“Ainda Estou Aqui” y la deuda histórica de los gobiernos latinoamericanos hacia sus pueblos
Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetir los errores del pasado. La valoración de la memoria individual y colectiva es el gran mensaje de Ainda Estou Aqui (2024), película dramática del director brasileño Walter Salles, ganadora del premio Oscar 2025 a mejor película internacional, y que recuerda los horrores de la dictadura militar en Brasil entre 1964 y 1985.
Por: Andressa Nesi de Souza
Docente de la Escuela de Ciencias del Lenguaje, Univalle

Basada en el libro homónimo de Marcelo Rubens Paiva, la obra es narrada a través de la mirada de su madre, Eunice Paiva, interpretada por las irreprochables Fernanda Torres (fase adulta) y su madre Fernanda Montenegro (últimos años de vida). La película retrata la desaparición forzosa de su padre y exdiputado Rubens Paiva (interpretado por el brillante Selton Melo), acusado por el régimen militar de asociarse con comunistas. A través de una fotografía impecable y ambientada en los años 1970 casi a lo largo de toda la narrativa, la primera escena muestra a una Eunice tranquila, flotando sola en el mar, interrumpida por un helicóptero militar que pasa cerca, en una especie de prenuncio de una realidad, hasta aquel entonces, razonablemente distante a ella y su familia.
Sin el afán de las películas comerciales de la actualidad que suelen adelantar demasiado la trama, Ainda Estou Aqui introduce magistralmente al espectador en la cotidianidad de la familia Paiva ― Rubens, el padre; Eunice, la madre; y sus cinco hijos Vera, Eliana, “Analú”, Marcelo y “Babiu” ―, en un hogar lleno de música, risas y abrazos, lo que agrava la interrupción abrupta de sus vidas con la llegada de los sicarios al servicio de los militares para llevar a Rubens a un supuesto interrogatorio de rutina y del cuál jamás volvería.
Tiempo después, Eunice y Eliana también son llevadas al DOI-CODI (Destacamento de Operaciones de Informaciones – Centro de Operaciones de Defensa Interna), en dónde Eliana estuvo aislada 24 horas y Eunice, largos 12 días. La película muestra por un breve instante lo que fue la tortura física en la dictadura. No obstante, en los ojos de Eunice, en el piso ensangrentado del cuartel general, en la oscuridad de la celda, en los gritos y gemidos de los torturados, el espectador siente el escalofrío de la muerte que acecha, en su forma más dolorosa: que tortura, viola, mata y hace desaparecer sin dejar vestigio.

Foto: Tomada de adorocinema.com
Lo que sigue es la valiente e incesante lucha de Eunice en los años siguientes por el reconocimiento de la verdad, su determinación en no permitir que el régimen militar destruyese el amor en su familia o apagase la memoria de su esposo. Retomó los estudios universitarios, graduándose en Derecho a los 48 años y dedicándose a la defensa de los derechos humanos. Fue una de las pocas expertas en derecho indígena en el país, porque entendió que, entre todas las víctimas de la dictadura, los indígenas eran los que más tenían sus derechos vulnerados. Luego de largos 25 años, logra que el Estado brasileño reconozca y emita el certificado de defunción del esposo. En las propias palabras de Eunice, “la táctica de la desaparición es una de las más crueles: mata a una persona y condena a todas las demás a una tortura psicológica eterna”.
El espectador es acompañado por un llanto embargado a lo largo de casi toda la película. Curiosamente, el único momento de breve alivio llega con la paradójica alegría por el reconocimiento formal del asesinato de Rubens Paiva. Las lágrimas están ahí, pero el llanto está a todo momento reprimido. Eunice no grita, no se desespera, no se rinde: transforma todo su dolor en potencia de lucha para el esclarecimiento y juzgamiento de los crímenes cometidos por los verdugos de la dictadura militar.
En un país donde la burguesía blanca, por primera y única vez, fue tratada como potencial criminal, es imposible no pensar en cuántos perdieron sus vidas por ser de un color distinto. Es imposible no sentirse iracundo al saber que en pleno 2025 hay los que defienden la impunidad y piden amnistía a los torturadores.
Pese a que el circuito comercial de cines suele decidir por cualquier película de habla inglesa independientemente de su calidad (ya sea más una narración misógina de doble objetificación de una joven prostituta; o una nueva desventura oriunda de las decisiones de los hombres blancos frente a una de las instituciones más letales de la humanidad; o el gran combo xenofóbico y estereotipado sobre los pueblos latinoamericanos), Ainda Estou Aqui resistió en cartelera contando en portugués y con veracidad una de las más sangrientas huellas de la historia brasileña. En una entrevista previa al Oscar, la actriz Fernanda Torres afirmó con convicción que la película ya es per se victoriosa, porque logra mostrar al mundo una historia al mismo tiempo única y colectiva en su propio idioma.
La banda sonora se puede considerar una dimensión más que atraviesa la narrativa. Erasmo Carlos, Gal Costa, Os Mutantes, Caetano Veloso y tantos otros íconos de la resistencia a través de la música amplifican el impacto emocional de Ainda Estou Aqui. Cada decisión musical reafirma la postura política de la película, lo que incluye las punzadas al cantante Roberto Carlos, conocido por su supuesta apatía política. Criticado ampliamente por los sectores de izquierda, el cantante ha recibido condecoraciones por parte de los militares, razón por la cual una de sus canciones suena en una escena en que Eunice interrumpe una discusión con Vera subiendo el volumen de la radio. Ahí, el cantante hace callar a Vera, así como hizo callar a tantos miembros de la contracultura al denunciarles al régimen.

Foto: Folha de S. Paulo.
Ainda Estou Aqui es fruto de un dedicado trabajo de siete años y que apenas fue posible gracias a la Comisión Nacional de la Verdad, creada el 2011 por la entonces presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, con el objetivo de investigar, esclarecer y juzgar las graves violaciones a los derechos humanos cometidas por el Estado brasileño entre 1946 y 1988. La Comisión encerró sus actividades en diciembre del 2014 con la entrega de su informe final, en el cual narra la historia de más de cuatrocientos muertos y desaparecidos políticos por el régimen militar.
Rubens Paiva gozaba de una buena posición social y, aunque expolítico, también fue víctima de los horrores de la dictadura. Es imposible no cuestionarse sobre cuántos más hombres y cuántas mujeres tuvieron sus vidas segadas sin que sus seres queridos pudiesen encontrar siquiera un vestigio de qué les habrá pasado. Es imposible no pensar en cuántos no pudieron enterrar sus muertos, en cuántos, aunque vivos por fuera, fueron muertos por dentro. Es imposible no recordar el cretinismo de unos cuantos que persiguieron y torturaron, incluso, a niños con la excusa infundada de combate al comunismo. En un país donde la burguesía blanca, por primera y única vez, fue tratada como potencial criminal, es imposible no pensar en cuántos perdieron sus vidas por ser de un color distinto. Es imposible no sentirse iracundo al saber que en pleno 2025 hay los que defienden la impunidad y piden amnistía a los torturadores. La emergencia de la verdad histórica es la condición sine qua non para la promoción de la reconciliación nacional, sin jamás olvidar lo que sucedió en el pasado y manteniendo a las nuevas generaciones alertas para impedir que los mismos errores y violaciones vuelvan a ocurrir.



