa y alegre que encontró en Memorias de Bras Cubas la posibilidad de hacer una cruda sátira a la sociedad de su tiempo. Sean estas líneas un sentido homenaje a quien ha sido uno de los más grandes escritores de nuestra historia contemporánea.
Por: Alejandro Alzate

Foto: Tomada de brazilianculture.art
1. Influencias y formación intelectual
La literatura de Machado de Assis es producto de una síntesis entre las corrientes literarias europeas del siglo XIX y su experiencia como hombre negro, pobre y autodidacta en un Brasil esclavista y patriarcal. Cuenta su biógrafo, Antonio Cándido, que su formación no fue académica, sino forjada a la luz de la lectura apasionada de los clásicos y de sus contemporáneos. Cabe destacar que, trabajando como aprendiz de imprenta, este escritor accedió a obras en francés, latín e inglés que moldearon tanto su estilo como sus inquietudes expresivas.
Ahora, si a las influencias que perfilaron su carrera literaria se alude, es importante referir a románticos como Goethe y Byron, esto sin desconocer, desde luego, el giro que en su madurez hubo de hacer el autor hacia el realismo de tono irónico, en el que fueron notorios Laurence Sterne, Jonathan Swift y sobre todo Fiódor Dostoievski. Machado de Assis también leyó con fervor a Montaigne, Pascal y Voltaire, y se interesó, además, por las ideas filosóficas que cuestionaron la razón, la moral y el libre albedrío.
A pesar de su cercanía con el realismo europeo, Machado siempre mantuvo una distancia crítica frente a las modas literarias del viejo mundo. En consecuencia, no abrazó el naturalismo de Zola ni el positivismo de Comte con la fe que mostraban muchos de sus contemporáneos, incluso brasileños. Su actitud, por el contrario, era escéptica, pues desconfiaba de los determinismos biológicos y sociales que explicaban al ser humano de forma mecánica y simplista. En lugar de ello, prefirió indagar siempre las contradicciones internas de los personajes, sus autoengaños, miedos y deseos reprimidos. La ironía fue su arma preferida, y su estilo, contenido y elegante, un vehículo para revelar lo que el lenguaje muchas veces oculta por pudor o imposición social o de clase.
No menor que las influencias referidas, su entorno socio-cultural también moldeó su mirada y concepción del hecho literario. En tanto hombre mestizo que logró ascender socialmente gracias a su inteligencia y discreción, Machado fue testigo de la hipocresía de las élites cariocas. Desde esa perspectiva, su obra está llena de personajes que usan la cortesía como máscara, que encubren ambición con moralismo y que ocultan resentimientos bajo apariencias de virtud. El nacido en Río de Janeiro no escribió para juzgar, sino para desnudar la complejidad humana, razón por la cual su obra trasciende las fronteras del tiempo y del idioma, y se inscribe entre las más universales del continente.
La ironía fue su arma preferida, y su estilo, contenido y elegante, un vehículo para revelar lo que el lenguaje muchas veces oculta por pudor o imposición social o de clase.
2. Machado de Assis y la construcción de su obra
A lo largo de su vida, este autor escribió cinco libros de poesía, además de teatro y crítica literaria, así como nueve novelas y más de doscientos cuentos. Sin embargo, fue con estos dos últimos géneros con los que alcanzó sus mayores logros. Coinciden los estudiosos en señalar que su obra se divide en dos fases: una inicial, de corte romántico, y otra más madura, en la que desarrolló una narrativa introspectiva, fragmentaria y profundamente moderna. La primera etapa legó títulos memorables como Ressurreição (1872), A Mão e a Luva (1874), Helena (1876) y Iaiá Garcia (1878), obras que, aunque tradicionales estilística y temáticamente, ya mostraban el interés de Machado por los matices psicológicos y los conflictos morales.
Con Memórias Póstumas de Brás Cubas (1881), el autor inauguró una fase radicalmente nueva. Narrada por un difunto desde el más allá, esta novela rompió con las estructuras narrativas convencionales dada la inexistencia de una cronología lineal y una moral estable: el narrador se contradice, reflexiona, hace digresiones y se burla de sí mismo y del lector. Es la perfecta metáfora de la literatura como juego. El resultado, como es apenas esperable, es una crítica feroz a la sociedad esclavista, al embuste del progreso y a las pretensiones filosóficas del siglo XIX. Machado logró desmontar, con humor ácido y fina melancolía, las ilusiones de grandeza de su tiempo.

