Crónica

Adiós a Miguel Ángel Giraldo Villa, un bacán de la rumba caleña

Nadie se salva de rumba 
A cualquiera lo lleva hasta la tumba
La rumba no tiene raza
Pá la rumba no hay color
La rumba se baila en paz
Aunque haya frío o calor
Los maraqueros

Por Darío Henao Restrepo
Director de La Palabra
Universidad del Valle

Miguel Ángel con Benhur Losada y su hijo Diego

El velorio es ese encuentro con el cadáver presente, cuando la ausencia del que se va no acaba de cumplirse del todo. El finado aún no se ha convertido en apenas recuerdos, todavía no ocurre esa distancia definitiva entre quien se ha ido y los familiares y amigos que se quedan con sus restos intangibles anidados en la memoria. 

En la cálida tarde del 8 de abril del año 2023, pude comprobarlo cuando, acompañado de mis amigos Jaime Galarza y Jorge Gamboa, asistimos al velorio de Miguel Ángel Giraldo Villa, en ese lugar emblemático del Barrio Obrero, El Chorrito Antillano, en la calle 23 con novena, esquina. Este bacán de la rumba caleña, propietario y fundador de la bien llamada esquina del movimiento, vivió más de 50 años moliendo y vendiendo la música de la vieja guardia, la que, con devoción casi mística, terminaron por adorar sus habitantes.

Este bacán de la rumba caleña, propietario y fundador de la bien llamada esquina del movimiento, vivió más de 50 años moliendo y vendiendo la música de la vieja guardia, la que, con devoción casi mística, terminaron por adorar sus habitantes.

Miguel nació un 22 de noviembre de 1951 entre las montañas de la Cordillera Occidental, en el municipio valluno de Argelia, un poblado habitado en sus inicios por Quimbayas, Pijaos y Gorrones y en los finales del XIX por labriegos colonizadores del Viejo Caldas, Antioquia y Tolima. 

Con la industrialización de Cali desde los años 20 y 30s, de esas montañas llegaron muchos hijos de esos colonizadores  buscando mejor fortuna. La ciudad que despegaba acogió a los padres de Miguel y a su prole. Con su estirpe  guerrera y espíritu arriero, Miguel trajo su pasión por el tango, el cual bailaba con esa elegancia porteña heredada de los tiempos de Carlos Gardel. Luego incorporó la rumba antillana, la pachanga, la guaracha y el bolero. Era un bailador eximio, pulido y elegante, así lo recuerdan algunas de las bailadoras que asistieron a su velorio.

El velorio de Miguel en el Chorrito

Ahora que estoy frente a su féretro pienso en la brevedad de la vida y la vastedad del alma, en los infinitos caminos sugeridos por la iconografía que ha sido testiga por décadas del goce del baile de tantísimos caleños recibidos por Miguel a la sagrada cita con la rumba afroantillana, tutelada por los ancestros de los hijos de la brutal y forzada diáspora africana, que sobreponiéndose a la adversidad se ganó su lugar para quedarse y mezclarse con amor en estas tierras.  El Obrero es un crisol de indios, blancos y negros, la trietnicidad como la definía Manuel Zapata Olivella, un hijo de Changó, que tan bien investigó e interpretó nuestra configuración socio-racial y cultural, la marca de nuestra identidad como pueblo.

En sus tardes y noches el Obrero se abre para el deleite musical de obreros, artesanos, maestros, músicos, comerciantes y futbolistas. Aquí nació el América, la amada mechita. Desde la llegada en 1915 del Ferrocarril del Pacífico, Cali se conectó con Buenaventura y luego con Armenia y Popayán en 1925. Con la llegada del progreso se fundó en barrio Obrero en 1919 como epicentro de la vida fabril, de las sedes de los sindicatos, y de la agitación social, política y cultural protagonizada por los sectores obreros y populares que emergían con nuevas sensibilidades, imaginarios y formas de ejercer la vida ciudadana. Una de ellas fue la música afroantillanaargentinomexicana, como la llamó el poeta Álvaro Mutis en su presentación del consagrado libro de cuentos ambientado en el barrio de Umberto Valverde, Bomba Camará (1972).

Con la llegada del progreso se fundó en barrio Obrero en 1919 como epicentro de la vida fabril, de las sedes de los sindicatos, y de la agitación social, política y cultural protagonizada por los sectores obreros y populares que emergían con nuevas sensibilidades, imaginarios y formas de ejercer la vida ciudadana. Una de ellas fue la música afroantillanaargentinomexicana.

El ámbito social y músical del barrio lo frecuenté desde muy joven, desde  los 9 años, pues mi tío César vivió y tuvo un bar – en los límites con el barrio San Nicolás – en cuyo repertorio ofrecía tangos, milongas, sones, pachangas, boleros y corridos mexicanos. Antes, más niño, esa era la misma música del bar de Don Cristóbal, mi papá, en el barrio Alameda, cuando se jubiló a finales de los 50s del Ferrocarril del Pacífico en Buenaventura. De su periplo bonaverense se trajo el currulao orquestado por Peregoyo y su combo Vacaná.

