La sed se va con el río: tras las pistas del regreso a la selva
Andrea Mejía (Bogotá,1978) es una de las nuevas voces de la literatura colombiana. Dentro de su bibliografía se destacan títulos como La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad (2018), Quietud (2022), La carretera será un final terrible (2020)y Antes de que el mes cierre los caminos (2022).
Por: Alejandro Alzate

Foto: Gaceta.
Varias son las reflexiones que quedan tras la lectura de esta novela. En primer lugar, la trama apela a la construcción de un espacio mítico, Sanangó, que por sus características se hermana, dialoga o roza con los legendarios Macondo, Comala o Santa María. Al igual que sucede en las novelas de García Márquez, Rulfo y Onetti, el marco geográfico-temporal que sostiene la trama es enigmático, ciertamente hostil y nostálgico. Los desplazamientos que se originan en él están determinados por un fin trágico en el que los personajes se ven arrastrados a la muerte física o espiritual. Interesante resulta el hecho de que el escenario, ciertamente bucólico y alejado de los centros del poder hegemónico, recupere algunos elementos que en su momento exploraron obras cumbre como La Vorágine o, más recientemente, Pondré mi oído en la piedra hasta que hable. Con esto se hace referencia a la categoría actancial de los lugares que se vuelven personajes casi principales dentro de la historia; se alude a la capacidad evocadora de lo telúrico que ubica al lector en los predios de la novela periférica y, por último, se observan los debates entre civilización y barbarie tan propios de la novela de inicios del siglo XX, momento en el cual se vivían las tensiones del capitalismo tardío.
Lejos de las dinámicas modernas/produccionistas que asfixian a los personajes en la novelística contemporánea, el espacio de La sed se va con el río se presenta enrevesado como los caminos por donde serpentean Patas de Mirlo (a la sazón Lautaro Cruz) y Heraquio en busca de Jeremías, el fabricante del aguardiente de bejuco que estructura la trama. En relación con esta bebida cabe decir que, más allá de los efectos alucinógenos que produce en quienes la consumen con fanatismo, la devoción que despierta entre raizales y foráneos alcanza formas casi litúrgicas, situación que no deja llamar la atención en el contexto de una literatura contemporánea de corte secular.
Si bien la novela no tiene ninguna intención didáctica o moralizante, el lector atento podrá analizar el conjunto de contradicciones que constituyen las profundidades del espíritu humano.
Ahora bien, a la par que se sacraliza el aguardiente de bejuco de Jeremías, la novela propone una ruptura con las formas convencionales de aproximación al hecho religioso. Con esto, desde luego, se alude a la presencia hostigante y desatinada de Sara Mojonales y su cuadrilla de evangelizadores fanáticos, quienes se insertan en la trama como contraparte de la feligresía que encuentra la redención en el profano destilado de Jeremías. Dentro de esta delgada línea que intenta separar, o contrastar, la virtud y el vicio, especial observación merece la traición de Patas de Mirlo a su padrino: “En él reverbera aún el incendio, la visión temblorosa de sus manos entre las llamas, el olor de la estopa que Heraquio le había dado, empapada en petróleo blanco. Piensa en la pequeña Lidia, sola en su casa, esperando a que su abuelo regrese. Piensa también en él mismo. No reconoce eso en lo que se ha convertido después de haber ayudado a los hombres a quemar La Golondrina, después de haber traicionado así a su padrino” (16).
Si bien la novela no tiene ninguna intención didáctica o moralizante, el lector atento podrá analizar el conjunto de contradicciones que constituyen las profundidades del espíritu humano. Patas de Mirlo, y esto constituye la segunda reflexión en torno a la lectura del texto, es la manifestación de la canallería que se legitima a sí misma tras la experiencia de una vida llena de precariedades de orden material y espiritual. A lo largo de la historia, este personaje se constituye tanto en el arquetipo del vencido siempre por las circunstancias, como en el de el hombre que no es dueño de su destino ni decisiones: a la larga es la personificación del hombre miserable.

Finalmente, un tercer elemento a destacar es el relacionado con la feminidad, el fuego y el agua. El primero de ellos, se confecciona a la luz del contrapunteo entre Sara y Lidia, mujeres que, a la postre, no conocen la felicidad y son presas de un diseño del mundo patriarcal que excluye y silencia las voluntades. En lo atinente al fuego, como también sucede en La Vorágine, cabe advertir su uso doble; doble en tanto instrumento de daño/castigo y expiación. Al tiempo que arrasa, elimina y mata, limpia y establece las eventuales marcas de nuevos comienzos en el complejo pueblo/caserío que es Sanangó. Por último, el agua es la metáfora del continuo movimiento que marca las formas de interacción entre los moradores del pueblo. El agua, en un entorno diseñado para la muerte, constituye el más contundente rastro de vida, tal como se aprecia a continuación: “El río es ancho durante el día. Se abre como un abanico de pliegues, de montes y arrugas, separando las orillas. Al atardecer se adelgaza, las orillas se juntan. Los hombres se alejan del río y se meten al recodo que sube a la cascada. La cascada es sedosa, de hebras blancas. Por todas partes se adivina la presencia del agua. El que deja de ver el río empieza a oírlo y no deja de oírlo nunca. Aquí no se descansa del agua” (29).



