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Llegó la plaga alborozada ¡Llegaron!, Fernando Vallejo

Dice el refrán que perro viejo no cambia, o quizá se suaviza con Fernando Vallejo Rendón al rememorar literariamente su nostálgica infancia.

Por: Jhonatan Mejía
Estudiante de Ingeniería Mecánica

Portada ¡Llegaron! De Fernando Vallejo – Foto: www.casadellibro.com
Portada ¡Llegaron! De Fernando Vallejo – Foto: www.casadellibro.com

Hay libros que rescatan del alma las añoranzas y recuerdos de nuestra idílica infancia. Afortunadamente existen libros como ¡Llegaron! De Fernando Vallejo, nos brindan sonrisas y complicidad con sus anécdotas e historias en la finca de los abuelos, las travesuras al estilo de Huckleberry Finn con nuestros hermanos y primos, y la crianza bajo costumbres que ahora pueden resultarnos risibles y sorprendentes.

Vallejo, como disco rayado por la fuerza de su idiosincracía o por ser perro un viejo, este año nos presentó ¡Llegaron! Iniciado con esa curiosa frase, puesta en boca de la tía abuela Elenita dirigida a la abuela regordeta Raquelita, mientras ambas descansan apaciblemente en el corredor delantero de la finca, viendo a lo lejos las zozobras del Fordcito conducido por Aníbal Vallejo y de copiloto la Loca, su esposa Lía, llegando atestados de la veintena de nietos y bajando la carretera curvosa por el carbonero. ¿Llegaron de vacaciones para destruir el paraíso o fue el derrumbe de la montaña que lo destruyó?

En esta ocasión la ficción de Vallejo arremete contra todos a diestra y siniestra cuando tiene la edad de los abuelos, como si con ello pretendiese hacerles justicia y honor a su memoría, especialmente a su amada Raquel, sin minimizar su estilo burlesco y críticas detectivescas del paraíso perdido de su infancia.

Fernando Vallejo – Foto: http://elsilenciero.com
Fernando Vallejo – Foto: http://elsilenciero.com

Tal y como se podría esperar, Vallejo narra en primera persona exclusivamente de Santa Anita, la finca de los abuelos, aunque resulta ser el hilo temático, el contar nostálgicamente el pasado con el aparente mal de Alzheimer, cualquier lector de sus anteriores novelas reconocerá que tiende a irse a ramas irónicas y mordaces características. Para evitar tanto desliz, Vallejo se ayuda constuyendo su arquitectura con la ficción prosista y dialógica que riñe en un escenario que toma al narrador vallejiano en viaje en Avianca, desde México a Colombia, pero sin llegar a su destino, como bien reflexiona: el tiempo es una saeta, y la vida un raudo vuelo que va rumbo a ninguna parte. De esta manera, mientras el itinerante vuelo transcurre, el narrador dialoga con varios interlocutores tornándolos confidentes y creando la ficción diatríbica: un amigo imaginario, un narco y su psiquiatra mexicano.

La ambivalencia es clara en la novela, al resultar contradictoria la apreciación de la vida del autor en la finca infectada de ventrílocuos del culo, llena de pulgas porque los pisos de los cuartos eran de madera y en Santa Anita nunca le faltaron perros, y para rematar: a mí que no me vengan sus irlandeses con sus infancias desgraciadas que en todas partes se cuecen habas

La ambivalencia es clara en la novela, al resultar contradictoria la apreciación de la vida del autor en la finca infectada de ventrílocuos del culo, llena de pulgas porque los pisos de los cuartos eran de madera y en Santa Anita nunca le faltaron perros, y para rematar: a mí que no me vengan sus irlandeses con sus infancias desgraciadas que en todas partes se cuecen habas. Pero la felicidad no podía faltar cuando las visitas en la finca eran aprovechadas para poner a prueba el pedo químico recién descubierto por los jóvenes, e irse contra todo en función de su divertimento: los abuelos, a las animas solas y hasta los vecinos.

Caricatura: Fernando Vallejo, por Rayma – Foto: prodavinci.com
Caricatura: Fernando Vallejo, por Rayma – Foto: prodavinci.com

Puede apreciarse ciertas repeticiones alrededor de su familia en esta novela, ¿ficción o realidad? Existen ciertas preferencias temáticas por la muerte, pienso en la Muerte, el fatídico amor a su madre y las alabanzas a través de varios personajes al docto tío Ovidio. Por un lado, de la Loca, su madre Lía Rendón de Vallejo, como es presentada en El Desbarrancadero, acá se nos muestra con pura y llana coincidencia: todos la consideran loca e irremplazable, da para un libro y bien mandona. Por el otro, curiosamente el narrador va anotando en la Libreta de los muertos a medida que recuerda uno que otro personaje, así, personaje que cita, personaje definido. Carlos, personaje de Mi hermano el alcalde, cuando chiqui se salva de terminar muerto por la paliza del abuelo Leonidas en el momento en el que le robó su dentadura para acometer sus travesuras, al final el que termina muerto es el abuelo a manos de Carlos; Lía mata a su abuela Elenita, a Lía la mata la diabetes, y a la finca la acaba parte a parte las demoliciones motivadas por la fiebre del oro de la Loca y seguido por la plaga de sus hijos, y finalmente culmina por los designios del deslizamiento de la montaña.

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