Mario Vargas Llosa: una mirada desde España al adiós de un grande
La muerte de Mario Vargas Llosa (1936-2025) permite reflexionar críticamente sobre su innegable talento literario, su condición de intelectual erudito y sus posturas ideológicas, tan acomodaticias, a veces, como las de los más avezados políticos de nuestro tiempo. Sea esta la oportunidad para compartir la segunda entrega del tríptico de entrevistas que sobre la vida y obra del Nobel peruano ha preparado La Palabra. En esta ocasión, dialogamos con el escritor y catedrático español Javier de Navascués Martín.
Por: Alejandro Alzate

Foto: Tomada de nexos.ulima.edu.pe
Alejandro Alzate (AA): Mario Vargas Llosa fue, sin lugar a dudas, un escritor que enriqueció y dio vida a la literatura hispanoamericana por más de cincuenta años. En ese sentido, ¿qué significa su muerte? ¿Se vislumbra otro autor vivo tan representativo en el contexto hispanoamericano actual?
Javier de Navascués Martín (JNM): La literatura latinoamericana es un fenómeno dinámico y vivísimo. Hoy en día, un crítico mínimamente informado quizá podría citar una decena de nombres que aspirarían a ese puesto. Sin embargo, más allá de la calidad intrínseca de los autores, Vargas Llosa pertenece a un período diferente, a una época pasada ―en la que los escritores vivían rodeados de un aura sagrada―, de la que él participó de forma extraordinaria. Ese momento mágico del Boom no sé si lo vamos a ver de nuevo.
(AA): ¿Cómo puede describirse la relación de Vargas Llosa con España, a raíz de su rechazo al independentismo catalán y el estrechamiento de vínculos con la derecha de José María Aznar, Mariano Rajoy y, más recientemente, Albert Rivera?
(JNM): Recuerdo que la primera vez que vi a Vargas Llosa fue en un congreso sobre literatura en Barcelona. Era el año 1992 y nos habíamos congregado más de quinientos especialistas y escritores, pero él, por supuesto, era la estrella que cerraba el programa. Apareció en la clausura con rostro visiblemente serio (cosa que me llamó la atención en una persona de entrada afable, por lo que yo imaginaba) y entonó un discurso antinacionalista en el que recuerdo que confrontaba sus recuerdos de la aperturista y cosmopolita Barcelona del franquismo con la que entonces veía, aquejada de un provincianismo catalanista. Estas declaraciones, ya en el 92, eran una provocación en toda regla y, al día siguiente, todos los diarios de Barcelona se hicieron eco de sus palabras. Por tanto, creo que siempre mantuvo una simpatía particular por la identidad española, mucho antes de su acercamiento a la derecha liberal de mi país.
(AA): Durante su juventud, el Nobel peruano defendió la Revolución cubana y los ideales libertarios; años después, hacia la década de los setenta, empezó un lento pero progresivo viraje a la derecha política de corte neoliberal. ¿Cómo puede interpretarse este hecho que tantos desencuentros le significó?
(JNM): Si hacemos caso a sus declaraciones y a su libro de memorias, fue el famoso caso de Heberto Padilla, en 1971, el que le habría hecho caer del caballo y renegar de la izquierda revolucionaria. Él se encontraba en Cuba cuando se represalió a ese poeta y fueron sus protestas las que le llevaron a ser expulsado de la isla, junto a otros escritores latinoamericanos que harían el mismo viaje ideológico. No obstante, pienso que ya antes su propia literatura anticipaba una de sus obsesiones, que no era otra que el enfrentamiento de la libertad individual contra el autoritarismo. Esto le llevó a criticar con mucha dureza los programas más revolucionarios de la izquierda.
No creo en la asepsia absoluta en casi ninguna esfera de la vida y tampoco, por supuesto, en la literatura. Separar al Vargas Llosa polemista del creador de ficciones sería deshacer nuestra comprensión de su obra. Lo mismo podría decirse de Pablo Neruda, por referirme a sus antípodas ideológicos
(AA): ¿Qué es, realmente y bien entendido, el compromiso político de un escritor?
(JNM): Esta es una pregunta muy complicada de responder y que se lleva haciendo en América Latina, por lo menos, desde la segunda mitad del siglo XX. Para Vargas Llosa, la respuesta sería doble: por un lado, la “literatura es fuego”, como decía antes de su conversión al liberalismo y siguió diciendo después. Es decir, los libros debían quemar las visiones simplistas (burguesas, diría él en su juventud) de la realidad y proponer otros mundos más inquietantes en los que la libertad (otra palabra clave) debe brillar por encima de todo. Y aquí, el incendio es artístico y político. Por supuesto, él pensaba que su conservadurismo significaba ir contra corriente de la opinión dominante en el campo intelectual. Algo de razón no le faltaba.
(AA): Hay una delgada línea entre la observación crítica y el panfleto. No es un secreto que Vargas Llosa descalificó a muchos autores hispanoamericanos de los años treinta por olvidarse de que lo que hacían era literatura y privilegiar la arenga. Desde esa perspectiva, ¿cómo puede entenderse, o explicarse, el equilibrio expresivo existente o ausente en su obra? Es decir, ¿estilísticamente, lingüísticamente, ideológicamente puede decirse que Mario Vargas Llosa fue un autor punzante pero elegante y estético?
(JNM): En Vargas Llosa, lo estético prima dentro de una materia ominosa. Lo punzante, como dices, y lo estético conviven en la medida en que, para él, una hermosa estructura artística del texto envuelve cualquier historia y la hace digerible al lector.
(AA): ¿Es posible o no, es políticamente correcto o no, separar al autor de sus posicionamientos ideológicos, cualesquiera que estos sean?
(JNM): No creo en la asepsia absoluta en casi ninguna esfera de la vida y tampoco, por supuesto, en la literatura. Separar al Vargas Llosa polemista del creador de ficciones sería deshacer nuestra comprensión de su obra. Lo mismo podría decirse de Pablo Neruda, por referirme a sus antípodas ideológicos. Dicho esto, la experiencia de la lectura de quienes no piensan como nosotros es un ejercicio necesario que deberíamos cuidar y valorar. Es en el texto de los otros que no piensan igual, pero que lo expresan de forma compleja y brillante, como podemos acceder a una visión más rica, comprensiva, dialógica y tolerante del mundo.
(AA): Por último, y dejando de lado los asuntos políticos, ¿cuáles son las mayores virtudes literarias de Mario Vargas Llosa?
(JNM): Me parece que una de sus fortalezas como escritor es que en sus novelas el narrador siempre procura mantener una cierta impasibilidad frente a los hechos que cuenta. Es algo que aprendió de maestros como Flaubert. Esto, en sus mejores libros, como Conversación en La Catedral o La fiesta del chivo, produce una sensación imponente en el lector que ve cómo hechos muy truculentos se cuentan con tranquila naturalidad. De ahí que él elija antes mostrar la realidad que decirle al lector lo que debe pensar.



