Los suicidas del fin del mundo: crónicas de un pueblo patagónico
Con este libro, Leila Guerriero se adentra en la Argentina periférica, en aquella tan distante de los porteños que se asumen, sospechosamente, europeos. El asunto que se rastrea es abrumador: una seguidilla de suicidios. ¿Las razones? Aparentemente indeterminadas; no obstante, el tedio, la falta de oportunidades de progreso, la soledad, el retraimiento social, la precaria inversión en cultura y la falta de prevención estatal frente a los desórdenes mentales, configuran un cóctel ideal para que muchos jóvenes decidan acabar con su vida, con la nada que los asfixia.
Por: Alejandro Alzate

Leila Guerriero es una buena periodista, lo cual no alcanza a sostener, como ponderan ciertos entusiastas o círculos editoriales, afirmaciones como estas: “Es la mejor periodista de América”, o es una “enorme escritora”, como asevera con exacerbados ánimos Ricardo Martínez Llorca. Resulta más acertado decir que es “una de las mejores periodistas de Latinoamérica”, como sugiere, con más reposado juicio, Alejandra Costamagna.
En relación con el texto pueden decirse varias cosas: la primera es que las trece crónicas que lo integran están sustentadas a partir de un trabajo de campo sumamente detallado. Conforme se lee, se advierte que el proceso de investigación y diálogo con la comunidad ha sido exhaustivo. Esto es absolutamente loable. En segunda instancia, y esto hay que anotarlo también, se siente que el exceso de datos hace mecánica la escritura; en ese sentido, el texto toma muy poco del registro literario, de sus licencias, para escribir desde el dato periodístico neto, lo cual, sobre todo en las primeras cuatro crónicas, vuelve la lectura predecible y monótona. Un aspecto más para destacar es que se evidencian faltas de cuidado en la edición del libro, lo cual entorpece la fluidez natural que todo texto debe tener, más aún cuando es de una pluma que integra el grupo de “las mejores plumas”. Dentro de estos descuidos editoriales se encuentran repeticiones innecesarias de sustantivos (páginas 165, 219 y 223) y una errata en la palabra consustanciada (p.166).
Dicho esto, es justo referir ahora que Los suicidas del fin del mundo tiene un encanto inteligentemente logrado, con esto aludimos a la posibilidad que da a los lectores para que conozcan esa otra Argentina, aquella que nada tiene que ver con los estereotipos de europeización que diversas élites políticas y culturales han intentado establecer, como verdad de a puño, a lo largo de la historia de ese país. El libro reconoce con generosidad a esa otra ciudadanía y la pone en el escenario no solo demográfico sino político de la nación. El texto no observa con el objetivo de distanciar o anular a la gente de Las Heras; por el contrario, la reconoce y, desde ahí, ratifica que es tan argentina como cualquiera, y que sus problemas son tan válidos como los de cualquier otro ciudadano. En ese ejercicio de “ir a las fronteras” surge, además, algo poderoso: la magia del diálogo, la intertextualidad con el cine. Nos referimos particularmente al encuentro con la bellísima obra de Carlos Sorín, en especial con una película como Historias Mínimas. Y no porque en ésta haya suicidas, sino porque hay gente de la periferia que también corre el riesgo de ser ninguneada por el sistema, por la precariedad y por la invisibilidad estatal.
La pluma de la autora no le canta al hecho de dejar de existir, le canta a la esperanza de sostener la vida en medio del acecho de su latente interrupción, que es algo muy diferente. Ahora, cuando se impone la muerte, cuando ésta gana la partida, el libro no juzga, no sobreexplica clínica o políticamente las razones. En vez de ello, permite que los protagonistas hablen, compartan su dolor y, aunque parezca extraño, también compartan su esperanza, en algunos casos.
