Entrevista

Carlos Ayram y el cuerpo enfermo en la literatura latinoamericana contemporánea

En el marco del próximo Coloquio Viernes de Letras, las voces y sus regiones, que se llevará a cabo entre el 19 y el 22 de mayo en la Universidad del Valle, La Palabra ha dialogado con Carlos Ayram, profesor de la Escuela de Estudios Literarios. Dentro de sus líneas de experticia se destacan la literatura latinoamericana contemporánea y el cuerpo enfermo como categoría epistemológica de resistencia, disidencia y relectura del canon que no admite la fractura.

Por: Alejandro Alzate

Foto: Carlos Ayram, profesor de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. Foto: Tomada de letras.uc.cl
Foto: Carlos Ayram, profesor de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. Foto: Tomada de letras.uc.cl

Alejandro Alzate (AA): Cuando hablás del “cuerpo enfermo” en la literatura latinoamericana contemporánea, y dados tus intereses investigativos, ¿de qué tipo de enfermedad estamos hablando? ¿Se trata de una condición biológica, simbólica, social o de una superposición de todas ellas?

Carlos Ayram (CA): Pienso en la enfermedad en un amplio sentido. Me interesa como estado de excepción frente a los procesos de normalidad que vivimos como sujetos corpóreos: estar enfermo, como afirmaba lúcidamente George Canguilhem, nos insta a tomar conciencia de nuestra inevitable mortalidad. Por otro lado, me interesa la enfermedad como acontecimiento discursivo, tanto en la forma en que socialmente construimos tropos y figuras para explicar el significado del cuerpo doliente (cuestión que activa ansiedades y terrores profundos), como en los modos en que las prácticas representacionales ponen en crisis esa supuesta pérdida de nuestro “pasaporte de humanidad” cuando atravesamos la experiencia de estar enfermos. La enfermedad no es otra cosa que una gran máquina narrativa y sabemos que las narraciones son procesos de construcción de sentido. Por esta razón, me ha llamado la atención que cuando leemos textos donde la enfermedad irrumpe, y esto es clave porque la irrupción reconfigura nuestro modo de percibir y habitar el mundo, se activan procesos distintivos de subjetivación, indagaciones políticas en la vida común y discretas modalidades de insurrección a los discursos autoritarios de la salud y el bienestar. Por ello, me interesa leer y estudiar narrativas y poéticas hibridas -focalizadas casi siempre en primera persona, a veces no pensadas como exclusivamente literarias-algunas de circulación contracultural y de autorías que han experimentado o han atravesado de manera permanente o temporal la enfermedad. Me mantengo atento a lo que la fisicidad de esos cuerpos tiene para decirnos y, sobre todo, a como alteran esa gramática social que los atrapa en siniestras metáforas.

AA: ¿En qué momento dejaste de ver el cuerpo enfermo como un tema representado, agotado si se quiere, y empezaste a entenderlo como una forma de lenguaje o de producción de sentido dentro del con-texto literario?

CA: Esta es una excelente pregunta, Alejandro. El cuerpo enfermo ha sido una obsesión en el ámbito de la representación. No creo que se haya agotado su énfasis temático -ni siquiera con las metáforas o alegorías que lo han significado históricamente-; más bien el cuerpo enfermo se ha vuelto un gran dispositivo y sabemos que esta palabra está cruzada por una tensión entre formas de saber y ejercicios de poder. Laura Scarabelli ha pensado el cuerpo enfermo como una plataforma de indagación, y considero totalmente acertada su propuesta si entendemos que esa corporalidad menoscabada da cuenta de las zonas más oscuras y problemáticas de la sociedad y la cultura. El cuerpo enfermo es, por un lado, un cuerpo indeseable; pero, por otro, es también un cuerpo que no resulta funcional al capitalismo ni a los sistemas de dominación. Por eso, cuando el cuerpo enfermo habla o cuando toma su turno de habla, hay un inminente cortocircuito. Ranahit Guja, un pensador poscolonial que me interesa mucho, menciona que las “voces bajas” de la historia corresponden a los enfermos, las mujeres, las personas con discapacidad y los sujetos indígenas, todas silenciadas por discursos nacionalistas, médicos e higienistas. En este caso, las voces bajas de los enfermos, que hablan en un tono bajo, pero no por eso menos efectivo y potente, traen consigo prometedoras formas de interrupción a las narrativas biomédicas, patriarcales y nacionalistas. De ahí que surjan operaciones de significado, desde una dimensión ética, que interrogan las configuraciones políticas que han gobernado la vida.