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Quincas Borba, publicada diez años después, continuó la línea rupturista con la historia de Rubião, un hombre ingenuo que heredó la fortuna y las ideas delirantes de su amigo Quincas, creador del ‘humanitismo’, una parodia de las filosofías positivistas. No obstante, fue con Dom Casmurro (1899) que alcanzó su punto más alto. Allí, la historia de amor entre Bento Santiago y Capitu se transforma en un laberinto de celos, obsesión y ambigüedad que Machado se encarga de no resolver, aspecto que hace memorable la novela. En el terreno del cuento, este escritor también fue un innovador. Su estilo, preciso y condensado, le permitió explorar en pocas páginas los dilemas más hondos de la existencia. En O alienista, por ejemplo, el doctor Simão Bacamarte encierra a medio pueblo en su manicomio en nombre de la razón científica. En A cartomante, una adivinación trivial desencadena una tragedia y, en Missa do galo, la tensión erótica y el silencio pesan más que cualquier acción. Estos relatos muestran su dominio del ritmo, la sugestión y la ironía. Su obra cuentística influenció a generaciones enteras de narradores en Brasil y América Latina.
Su sitio en la literatura hispanoamericana está asegurado no solo por lo que escribió, sino por cómo lo escribió: con la mirada aguda de quien conoce el corazón humano y no teme mostrárnoslo, con todas sus luces y sombras.
3. Machado de Assis y su lugar en la literatura hispanoamericana
Si bien este autor escribió en portugués, y es considerado un pilar de la literatura brasileña, hay que mencionar que ocupa hoy por hoy un lugar de creciente relevancia en el concierto de la literatura hispanoamericana. Su obra, crítica, irónica y profundamente humana, anticipó muchas de las preocupaciones que animarían las letras del siglo XX en todo el continente. A diferencia de otros escritores de su época, Machado no recurrió al folclore, al regionalismo o a la exaltación nacionalista que estructuraba las literaturas nacionales, tan ligadas a la idea política del liberalismo. Su estilo, sobrio y analítico, lo vincula más con los grandes moralistas universales que con los escritores románticos o naturalistas.
Tan grande es su impronta que, en los años del Boom Latinoamericano, varios autores descubrieron en Machado un precursor inesperado. Julio Cortázar, por ejemplo, admiró su manejo de la ambigüedad y su juego con la estructura narrativa. Mario Vargas Llosa destacó la complejidad psicológica de sus personajes y su capacidad para construir narradores poco confiables. Jorge Luis Borges, si bien no lo mencionó con frecuencia, encontró en Machado afinidades profundas: la inteligencia contenida, la ironía seca y la voluntad de estilo. No es exagerado afirmar que Machado de Assis fue uno de los primeros escritores latinoamericanos realmente modernos.

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Internacionalmente, el interés por su obra ha crecido con los años. Traducciones al inglés, francés, alemán y español han permitido que lectores de todo el mundo accedan a su universo narrativo. En las universidades de América Latina, su figura ha dejado de ser solo un referente brasileño para convertirse en parte del canon continental. Su legado, en síntesis, trasciende idiomas y fronteras, no solo por la calidad literaria, sino por la profundidad con que retrató las contradicciones del alma humana.
Hoy, que estás líneas escribimos, y acaban de celebrarse más de 180 años de su nacimiento, Machado de Assis continúa interpelándonos. Su escritura, aparentemente clásica, contiene una carga revolucionaria: la crítica sin estridencias, la inteligencia sin arrogancia y la compasión sin sentimentalismo. En tiempos de discursos extremos y narrativas simplificadoras, leer a Machado es volver a la literatura como arte de la complejidad. Su sitio en la literatura hispanoamericana está asegurado no solo por lo que escribió, sino por cómo lo escribió: con la mirada aguda de quien conoce el corazón humano y no teme mostrárnoslo, con todas sus luces y sombras.