Encuentros como este son importantes porque ahí, en esa conjunción de miradas e interpretaciones sobre lo que pasa en los territorios, surge una articulación que sacude por partida doble. Quien no quiera leer, va al cine, y quien quiera ir un poco más al fondo del asunto aborda el doble registro: el audiovisual y el escrito. Uno y otro cuentan y testimonian qué pasa y cómo viven y padecen las gentes alejadas de los centros de poder político y cultural. Frente a la inoperancia estatal, el arte se interesa por observar y explicarnos las dinámicas de vida de ciertos lugares. Esa tarea, que podría asumirse como una forma de compromiso social del escritor contemporáneo, es llevada a buen puerto por Leila Guerriero. Ella escudriña con respeto, pero con contundencia, en el dolor comunitario, además, es diligente y rigurosa en la reconstrucción cronológica de los hechos y, sobre todo, dota de voz a los que nunca la han tenido, así sea solo para poder exteriorizar sus dolores y confusiones. Esos son, quizás, los grandes méritos de este libro. De una crónica a otra, se evidencian iniciativas locales, actores sociales y voluntades que intentaron entender y atender la crisis humanitaria que se materializó a través de los suicidios, como puede colegirse a continuación:
En realidad, yo llegué a Las Heras por una casualidad -recuerda el médico psiquiatra José Eduardo Abadi, en Buenos Aires-. Un día me llamó Oscar Gómez Castañón para hablar en su programa de radio, y nos cruzamos al aire con un médico de Las Heras que hablaba de la crisis de esa comunidad. Di algunas opiniones en términos generales sobre lo importante que es la prevención en la patología adolescente, y el médico era muy participativo y me preguntó si yo podía ir. Le dije “cuando me llamen, voy”. Me llamaron y fui.
Si bien la iniciativa aquí es individual, y mediada por el fortuito azar del destino, también se ponen de manifiesto otras formas de colaboración comunitaria:
Hoy, la línea 500 existe, pero no cuenta con un grupo de voluntarios capacitados para atender una emergencia. El grupo de Autoayuda para Personas en Duelo funciona esporádicamente ya que depende de la demanda de los ciudadanos, que continúan reticentes a exponer sus problemas. Durante 2023 permaneció inactivo. El PYN sigue aplicándose en las escuelas, y hasta fines de 2004 se habían capacitado, según datos de Poder Ciudadano, más de novecientos alumnos y cerca de sesenta docentes.
Una y otra resultan iniciativas válidas. El libro es muy generoso cuando muestra el panorama de la tragedia, pero también cuando da cuenta de todo aquello que se hizo para frenarla. Puesto que el esfuerzo es el mismo: atender a la población en riesgo, Los suicidas del fin del mundo no se queda en el tratamiento noticioso y amarillista de los suicidios. Si bien ellos son los grandes protagonistas del libro, desde luego, la presentación de las tentativas por apaciguarlos son el contrapeso que evita la espectacularización de la muerte. Este no es un libro que exalte el morir en sí, es mucho más, es un libro sobre la vida y sobre la importante sumatoria de voluntades que coinciden para preservarla. La pluma de la autora no le canta al hecho de dejar de existir, le canta a la esperanza de sostener la vida en medio del acecho de su latente interrupción, que es algo muy diferente. Ahora, cuando se impone la muerte, cuando ésta gana la partida, el libro no juzga, no sobreexplica clínica o políticamente las razones. En vez de ello, permite que los protagonistas hablen, compartan su dolor y, aunque parezca extraño, también compartan su esperanza, en algunos casos.

Tan es así, que uno de los pasajes más bellos del libro (ubicado en “El funcionario”) alude a un devocional agustiniano que mengua el dolor que se deriva de la pérdida de un ser querido. Este fragmento tiene una doble función dentro del conjunto del libro: por un lado, matiza el tremendismo que marca el tono emocional de escritura; y, por otro, concilia la ausencia física con el recuerdo y la presencia espiritual con la promesa del reencuentro:
Si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo. Si pudieras ver a todos los ángeles y verme entre ellos…Si pudieras ver con tus ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso. Si pudieras por un instante contemplar, como yo, la belleza ante la cual los otros palidecen. Cuando la muerte venga a romper tus ligaduras como ha roto las mías, y cuando el día que Dios haya fijado tu alma venga a este Cielo en que te he precedido, ese día volverás a ver a aquel que te amó.
El fragmento es bello estéticamente, además de reconfortante. Con él, el libro respira y la experiencia de lectura se descentraliza del drama que suponen los testimonios recopilados y los datos duros. Finalmente, es importante decir que esta obra, una de las primeras en la extensa producción bibliográfica de la cronista argentina, se ocupa, con mucha responsabilidad periodística, de reconocer el dolor ajeno, no para hacer de él un espectáculo, sino para plantearnos, en espejo, que ese mismo dolor también puede llegar a ser nuestro. Crónica tras crónica, queda planteado que la pena frente a la muerte de los que amamos nos atraviesa a todos por igual, queda claro, también, que somos uno frente a ella y su devastadora intensidad. Sufre el porteño y también el habitante de la periferia, no importa de qué lado de la lente estén.



