Fernando Soto Aparicio. In memoriam
La mayoría tenemos una extraña costumbre: mientras un gran artista, un buen hermano o nuestros queridos padres se encuentran con vida, no nos preocupamos por manifestarles cuán importantes son para nosotros. Guardamos en lo más profundo un abrazo, un beso, un sencillo reconocimiento. Luego, cuando su tiempo ha terminado y esa persona no es más que un vívido recuerdo, lloramos inconsolablemente al entender que nunca volverá a nosotros. Lloramos porque acaso reconocemos que nuestro tiempo, en cierto modo, también terminó.
Por: Jorge Sánchez Fernández
Estudiante de Lic. en Literatura

Donde hubo codos y pies
Dylan Thomas
aparecerán estrellas.
Y aunque se sumerjan
en profundas aguas
tendrán que resurgir.
Y aunque los amantes
se extravíen perdurará
el amor.
Y la muerte
perderá su dominio.
Fernando Soto Aparicio murió el pasado dos de mayo. Nos deja el autor de La rebelión de las ratas, Mientras llueve, Diámetro del corazón y más de sesenta obras que fluctúan entre poesía, ensayo, guion y novela.
Poseedor de una gran cultura literaria, Soto Aparicio inició muy joven su camino como escritor. A los nueve años se sentía más cómodo en la biblioteca de su padre que dedicado a los juegos infantiles. Uno de los libros claves en sus primeras lecturas fue Los miserables, del francés Víctor Hugo. Cuenta que a la edad de trece años ya había escrito dos novelas, con todo el anhelo y la ignorancia de la juventud, influido por sus tempranas lecturas de Dumas. En esta misma época pasaba el tiempo emborronando sus cuadernos de versos y más versos amorosos, con la esperanza de convertirse en un gran poeta.
Su primera novela, Los desventurados, fue publicada en España en 1960. Luego, con La rebelión de las ratas, gana el Premio Internacional de Novela en Barcelona. A partir de ahí esta novela se ha convertido en el mayor referente de su obra, aunque él, en entrevista con El Tiempo, afirmaba que algunas de sus otras novelas son más importantes:

—Ese es mi libro más conocido, pero tengo veinticinco o treinta novelas más importantes que esa en todo sentido. Lo que pasó, y sigue pasando, es que los profesores de español y literatura son muy perezosos y se quedaron anclados en la lectura de un solo libro de mi autoría. Ese es un buen libro, claro que sí.
Entre los temas de su poesía, una parte de su obra inexplorada, se encuentran: el amor, las mujeres, los sueños, los paisajes de la niñez, el erotismo, la vida y, por supuesto, la muerte. Esta nunca le fue ajena, tanto en su obra poética como en la parte prosística. En uno de los poemas, publicado en su libro Bitácora del agonizante (2015), está lo que podríamos tomar como su despedida de este mundo y al mismo tiempo como un canto a la vida:
SALMO XXII
Y fui feliz y me embriagué
de vida y deambulé
por todos los placeres.
Pude probar la pulpa deliciosa
de las ciruelas
y de las mujeres.
Bebí en la copa tibia
de otros labios,
recorrí cuerpos
como primaveras,
subí colinas y acampé
en los valles,
los arrecifes y las escolleras.
Un cuerpo de mujer
es un paisaje abierto
a las caricias y los besos,
y era una magia
deambular por ellos
perdiéndose en delicias
y en excesos.
Cuerpo abierto de fiordos
y ensenadas,
con sabor de marismas
y bahías, para acampar
en los atardeceres
y para amanecer
todos los días.
Lo que bebí, lo que bailé,
lo amado no será
solo una memoria inerte,
pues fui feliz
y me embriagué de vida
y eso jamás
lo borrará la muerte.
Una de sus facetas menos reconocidas fue la de catedrático. Soto Aparicio veía en la enseñanza la mejor manera para crear un futuro esperanzador. Constantemente renegaba de los profesores como fuente de conocimiento; creía que muchos de ellos se resignaban y convertían sus cátedras en lugares donde los más jóvenes no encontraban un motivo por el cual aprender. De la enseñanza de la literatura también se refirió en la entrevista concedida a El Tiempo:
—Usar la literatura para enseñar gramática es un error gravísimo. La gramática es una ciencia como las matemáticas… Y la literatura es todo lo contrario, una invitación a romper todos los moldes. Recuerdo que en mi cuarto año de primaria me pusieron a leer la página catorce de La marquesa de Yolombó para buscar en ella los adverbios de tiempo y de modo. ¡Espantoso! Es un error terrible.
En los jóvenes Aparicio veía un fluir de vida constante. A ellos les aconsejaba:
—El que no lea jamás podrá escribir ni siquiera una carta. Yo no tengo ni idea de ninguna norma gramatical u ortográfica, pero en mis páginas no cometo un error porque aprendí a escribir leyendo. Fui lector precoz, y hasta hace poco, lector de dos libros semanales. Escribir es posible y es una cosa absolutamente maravillosa.
Firme enamorado de la vida, Fernando Soto Aparicio luchó con todas las armas contra la enfermedad que lo acosaba. Al final dejó este mundo, legándole una gran y vasta obra. En 1966 Gonzalo Arango le dedica una entrevista. En ella le pregunta, con su característico estilo, sobre el arte, la política, el nadaísmo y la muerte:
—G.A: ¿A quién le gustaría tener junto a su tumba?
—F.S.A: A nadie en particular, quizás a un pino de hojas oscuras, que meza el viento.
La voz de Fernando Soto Aparicio era un largo murmullo sosegado, como el leve viento que mece los árboles. Sus palabras contenían toda la sabiduría de un hombre consagrado plenamente al trabajo con las letras; eran una tormenta donde todos nos perdíamos, solo para surgir un poco más sabios. El legado literario de Soto Aparicio seguirá viviendo en nuestra ya vasta tradición. El hombre nos ha dejado, pero la literatura sobrevive y así la muerte perderá su dominio.



