Gerardo Rivera. Premio nacional de poesía Eduardo Cote Lamus
Hace ya algún tiempo La Palabra presentó en un reportaje la semblanza del poeta Gerardo Rivera, y su trabajo siempre admirable. No podíamos adivinar en ese entonces que algún tiempo después el poeta Rivera sería galardonado con el prestigioso premio nacional de poesía Eduardo Cote Lamus, con el que se reconoce así, la obra de alguno de los más notables poetas colombianos. Por esta razón, cargada de significación y de mérito, regresamos al poeta, con el propósito de presentarlo una vez más a nuestros lectores y hacer hoy un recuento minucioso de su obra, única, extraordinaria, en las nuevas voces de la poesía colombiana actual.

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La poesía de Rivera nace del sentimiento y no de un análisis. Tiene el privilegio de no ser telúrica, huye de la gravedad de la tierra, habita en esferas ingrávidas atraídas sólo por la perplejidad humana, por aquello que no sabemos que existe en nosotros. En ella cada palabra está cargada de colores, de agua, de seres anónimos, de pájaros, piedras y árboles donde se conforma un solo reino unido a la historia de lo demasiado humano, son importantes porque de ellos depende una antigua relación con el mundo, una significancia que relaciona la experiencia de la vida, del pasado con el fin, con aquello que alguna vez aconteció sin bien y sin mal, en sus versos el ser ha vivido y ha construido con misterio en su interior.
Los seres de Gerardo ya terminaron el viaje pero no hay en ellos cansancio ni fatiga, es el desconcierto por las bellas experiencias lo que hace que sucumban al tiempo. La poesía de Gerardo Rivera quiere decir adiós, pero prefiere hablar del olvido de esas profundas experiencias del amor, del aire, pero sin atreverse a develar el misterio de cómo ha operado el mundo, el acontecer de la mínima historia en lo que hay de humano en cada uno de nosotros, en el desconcierto del hombre por las sombras, por lo que hay de murmullo en la veracidad y ahí podemos decir que reside uno de sus privilegios, por eso está poblada de voces que parecen anónimas, de frases que preguntan – quién eres – a alguien que no puede responder porque tampoco sabe quién es ni dónde está, pero que en otro tiempo significó mucho para su vida y ya es borrosa en el límite del tiempo o quizás en el margen de otra vida.
La poesía de Rivera nace del sentimiento y no de un análisis. Tiene el privilegio de no ser telúrica, huye de la gravedad de la tierra, habita en esferas ingrávidas atraídas sólo por la perplejidad humana, por aquello que no sabemos que existe en nosotros
Magistralmente el lenguaje es el responsable de ese desdoblar del tiempo y del misterio en el mismo verso y en la misma estrofa, ello hace que lo poético resalte y sumerja al lector en el ámbito de lo extraordinario, en un ámbito que aunque inexistente, parece que se pudiera compartir con la experiencia metafísica de cada uno de nosotros. Por eso hoy hemos querido resaltar su premio y su sagrada función que ejerce como un antiguo sacerdote retirado en la soledad, atendido por la naturaleza y por el silencio de las montañas, la obra de un hombre que fatigó las multitudes de las grandes urbes del mundo, que escapó de la conspiración del capitalismo y que en un momento se detuvo y fue capaz de recluirse en el lenguaje para decir, solamente para eso, para hablar de lo que aconteció.
La obra de Rivera ha sido pacientemente publicada a lo largo de los años, con el apoyo de la Universidad del Valle al impulso de quien en nuestro medio, se diera cuenta por primera vez de su belleza y calidad: Darío Henao, en ese entonces decano de la facultad de Humanidades. Veamos algunos de sus libros: “A lo largo de las estatuas de octubres”, en la colección Escala de Jacob. “El viajero de los pies de oro”, que mereció un hermoso prólogo del poeta William Ospina. “Una nada cubierta de hojas”, premio de poesía Jorge Isaacs, Gobernación del Valle 2005.

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Posteriormente llegaron otros libros: “El Lugar de la espera”, igualmente editada por la Universidad del Valle y que recoge gran parte de la obra hasta ese entonces de Gerardo Rivera. “Los vinos del desterrado”, libro ganador del premio nacional de poesía José Manuel Arango. Después llegó “El libro de los árboles milagrosos”, publicado por Universidad del Valle.
Ahora llega para el poeta un último y merecido reconocimiento con el premio Nacional de poesía Eduardo Cote Lamus 2015, Gobernación Norte de Santander, Cúcuta. No debemos olvidar que el Ministerio de Cultura adelanta hoy en día una edición muy completa de lo que ha sido el trabajo de Gerardo Rivera, una obra, una poesía, de gran belleza formal, misteriosa siempre y en diálogo continuo con esa “otra realidad” que él siempre refleja.
Esperamos, deseamos, que el poeta Gerardo Rivera, allá en su retiro en la Reserva Natural de Chicoral cerca al caserío de Dapa que mira al Valle y de los verdes sembrados de te continúe escribiendo esa poesía suya que hoy el país reconoce y admira. Que el poeta siga allá como el mismo lo ha dicho en algunos de sus poemas “escuchando con el corazón y la mente las divinas respuestas de los pájaros”.