AA: ¿Qué puede expresar el cuerpo enfermo, defectuoso o clínicamente vigilado, que no logra decir el discurso racional o médico? ¿Cómo se traduce eso en términos literarios?

CA: Esta pregunta me lleva a la sentencia spinoziana ¿Qué es lo que puede hacer un cuerpo? Solo para permitirme reformularla: ¿qué es lo que puede hacer un cuerpo enfermo? Todos los cuerpos apestados, abyectos, monstruosos, incorregibles y delirantes que desfilan en nuestras literaturas, y claro, con más insistencia en la literatura reciente, ponen en crisis no solo sus condiciones de representación, sino los modelos de pensamiento que han guiado nuestra percepción y cognición sobre esa otredad abismal y aberrante de la cual queremos escapar a como dé lugar. Y claro, no hay peor interlocutor para la autoridad médica que el cuerpo fallado porque ya sabemos, como alguna vez mencionó David Le Breton, que el conocimiento médico y racional privilegia el síntoma, el historial y el daño por encima del cuerpo sintiente. No se podría traducir el hacer del cuerpo enfermo en términos de sus capacidades normativas, ya que ello resultaría abiertamente capacitista. Más bien, habría que pensar en su potencia para producir un tipo de semiosis particular que cuestione el deseo de no tener y de no ser un cuerpo atravesado por afecciones o imperfecciones. Se me viene a la cabeza el caso de María Moreno, quien publicó el año pasadoLa merma, una ‘crónica tullida’, diría yo, que no solo documenta el ACV que le produjo una parálisis en medio cuerpo, sino que además configura un gesto de absoluta desobediencia frente a lo que se espera que diga el cuerpo cuando está ingresado en el pabellón: cuando los historiales médicos anuncian una nueva identidad, cuando el barroco se transparenta en la disartria que padece, cuando la terapia física se convierte en un angustioso mandato para abandonar esa ciudadanía deplorable que es la enfermedad discapacitante. Me llama la atención ese otro registro que emerge con la irrupción del ACV y que lleva a María Moreno a constatar que la parálisis le despertó una suerte de realismo impiadoso, que la desdice y, al mismo tiempo, le abre nuevas posibilidades para procesar tanto lo real de la enfermedad como lo real de su enunciación.

AA: ¿Cómo dialoga tu trabajo con tradiciones teóricas como la biopolítica, la fenomenología o los estudios del cuerpo? ¿Desde dónde te posicionás como investigador?

CA: Esta pregunta siempre me angustia porque en las academias se nos solicita a lxs investigadorxs, ubicarnos en un campo teórico y exhibir nuestras credenciales para habitarlo. Desde hace años vengo tendiendo puentes y abriendo avenidas teóricas, tal vez insospechadas y riesgosas. Como diría Diego Falconí a propósito de su trabajo con sexualidades disidentes andinas, hay que abrirse a la promiscuidad teórica y extraer de allí insólitas formas de comprensión y escandalosas metodologías de lectura y escritura. Si se me pide una delimitación precisa, diría que mi trabajo se ubica en dos grandes áreas: los estudios del cuerpo y los estudios críticos de la discapacidad. No obstante, dialogo con los aportes provenientes de la filosofía de la enfermedad, las teorizaciones biopolíticas y tanatopolíticas, la teoría y crítica literarias, el pensamiento decolonial y la teoría queer/cuir. El mayor cuerpo teórico que leo, cito y discuto -una lección que aprendí de Sara Ahmed- está producido por personas con discapacidad y enfermedades crónicas, sujetxs racializados, mujeres y hombres trans, activistas y académicxs, autoridades encarnadas cuyo compromiso con lo político, como explicaba Homi Bhabha, desactivan el lugar elitista del lenguaje teórico o, como complementa Jack Halberstam, teorizan desde abajo y no buscan solo explicar sino implicar. Estos sujetos han hecho de sus cuerpos y sus limitaciones, de sus temporalidades y dolores, respuestas teóricas que dan lecciones a los estudios culturales y literarios.

