La simpleza de dejarse estar
Título: La vegetariana
Autora: Han Kang
Editorial: Random House
Año: 2024
Número de páginas: 168
Por: Luz Janneth Guzmán Aldana
Candidata a Doctor en Literatura
Universidad Tecnológica de Pereira

Foto: Murdo Macleod/The Guardian.
La simpleza de dejarse estar, la belleza de lo ordinario, lo común y monótono, el silencio de un cuerpo que grita, se calienta desnudo por el sol, es pintado con flores y renuncia a la carne, a devorar y ser devorado, erigiéndose árbol. Esto es La vegetariana de Han Kang, premio Nobel de literatura 2024; una novela de la abstención y la resistencia corporal; del dolor y la soledad de las hermanas Yeonghye e Inhye Kim.
La edición de Random House (2024), traducida por Sunme Yoon, muestra en la portada un plano medio de una mujer vista de espaldas a quien le nacen tallos, obviando una de las imágenes más representativas de la protagonista: un lunar en la nalga del tamaño de un dedo, la mancha mongólica que se extenderá como metáfora en los pensamientos de una mujer conectada con la naturaleza.
La novela se compone de tres capítulos. El primero, titulado “La vegetariana”, se centra en la relación monótona de un matrimonio sin pasión. La protagonista es una esposa sumisa, ideal para un hombre mediocre, y por eso los conflictos aparecen cuando ella renuncia a la carne y al sexo, aduciendo pesadillas terribles que la hacen asquearse. Recuerdos violentos de la infancia, relacionados con su padre autoritario, la persiguen en sueños. Sin embargo, en un acto de abstinencia prolongada, Yeonghye se rebela contra las figuras impositivas de su vida: su padre y su esposo, y en un estado de despojo que nadie a su alrededor parece comprender, intenta quitarse la vida antes de ser obligada a comer carne.
El narrador externo es alternado por la voz en cursiva de la protagonista: “¿Qué es lo que cortaré con mi cuerpo que me estoy poniendo tan afilada?” (p.37), dice Yeonghye al observar su aspecto escuálido por la falta de comida. Así es como su abstinencia se convierte en un acto rebelde contra cualquier imposición, haciendo que el personaje sea más libre y convirtiendo su mutismo en el acto subversivo de su desnudez.
La vegetariana pone en cuestión la complejidad de las emociones femeninas, donde no siempre hay una razón lógica para aguantar y renunciar a la defensa de la vida, pues los estados de ánimo se somatizan en un cuerpo que habla lo que la persona calla.
En el segundo capítulo, “La mancha mongólica”, el narrador enfoca el relato en el cuñado de la vegetariana, quien es poseído por un deseo inusual tanto por la sangre que brota de la mujer suicida, como por la mancha mongólica que la protagonista conserva en la nalga. Se despierta la ansiedad y obsesión de quien la tiene prohibida. El personaje sueña con la mancha verdeazulada y le propone a su cuñada ser su modelo para un proyecto artístico que consiste en filmarle el cuerpo desnudo pintado de flores y ella acepta sin ningún pudor o prevención.
La mancha es un índice tenue de la transformación corporal del personaje, pues se va asumiendo como una planta en el proceso de fotosíntesis y por ello prefiere estar desnuda para tomar los rayos del sol todo el tiempo. La mujer es un tallo que está marchitándose, su actitud vegetal exaspera y confunde a los demás, su resistencia es dejarse estar, dejar ver “una soledad sólida como una sombra y capaz de incomodar a quienes la miraban” (p.82).
El proyecto artístico también es una manera velada que el cuñado tiene para accederla, las flores que pinta en la enferma hacen que desaparezcan sus pesadillas y la inician en actitudes sensoriales que él aprovecha para sus propios deseos, las descripciones del cuerpo de la mujer se van perfilando con sinestesias y comparaciones que sugieren su transformación de un cuerpo humano a una textura vegetal. Así “… la vio antes de despertarse de su corto sueño. Su piel era de un verde pálido. Su cuerpo parecía una hoja recién caída de la rama, una hoja que aún no había comenzado a secarse” (p.90).

De manera dramática, la hermana descubre la grabación donde los dos cuerpos pintados se funden en diversas explosiones de colores; alterada reclama a su esposo por aprovecharse de la condición sicológica de Yeonghye y decide llamar al hospital psiquiátrico para castigarlos a los dos.
El tercer capítulo, “Los árboles en llamas”, describe el agobio de Inhye, quien enfrenta sola la crianza de su hijo Jiwu y el trastorno mental de su hermana, a la que visita regularmente en el sanatorio desde un episodio donde fue hallada en medio de la tempestad cual si fuera “uno de los árboles bajo la lluvia” (p.117) en las laderas del monte Chukseong, cerca del sanatorio donde fue recluida. En la narración se intercala el monólogo de Yeonghye y su resistencia a ingerir cualquier alimento. La tensión es análoga a la tormenta interior de las dos hermanas y a la tenue línea que se teje entre la compasión y la incomprensión.
“¿En qué punto se torcieron las cosas? se pregunta Inhye” (p.125), mientras evoca sus momentos de desolación como mujer protectora y todos los eventos que pudieron provocar el quiebre de su hermana; “¿y por qué no puedo morirme?” (p.145), le musita Yeonghye que yace deshojada por la inanición. La vegetariana pone en cuestión la complejidad de las emociones femeninas, donde no siempre hay una razón lógica para aguantar y renunciar a la defensa de la vida, pues los estados de ánimo se somatizan en un cuerpo que habla lo que la persona calla.
Por último, el lector se deleitará con una autora que acude a la sinestesia para darnos una visión simbólica del hastío hacia cualquier forma de dominación del hombre. Es una paradoja que un cuerpo que se resiste a devorar, se consuma a sí mismo. La autofagia es otra forma de volver a la raíz en un mundo absurdo.



