Editorial

Editorial Junio 2016

El pensador George Steiner, quien por más de cincuenta años nos ha brindado diversas y buenas lecturas sobre literatura, filosofía, arte y política, pensaba que entre la ingente bibliografía existente en torno al análisis del fenómeno bélico en el siglo XX, los analistas hicieron pocos intentos por relacionar el fenómeno con una teoría general de la cultura. En uno de sus libros más audaces, El castillo de Barba Azul, el escritor parisino, de origen vienés, expone un punto de vista que compromete el desacierto de las estructuras de lo inhumano con los acertados logros de la civilización, porque de una manera amenazante, su tesis implica el fracaso y el éxito de la cultura humanística, ya que la barbarie es un reflejo de esa cultura de la cual procede. El texto no solo evidencia su tesis sobre el fracaso de las religiones y las filosofías mesiánicas, también el de la cultura, porque el desarrollo de la música, la literatura, el arte y la ciencia florecieron en estrecho vínculo con las empresas de terror y de muerte agenciada por grupos encargados de fomentarla.

Cuando leemos sus desesperanzadas páginas, es inevitable que nos preguntemos ¿por qué la cultura y la estructura de las tradiciones humanísticas, construidas en tantos milenios por hordas de pensadores, científicos y artistas, son una frágil barrera contra la violencia? Esa formulación nos conduce al análisis inmediato de la proximidad entre barbarie y cultura. Sin lugar a dudas, existe una estrecha relación entre la guerra y la cultura que la crea, la afrenta y destruye; es innegable que la guerra está desde el inicio de las primeras epopeyas, donde se lee que los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte qué cantar. La mejor literatura, la que estudia el drama de la condición humana y su manera de perdurar en la tierra, ha crecido en torno a ese agente dramático y destructor, ejemplos son: en Rusia, La guerra y la paz; en Francia, Viaje al fin de la noche, la intensa narración de Louis-Ferdinand Céline. La literatura norteamericana abunda en títulos bélicos: La paga del soldado de William Faulkner, El regreso del soldado de Hemingway. Borges escribió alguna vez en uno de sus mejores poemas: «Lejos del mar y de la hermosa guerra», y en nuestro país la obra de más alta factura que hemos logrado es sobre la vida de un hombre que perdió todas las guerras.

Otro factor que abarca el libro y que tal vez pueda ser revelador para la situación del conflicto en Colombia está en la pregunta: ¿el mecanismo de la guerra tiene una lógica interna, independiente de la razón? Si es así, es importante ahora y en tiempo de posconflicto no solo que los pensadores, escritores, hombres de ciencia y artistas asuman la obligación de explicarlo, también de armar un frente de reflexión que nos indique cómo aprender a vivir en un país destruido en sus centros vitales, en su moral, en su conciencia, como lo hizo en Europa el movimiento Dadá, surgido en Zúrich durante el periodo más crudo de la guerra, movimiento que atacó la planificación de la muerte de millares de hombres y mujeres.

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