Crónica

El ruido que nos queda: una noche para salvar lo que el terremoto no terminó de tumbar

Ocho colectivos culturales de la ciudad organizaron el pasado 19 de septiembre un concierto benéfico en la Sala Madame Blue para recaudar fondos destinados a Warhol Bar y Espacio Madriguera, dos escenarios de la escena alternativa caleña afectados por el terremoto del 10 de agosto. La velada dejó ver cuánta gente queda dispuesta a sostener, con lo poco que tiene, lo que la ciudad no valora hasta perderlo.

Por: Miguel Ángel Arcila Pérez
Estudiante de Profesional en Filosofía, Univalle

Foto: @mariearaujo07
Foto: @mariearaujo07

La fachada de la Sala Madame Blue desentona con todo lo que la rodea. En el barrio Granada, donde los restaurantes, bares y edificios de oficinas remodelados han ido borrando el paisaje antiguo, esta construcción conserva algo que ya casi no existe en la zona: una gracia anacrónica, la sensación de haber sobrevivido a varias versiones de la ciudad. El martes 19 de septiembre, a las 7:30 de la noche, esa casa se convirtió en el escenario de El ruido que nos queda, un concierto benéfico organizado por los colectivos Blackflag, Dientes Escarchados, Lado B, Bunka Radio, Komodo, Endémika, Sonópolis y Ágora, con el apoyo de la Fundación Madame Blue.

El objetivo era concreto: recaudar fondos para Warhol y Madriguera, dos de los pocos escenarios que durante años abrieron las puertas a los rockeros, cantautores, alternos y metaleros de Cali, y que resultaron severamente afectados por el terremoto de magnitud 7.4 que sacudió al país el 10 de agosto. Según el balance más reciente de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, el sismo, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, dejó 335 personas fallecidas, 4.516 heridas y 105 desaparecidas, con afectaciones en 500 municipios de 16 departamentos del país. En Cali, la cifra de puntos con daños reportados superó los 490, entre viviendas, edificaciones y espacios públicos.

A las 7:09 de la noche, cuando llegué al recinto, Dark Side estaba en la tarima haciendo la prueba de sonido. En el antejardín, dos miembros de los colectivos organizadores atendían una pequeña mesa donde se validaban las entradas. Adentro, los técnicos terminaban de ecualizar el sonido. Afuera, sobre la Avenida Sexta Norte, la noche calurosa empezaba a refrescarse con una brisa que llegaba de a poco, mientras los bares y discotecas de alrededor, los mismos negocios que han ido transformando el barrio, abrían sus puertas a las filas de clientes que se formaron desde temprano. Dentro de la Sala Madame Blue, por el contrario, ese primer cuarto de hora tuvo apenas una docena de personas, todas ellas organizadoras, trabajadoras o parte de la logística del evento. Yo era, por el momento, el único asistente ordinario.

Foto: @mariearaujo07
Foto: @mariearaujo07

Ese desequilibrio inicial resultó, al final de la noche, no ser accidental. Según cifras entregadas por la organización, al concierto asistieron 57 personas, frente a unos 30 músicos y representantes de los colectivos convocantes, sin contar fotógrafos y voluntarios. Más gente sobre el escenario y detrás de él que frente a él.

La Sala Madame Blue, 190 metros cuadrados, moderna pero cálida, ubicada en el barrio Granada, fue escogida para la ocasión precisamente porque se buscaba maximizar las posibles ganancias para poder alcanzar la meta de donaciones. Adentro, el público se movía con libertad por un espacio pensado para el baile: pocas sillas, la mayoría dispuestas contra las paredes o afuera, y una pista amplia donde convivieron el pogo cauteloso y el two-step. El sonido, según pude confirmar durante la prueba previa, estaba cuidadosamente ecualizado. La variedad del cartel, que iba del rock alternativo al nu metal, pasando por propuestas electrónicas, hacía que el ánimo de la sala cambiara con cada relevo en el escenario, y que en los intermedios, mientras sonaba música grabada, el público se reacomodara con una expectativa visible por lo que vendría después de la pausa.

Esa tensión entre la generosidad de quienes tocaron o trabajaron gratis y el costo ineludible de sostener un evento en vivo es quizás el dato más honesto de la noche. El ruido que nos queda no fue una gran gala de recaudación ni un gesto simbólico vacío; fue un concierto pequeño, sostenido en gran parte por la misma comunidad que buscaba ayudar, donde la mayoría de quienes hicieron posible la noche no pagaron boleta sino que la trabajaron.

Gustavo Vanegas, en representación del colectivo Lado B, contó que la idea del concierto surgió casi simultáneamente entre varios artistas y colectivos que vieron en los daños de Warhol y Madriguera la posible desaparición de dos de los pocos lugares que sostenían a la escena musical alternativa de la ciudad. La meta que se fijaron respondía al cálculo de lo que costaría apoyar la reparación de ambos espacios. No la alcanzaron. “Esperábamos recaudar alrededor de un millón y medio. Sin embargo, debido a varios problemas y variables no estuvimos ni cerca de esa meta”, reconoció Gustavo.

Parte de lo que explica esa distancia está en la manera en que se armó el evento. Los artistas, los roles logísticos y buena parte del trabajo técnico corrieron por cuenta de voluntarios que se sumaron al proyecto sin cobrar. Pero el lugar donde finalmente se realizó el concierto sí tuvo un costo, hubo que cubrir los honorarios del personal de la Sala y los gastos fijos del recinto. Encontrar un espacio disponible, dispuesto a recibir el evento y que además permitiera maximizar lo recaudado, fue, según Vanegas, lo más difícil de todo el proceso de montaje.

Foto: @mariearaujo07
Foto: @mariearaujo07

Esa tensión entre la generosidad de quienes tocaron o trabajaron gratis y el costo ineludible de sostener un evento en vivo es quizás el dato más honesto de la noche. El ruido que nos queda no fue una gran gala de recaudación ni un gesto simbólico vacío; fue un concierto pequeño, sostenido en gran parte por la misma comunidad que buscaba ayudar, donde la mayoría de quienes hicieron posible la noche no pagaron boleta sino que la trabajaron.

Al cierre del evento, quedó clara la distancia entre la meta trazada y lo que un puñado de colectivos, sin respaldo institucional visible, logró reunir en una sola velada. Warhol Bar y Espacio Madriguera seguían, al cierre de esta nota, a la espera de una reconstrucción que un concierto —por sentido y por calidez que haya tenido— no alcanza a cubrir por sí solo.

Mientras tanto, la fachada pintoresca de la Sala Madame Blue, prestada por una noche para sostener lo que el terremoto no terminó de tumbar, quedó otra vez sola frente a los edificios remodelados de la Sexta Norte. Adentro, cincuenta y siete personas y alrededor de treinta músicos habían hecho, con lo que tenían, algo de ruido.

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