Perfil

Hernán Toro: el forjador de historias que aún tiene mucho por decir

El profesor Hernán Toro es uno de esos hombres cuyo destino atravesó para siempre la palabra y ambientó el exilio francés. Su obra académica es tan vasta como heterogénea. En lo literario, le interesan las biografías apócrifas —a lo Borges— y los cuentos en tanto género. Ha sido profesor en varias instituciones educativas, decano en dos ocasiones de la Facultad de Artes Integradas de la Universidad del Valle, director de la Escuela de Comunicación de la misma Universidad y lector empedernido de los clásicos de la literatura universal. He aquí lo que La Palabra conversó con él.

Por: Alejandro Alzate

Hernán Toro, escritor y profesor jubilado de la Universidad del Valle, magíster en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de París VIII.

I. El inicio de una historia

Lo primero que he de decir es que el apartamento del profesor Toro tiene tres salas. Tres. Muy amplias y bonitas todas. Sé que esto parece uno de los comienzos poco convencionales de El día que la vea la voy a matar, de Guillermo Fadanelli, pero no. No es así. Lo que sí resulta cierto es que los colores que decoran las paredes del lugar son fríos y conceden una frescura que contrasta con el abrasador calor de la hora en que nos vemos: las 2:30 p.m. La residencia está engalanada con un gusto sobrio y refinado; elegante sin excesos y apacible como las bibliotecas reales o imaginarias que visitó Borges, uno de los autores preferidos de nuestro entrevistado. La escalera en caracol que conduce a la segunda planta del inmueble está forrada con una suerte de planta trepadora que complementa el buen gusto del domicilio. Desde arriba nos llegan pasito, cansados y casi sin querer, los ecos de Patricia, la esposa de Hernán, dando clase. Ella también es maestra.

Instalados en lo que supongo es la tercera sala empezamos a conversar. Oigo, sin poder evitarlo, los ruidos que profiere una cuadrilla de albañiles que apura una obra en un edificio cercano al de Hernán. Pienso en el calor infernal que debe estar quemándoles los malos pensamientos, resecándoles la vida y cuarteándoles las ilusiones a los constructores. Lo primero que me dice el profesor es que tiene, por esas cosas raras de la vida y las instituciones en este país, dos fechas de nacimiento. No obstante, me da la que considera correcta: 27 de enero de 1948; momento previo, por escasos meses, al Bogotazo que partió la historia de Colombia en dos tras el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. Mientras empezaba, aquí, nuestra Violencia mayúscula y sempiterna, la Asamblea General de la ONU adoptaba, en ese mismo año, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional pronunció un «nunca más» contra las atrocidades bélicas.

Hernán Toro es oriundo de Tuluá y es el cuarto de los cinco hijos que tuvo el matrimonio contraído entre Enrique Toro y Berenice Patiño, sus padres. Su formación académica se inició en la Escuela Unitaria, una pequeña institución educativa localizada en su tierra natal. En esta, recuerda el ahora profesor emérito de la Escuela de Comunicación de la Universidad del Valle, «un solo docente dictaba las clases para los cinco grados de primaria. Yo recibía las lecciones junto al resto de estudiantes de esa escuela. El maestro se llamaba Joaquín Rentería y le decían El Domador porque, con un perrero, daba golpes a los alumnos. El precepto era de una antipedagogía brutal: “la letra con sangre entra”. «Eso me parece, ahora como antes, abominable y medieval. Los estudiantes deben sentirse cómodos en un aula educativa. El aprendizaje debe ser igual al placer».

Llama la atención el hecho de que no sea [Toro] muy devoto de la literatura nacional. Al igual que Borges, nuestro escritor y exdecano « apenas va por los clásicos». No obstante la particular confesión, el maestro, quien envolvía a la sazón su cuello con una bufanda entre roja y vino tinto, señaló que leyó en su momento a Cepeda Samudio, a los nadaístas y a Fernando Cruz Kronfly

En medio de este flashback, Hernán Toro cuenta que se trasladó a Cali proveniente de Tuluá; fue en la Sultana del Valle donde terminó la primaria. La escuela República del Perú fue la institución que lo vio culminar su primer ciclo de formación académica. Mientras me comentaba esto, el calor alcanzaba cotas realmente delirantes y las ventanas, cerradas para cuidar la salud respiratoria del maestro, hacían denso el ambiente. Más propio de una comparecencia judicial que de una entrevista. Culminada la mencionada formación escolar inicial, llegó el momento de la secundaria y la forja de los sueños de la primera juventud. Es por eso que, atraído por la formación técnica industrial, el otrora niño fue con un amigo al Instituto Técnico Industrial Antonio José Camacho. El objetivo era, aunque ahora parezca una excentricidad, convertirse en tornero. En un excelente tornero. Lamentablemente, me dijo, «ahí no pude entrar, pues ya habían pasado las inscripciones. No obstante, empecé la secundaria en Santa Librada y eso cambió mi vida para siempre».