Normal “El Barbi” Ortiz

El bar de Don Cristóbal explica el origen de mi fascinación por esa música, a la cual Miguel Ángel, Miguelón, dedicó su vida. En las tantas charlas episódicas que tuve con él, desde que lo conocí a mediados de los 70s – en El chorrito musical de la carrera Octava con calle 21 -, a donde tantas veces fui con Germán Patiño, Orlando Caicedo, Luis Carlos Ramírez, Victor Valencia, Jorge Gamboa y Óscar Jurado, mis compañeros de la izquierda con los que frecuentaba los sindicatos con sus sedes en el Obrero y San Nicolás. Todos tuvimos buen diálogo con Miguel y su hermano Diego.  Al oírlo hablar de su vasta enciclopedia musical siempre venían a mi mente las coincidencias con la que había escuchado con don Cristóbal y mi tío César.  Vivió de y para la música de exponentes como Carlos Gardel, Daniel Santos, Benny Moré,Tito Puente, Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Edmundo Arias, Celia Cruz, Toña la negra,Omara Portuondo, Miguelito Valdés, Compay Segundo, Rolando Laserie, Tito Rodriguez, Javier Solis, Tito Cortés, Alberto Beltrán, Nelson Pinedo, Piper Pimienta, Olimpo Cardenas, Tite Curet, Ismael Rivera, Rafael Cortijo, Richie Ray y Bobby Cruz, Jhony Pacheco, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, Jairo Varela, Willie Rosario, Los hermanos Lebrón, Peregoyo, Miguel Matamoros, Caíto, Rogelio y Laíto de la Sonora Matancera, Pepito López, Pachito Riset, Bienvenido Granda ….,  la lista es muy larga como lo muestra la iconografía que adorna las paredes de El Chorrito Antillano. Entre ellos está Miguel, ocupando su lugar, despedido por sus ídolos, con el orgullo de buen divulgador y amante de este olimpo de los grandes exponentes de la música que tanto amó. Por años vendió sus panelas, como se llama entre los melómanos caleños a los discos antiguos  o de difícil consecución, en los bares y discotecas de la rumba y en las salidas de las fábricas y talleres ubicados en el Obrero, San Nicolás, Sucre, Popular, Belácazar, Benjamin Herrera, Guayaquil, Jorge Isaacs. En estas barriadas se forjó la apropiación legendaria de los caleños de la música afroantillana, en especial la cubana y la puertorriqueña. 

Por años vendió sus panelas, como se llama entre los melómanos caleños a los discos antiguos  o de difícil consecución, en los bares y discotecas de la rumba y en las salidas de las fábricas y talleres ubicados en el Obrero, San Nicolás, Sucre, Popular, Belácazar, Benjamin Herrera, Guayaquil, Jorge Isaacs.

El Chorrito Antillano es el templo pagano en el cual ofició Miguel su devoción por la música de la vieja guardia, poderoso alimento espiritual de la cultura popular caleña.

Las grandes figuras de la vieja guardia se recordaron el día de su velorio en la cafeteria Geraldine de don Manolo, diagonal al Chorrito, donde solía sentarse de tarde Miguel con sus viejos amigos que acudieron a la postrera cita. Emergieron en las horas compartidas: las historia del barrio, los bares de otras épocas, los cantantes como Tito Cortés, Piper Pimienta, Olimpo Cardenas que allí vivieron, el nacimiento del América, las orquestas y cantantes del barrio,  los teatros, las fábricas, y  los cantantes famosos que lo frecuentaban, Daniel Santos, el que más, seguido de tantos visitantes ilustres que ahora sus amigos recuerdan emocionados.

Los amigos de Miguel

En los últimos años siempre lo veía los lunes en El chorrito Antillano. Iba con Jaime Galarza, Jorge Gamboa y Fernando Guerra, que siempre llevaba su whisky barato de los estibadores de los muelles de Liverpool, al decir de Jaime. Recibía con su cordial abrazo y saludo, “Que más mijo, bien pueda siga”; con sus camisas de colores y sus quesos – como llamaban a los zapatos blancos – estaba pendiente de su numerosa clientela de veteranos y veteranas amantes de la rumba antillana. No faltaba la mesa reservada de  Norman “el Barbi” Ortiz y su botella de whisky Grant. Esta gloria del América de Cali allí parecía el jefe de una tribu bantú o nagó que como un griot refería el rico anecdotario  de su vida futbolera con sus amigos.

¿Valió la pena, Miguel? Todo vale la pena si el alma no es pequeña. La tuya fue inmensa y parte pletórica a un mundo encantado. Seguirás con tu música y tu amor por la infinita riqueza de ritmos, versos y melodías que con tanta intensidad fueron la razón de ser de tus pasos por tu Cali
bella. Harto paso que si tiraste viejo Miguel.

 

¿Valió la pena, Miguel? Todo vale la pena si el alma no es pequeña. La tuya fue inmensa y parte pletórica a un mundo encantado. Seguirás con tu música y tu amor por la infinita riqueza de ritmos, versos y melodías que con tanta intensidad fueron la razón de ser de tus pasos por tu Cali bella. Harto paso que si tiraste viejo Miguel. Que Changó y Santa Bárbara te acompañen en tu viaje sideral. Tu fé por la música gozada y compartida será siempre el fuego ardiente en El Chorrito Antillano, cuya posta entregaste a tu hijo Diego.  Gracias por tanta felicidad dada con la diosa de la rumba. Mucho aché.

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