AA: En el contexto latinoamericano, donde la enfermedad muchas veces se cruza con la desigualdad y la violencia estructural, ¿cómo evitás que tu trabajo caiga en lecturas abstractas o des-historizadas?

CA: Yo creo que cualquier investigación y cualquier ejercicio crítico de lectura en torno a la enfermedad, debe considerar un acercamiento interseccional e interdisciplinario para entender no sólo el lugar que ocupan los cuerpos enfermos en el ámbito de lo social, sino

cuáles son las sanciones políticas que padecen como subjetividades heridas constantemente por un sistema, como el capitalismo, que desprecia la vida. No creería que estudiar la enfermedad y, en consecuencia, el cuerpo enfermo, sea sólo examinar la individualidad de quien padece o sufre algún tipo de enfermedad, más bien, creo que se trata, justamente, de desenhebrar las tramas de lo político, lo económico y lo social que han hecho que, por ejemplo, ciertas enfermedades sean consideradas grandes fracasos en los relatos de la productividad capitalista. Pienso en Lina Meruane y su novela Fruta podrida, que, si bien se centra en la diabetes, también trabaja con esa idea de qué es lo que se exporta o extrae del sur al norte del mundo y por qué algunas frutas- cuerpos se considerarían una podredumbre que hay que desechar en el sistema capitalista al no ser suficientemente sanos y aptos para reproducir la vida tal cual la conocemos. Podemos pensar desde una perspectiva de raza y clase la forma en como las enfermedades también segregan. Se me viene a la mente la durísima novela Mi hermano, de Jamaica Kincaid en la que la autora antiguana atestigua el derrumbe de su hermano de 33 años por VIH/sida y la incapacidad del Estado de brindar cuidado y protección médica. Ahora bien, también creo que hay enfermedades sociales o comunales que dada la inoperancia de los estados-nación, son vividas como sentencias de muerte para muchas comunidades sexodisidentes, casi todas alojadas en el Sur Global. Sin ir más lejos, la administración de la pandemia del VIH/sida el siglo pasado fue catastrófica para las vidas travestis en Chile, como deja constancia y testimonio Pedro Lemebel en Loco afán. Crónicas del sidario. Yo intento nutrirme de muchos de los enfoques críticos que hay en el panorama contemporáneo. Unx puede leer una época a partir de sus enfermedades; justamente eso dio origen, por ejemplo, al Dysphora Mundi de Paul B. Preciado, una ensayo-bitácora escrito bajo arresto del COVID pero, y sobre todo, una de las más brillantes reflexiones sobre el momento de desacomodo planetario que vivimos; o unx también puede leer las enfermedades como dispositivos estéticos que polemizan con los arreglos y diseños biopolíticos para, desde ahí, encontrar zonas parcialmente iluminadas para resistir en este mundo herido.

AA: Conforme a tu experiencia, ¿podemos hablar de una estética del cuerpo enfermo en la literatura contemporánea? Si es así, ¿cuáles serían sus rasgos más visibles o perturbadores?