Al oír tal afirmación, no me quedó más opción que preguntar el porqué. La respuesta fue sencilla pero contundente: «En segundo de bachillerato me di cuenta que yo era bueno para la ortografía. Había una asignatura enfocada en esa área y yo me destaqué allí. Ahí empezó, digamos, el gusto por la palabra, por la escritura y la lectura». Aparejada al mencionado descubrimiento, vino la amistad con Pedro Chang: «Él fue una gran influencia para mí. Tenía gustos literarios bastante definidos para ser apenas un muchacho». Cuando le pregunto por los recuerdos de la época en Santa Librada, Hernán Toro muestra signos de agradecimiento y simpatía. Pareciera que, con el pasar de los años, fuera descorriendo con benevolencia las capas de polvo que va formando el olvido. El pasado vuelve al presente con precisión y gratitud.

«En Santa Librada recibíamos clases de francés y el maestro de Biología era un apasionado del latín. Todo esto, sumado a los elogios que me hacía el profesor de Castellano por mis trabajos, me fueron perfilando hacia las letras. Junto con Pedro conocimos al también estudiante de Santa Librada y poeta Armando Romero; quien, a propósito, fue integrante de los nadaístas». Dicho esto, solo queda por mencionar que su época de escolar fue prolija en lecturas, tertulias literarias y el aprendizaje del francés que, pocos años después, habría de usar como primera lengua cuando aconteció su exilio a la ciudad luz.

II. Y…¿Después del colegio qué?

«Terminé el bachillerato en 1965 y me inscribí en la carrera de Medicina en la Universidad del Valle. Hice cinco semestres y me retiré convencido de que había tomado un rumbo que no era el mío, un camino equivocado». Tras oír esto inquirí, cómo no, por la razón para haber elegido semejante carrera. La respuesta, nuevamente, fue corta pero contundente: «Llegué a ella por presión social». Lo cierto es que el entonces aprendiz de médico estaba presto para hacer el cambio a un nuevo programa académico: la carrera de letras. «Recuerdo que entré a tercer semestre después de un intenso proceso de homologación. En Literatura conocí a Julio Arenas, Harold Alvarado Tenorio, Tomás Quintero, Eduardo Serrano, Leyda Viveros Vigoya y Gustavo Álvarez Gardeazábal, de quien nunca fui amigo cercano, entre otros».

Para Hernán, los años en Francia fueron fundamentales. No sólo por el cambio físico en sí —otra historia, otros sabores y geografías—, sino por lo libresco y lo académico. En ese sentido, cabe destacar el inicio de su formación posgradual de la mano del poeta argentino Saúl Yurkievich. Fue la Universidad de París VIII en la cual el profesor Toro realizó su maestría en Literatura Latinoamericana.

Sin duda, 1965 fue un año complejo para ser tan joven y estar frente a un mundo tan convulsionado y belicista. Un año en el cual el lozano Hernán seguramente oyó miles de noticias sobre Vietnam y la paranoia anticomunista norteamericana; sobre la nueva Constitución de Honduras; sobre la donación cubana de diez mil toneladas de azúcar a Vietnam, y sobre el inicio de la Revolución de Abril en República Dominicana…Todo esto lo debió haber escuchado matizado por la salsa que resistía, en este trópico sufriente tan nuestro, los londinenses embates de The Beatles y el baile que profería la inagotable y rotadora cadera de Elvis Presley, como dice con sorna y desparpajo Luis Rafael Sánchez en ese portento de novela que es La importancia de llamarse Daniel Santos.

Lo cierto es que entre planes amenizados por la cuidadosa programación cinematográfica de Andrés Caicedo en el Teatro San Fernando, y el fervor de presenciar la expansión cultural y demográfica de Cali, Hernán Toro culminó la carrera de Literatura en 1972. Una vez titulado, empezó a trabajar como profesor de geografía en un modesto colegio llamado Gimnasio Universitario del Valle; institución en la cual estuvo poco tiempo, pues Carlos Restrepo, gran amigo suyo, era profesor de Literatura en el colegio Hebreo Jorge Isaacs y lo llamó para que trabajara allá. «Yo acepté de inmediato». A la par de esta mejoría laboral, el incipiente escritor ingresó, también, como catedrático a la Universidad Santiago de Cali, institución a la cual estuvo vinculado hasta 1975, fecha en la que se mudó a Francia con su esposa y su entonces pequeña hija.

[Consulte la reseña del libro Autoficciones 2, de Hernán Toro, en el siguiente link: https://lapalabra.univalle.edu.co/autoficciones-2/]
Autoficciones 2, último libro publicado del escritor Hernán Toro.

III. Los años del exilio y la construcción de su obra literaria

Para Hernán, los años en Francia fueron fundamentales. No sólo por el cambio físico en sí
—otra historia, otros sabores y geografías—, sino por lo libresco y lo académico. En ese sentido, cabe destacar el inicio de su formación posgradual de la mano del poeta argentino Saúl Yurkievich. Fue la Universidad de París VIII en la cual el profesor Toro realizó su maestría en Literatura Latinoamericana. Después de esta vino el D.E.A., o estudio de profundización, y con él, el pleno conocimiento de la academia francesa.
En esos años prolijos, el raizal de Tuluá también estuvo en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Ahí cursó el seminario Eliseo Verón, que trabajaba lo concerniente a la Teoría e Ideología de los Discursos. Alineado con la buena suerte, el profesor Toro fue recomendado por el poeta Yurkievich ante Plinio Apuleyo Mendoza, quien además de residir en París desde hacía varios años, tenía un modesto puesto en la Embajada de Colombia en Francia. El encuentro con Apuleyo Mendoza marcó no solo una mejoría laboral —Hernán renunció a un trabajo poco grato como dispensario en una Pharmacie—, sino el inicio de un importante trasegar periodístico que iría allanando el camino para lo que después haría en la Escuela de Comunicación de la Universidad del Valle.

En el país galo, los Toro estuvieron hasta agosto de 1981, año en el cual fue inevitable el regreso a Colombia. Sobre ese suceso, el profesor y escritor de Autoficciones II señaló lo siguiente: «Volver fue complicado. Nos costó readaptarnos». No obstante lo traumático de la situación, el retorno marcó un rápido enganche laboral. En esta ocasión, Pedro Chang, su viejo amigo de la juventud, lo acogió en su empresa de publicidad.
Si bien estuvo vinculado a esta por un tiempo, no habría de pasar mucho más para que, por intermedio del mencionado Plinio Apuleyo Mendoza, lo convidaran a trabajar en la reactivación de una revista muy importante que, bajo la dirección de Alberto Lleras Camargo, circuló en 1950: Semana. «Lamentablemente, las cosas no llegaron a buen término y no entré ahí. No obstante, llegué a la Universidad del Valle por intermedio de un profesor que, a su vez, conocí en París: Jorge Vallejo. Gracias a él empecé a dirigir el Departamento de Publicaciones de la Universidad. En esa época participé en cuanto encuentro había en torno a la comunicación. Ahí, en ese cargo, me fue útil todo el conocimiento adquirido en el seminario Eliseo Verón. Fue a raíz de esto, y de la experiencia adquirida, que Jesús Martín Barbero me llevó en calidad de director del Departamento de Comunicación de la Universidad. Fue algo estupendo. Fue curioso, pero me alejé de la literatura. Toda mi carrera se desarrolló en la Escuela de Comunicación entre 1984 y 2013, año en que me jubilé».

Después de casi dos horas de entrevista, entramos al tema literario; campo en el que el profesor ha tenido una carrera prolija. Llama la atención el hecho de que no sea muy devoto de la literatura nacional. Al igual que Borges, nuestro escritor yexdecano « apenas va por los clásicos». No obstante la particular confesión, el maestro, quien envolvía a la sazón su cuello con una bufanda entre roja y vino tinto, señaló que leyó en su momento a Cepeda Samudio, a los nadaístas y a Fernando Cruz Kronfly. A renglón seguido puntualizó: «No soy una persona autorizada para hablar sobre autores colombianos. Tampoco suelo leer escritores contemporáneos. He disfrutado los textos de Modiano, Rabelais, Camus y Sartre. Me interesan los poetas franceses y Borges. Asimismo, son de mi agrado Rubem Fonseca y Julio Ramón Ribeyro».

Desde otro punto de vista, ahora como escritor, es menester decir que sus títulos no solo son variados —por asuntos de clasificación genérica—, sino por la diversidad de temas que abordan. Dentro de sus libros de cuentos se destacan Ajuste de cuentas (Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1986); A velas abiertas (Mosca Azul editores, Lima, 1991); Las horas cantadas (Universidad del Valle, Cali, 2003); Ceremonias privadas (Universidad del Valle, Cali, 2007); Cenizas en el puente (Universidad del Valle, Cali, 2014); Las muertes apócrifas (Universidad del Valle, Cali, 2018); La ragazza del secolo scorso (Universidad del Valle, Cali, 2021); Autoficciones 2 (Editorial Oveja Negra, Bogotá y Universidad Santiago de Cali, 2021); Razones particulares (Editorial Pigmalión, Madrid, 2022), y El luto del vecindario y otros relatos (Fundación Testimonio, Pasto, 1983).

En relación con sus libros de ensayo, han sido publicadosLa ilusión informativa (Universidad del Valle, Cali, 1992); Los animales solo viven en el presente (Universidad del Valle, Cali, 2007), y El reportaje: un género estallado (Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle, Cali, 2003). Como puede colegirse, el profesor Toro no ha desaprovechado el tiempo; por el contrario, ha seguido buscando respuestas a sus inquietudes y preguntas. En ese proceso, cómo no, la escritura ha sido su mejor compañera. Súbitamente, los ruidos de los obreros cesan y lo noto. La entrevista termina en absoluta cordialidad; de ello dan cuenta un apretón de manos y algunas frases de cortesía. El sopor de la tarde amaina y entonces emprendo una caminata tranquila por las calles del oeste de Cali. La brisa se lleva los sinsabores e instala esa cosa sabrosa que se da en la ciudad cuando desde los cerros bajan los vientos, la brisa… afuera el aire despeina flequillos mientras pienso, sin temor a equivocarme, que en la agradable casa del maestro Hernán, las ventanas deben seguir cerradas.

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