CA: Yo creo que podemos hablar de estéticas literarias de la enfermedad en la medida en que lo estético es un modo de articulación entre la vida social, los procesos perceptivos y el reparto de lo sensible. Cada vez es más notorio que la enfermedad como máquina narrativa demanda formas y formatos que remarquen la singularidad de la experiencia y al mismo tiempo nos propongan otros contratos de lectura. Algunos rasgos que he podido delimitar sobre estas estéticas literarias del cuerpo enfermo se relacionan, por ejemplo, con la fragmentación y la dispersión, la insistencia por la enunciación de la abyección, la incorporación del testimonio y del archivo médico o familiar, la ocupación de formatos menores como la carta, el diario íntimo, el blog, la conversación de WhatsApp, la mención a redes sociales como Tiktok (en la novela de Moreno aparece mucho), entre otros elementos que dinamizan los textos y que les permite a las voces enfermas poner el cuerpo en el primer plano. Se me vienen dos ejemplos a la cabeza. El primero esEl diario del Dolor de María Luisa Puga, un texto inclasificable en el que, a partir de una artritis reumatoide, la autora sostiene múltiples conversaciones con Dolor, sí, en mayúscula, porque es nombre propio y personaje ubicuo en el texto. El segundo es La coma, de María Florencia Rua, donde la autora juega, por un lado, con la implicación sintáctica de la coma y, por otro, con el estado clínico que padece una niña, caracterizado por la ausencia de respuesta a los estímulos sensoriales.

AA: Desde una perspectiva pedagógica, ¿cómo se puede abordar el tema del cuerpo enfermo en el aula sin reducirlo a una lectura clínica o marcadamente temática?

CA: Yo creo que los currículum escolares y universitarios podrían considerar la incorporación de narrativas sobre la enfermedad como oportunidades para conocer otras voces y otros ámbitos de pensamiento. Creo que no se trata de leer solo “relatos enfermos”, sino de desarrollar una sensibilidad distinta sobre lo abyecto, lo monstruoso y lo repulsivo que no son otra cosa que elementos constitutivos de nuestra propia identidad. Creo, además, que no basta con leer procesos de ficcionalización sobre la enfermedad: hay que leer a pensadores o ensayistas que hablan sobre la enfermedad o la han utilizado para fines creativos. Saliéndome un poco del ámbito latinoamericano, Vilkram Paralkar, médico y novelista, en The Aflicctions, propone explorar la dimensión imaginaria de las enfermedades y, a partir de allí, describe afecciones tan insólitas como increíbles. El resultado es una fábrica de minificciones que orbitan en torno a las posibilidades e intensidades de la enfermedad como discurso, pero también como elemento configurador de la identidad, la comunidad y la vida. Siempre me he preguntado qué hacemos cuando encontramos un cuerpo enfermo en las obras que leemos. ¿Disponemos de recursos para hablar o dejar hablar a ese cuerpo? ¿qué hacen los cuerpos enfermos en tanto cuerpos? ¿siembran estos artefactos alternativos de representación que no subliman la experiencia de la enfermedad? Yo creo que hay que alejarse de las lecturas diagnósticas y morbosas, las que solo fetichizan la herida y despojan al dolor de lecciones éticas importantes y, en vez de ello, acercar a lxs estudiantes a formas insólitas de pensar y sentir el mundo. Las narrativas de y sobre la enfermedad, como sugiere Marco Sanz, ponen las enfermedades a nuestro servicio. Sanz propone, por ejemplo, un ars infirmari, que haga de la dolencia o del malestar una alternativa de fuga para confrontar la idea ficticia de salud que nos inscribe en la fantasía colectiva de la inmunidad.

AA: ¿Creés que el creciente interés académico por el cuerpo enfermo corre el riesgo de estetizar el dolor o de convertir la enfermedad en una categoría de moda dentro de los estudios literarios?

CA: No creo que investigar sobre la enfermedad y la discapacidad corra el riesgo de convertirse en una moda. El binomio cuerpo/corpus se refiere a los procesos de materialización y textualización del cuerpo a través de diversas prácticas escriturarias, ha abierto un amplio campo de reflexión en la crítica literaria reciente. Investigadorxs de diversas latitudes como Karina Marín, Marta Pascua, Malena Pastoriza, Andrea Ostrov, Alicia Vaggione, Marco Sanz, Johana Hedva, Laura Scarabelli, Gabriel Bizarri, Javier Guerrero, Natalie Bouzaglo, por hacer ver un recorte brevísimo, han venido insistiendo desde sus trabajos, publicaciones y formas inusuales de activismo, que la enfermedad es esa parcela común donde está alojada nuestra propia vulnerabilidad.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba