Crítica

Han Kang: premio Nobel de Literatura 2024

El pasado 10 de octubre, la Academia Sueca anunció que el máximo galardón de las letras universales se entregará a esta autora; primera mujer asiática en obtenerlo. El reconocimiento le fue otorgado como exaltación a “su intensa prosa poética que se enfrenta a traumas históricos y expone la fragilidad de la vida humana”. Hacen parte de su bibliografía títulos como Decir adiós es imposible, Actos humanos, La vegetariana y La clase de griego.

Por: Alejandro Alzate

Han Kang, escritora surcoreana. Foto: Claudio Álvarez.
Han Kang, escritora surcoreana.
Foto: Claudio Álvarez.

Oriunda de Corea del Sur, esta escritora sintetiza el espíritu de una generación de poetas y narradores que ha renovado las raíces de la literatura asiática. Su singular tratamiento de las violencias ―sexuales, culturales, familiares y sociales― da cuenta de una sensibilidad que cuestiona, sin llegar a la reconvención moral, y abre nuevas interpretaciones en torno al desarrollo de las relaciones humanas, sin incurrir en la entronización de modelos o idealismos.

Si bien la obra de Kang es corta, cuantitativamente hablando, vale mencionar que ha generado apreciaciones que van desde el reconocimiento positivo hasta la valoración negativa. En relación con lo primero, por ejemplo, Ingrid Elam, de SVT, la considera “fantástica”; a su vez, Mats Malm, secretario permanente de la Academia Sueca, dijo que “ella tiene una conciencia única de las conexiones entre el cuerpo y el alma, los vivos y los muertos y, con su estilo poético y experimental, se ha convertido en una innovadora de la prosa contemporánea”. Desde otra orilla, algunos sectores de la crítica la consideran “irrelevante y comercial”. Dentro de este segundo bloque, se destaca la voz del escritor irlandés John Banville, quien mencionó recientemente que “deberían recuperar el Nobel de Literatura concedido a la surcoreana después de que haya dicho que no va a celebrar el premio mientras muera gente en las guerras. Eso fue idiota e infantil y ella hizo el ridículo”.

Más allá de las posturas a favor o en contra de su obra, el objetivo del presente artículo es comentar algunos aspectos valiosos de La vegetariana, novela con la que saltó a la fama en 2007. Dividida en tres actos, la trama ofrece al lector la posibilidad de evaluar la complejidad de las relaciones humanas en la persona de Yeonghye, la protagonista. En la primera parte, quizás la más potente y sugerente, esta mujer toma la decisión de dejar el consumo de carne para adoptar un estilo de vida vegetariano. La acción, en sí intrascendente, más aún en sociedades hiperindustrializadas como la coreana, donde priman los afanes productivistas, afecta la cotidianidad de dos familias: la de la protagonista y su esposo, un hombre pequeño de espíritu y lleno de complejos que lo hacen mezquino, y a su vez la de la mujer y sus padres y hermanos, su núcleo primario.

Si bien la obra de Kang es corta, cuantitativamente hablando, vale mencionar que ha generado apreciaciones que van desde el reconocimiento positivo hasta la valoración negativa.

En lo atiente a la primera afectación, cabe resaltar la forma pasivo-agresiva como el esposo se relaciona con el nuevo estilo de vida de la mujer. Incomprensible para él, el cambio de ella se explica solo en la medida en que ha perdido los parámetros de lo normal y las sanas costumbres. La negativa a comer carne, que surge a raíz de la aparición de unas extrañas pesadillas, significa el punto de deterioro más alto de una relación que siempre estuvo entre la cuerda floja y la falta de admiración y reconocimiento, tal como se aprecia a continuación. “Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial. Para ser franco, ni siquiera me atrajo cuando la vi por primera vez. No era ni muy alta ni muy baja, llevaba una melena ni larga ni corta, tenía la piel seca y amarillenta, sus ojos eran pequeños. Los pómulos algo prominentes, y vestía ropas sin color como si tuviera miedo de verse demasiado personal. Calzada con unos zapatos negros muy sencillos, se acercó a la mesa en la que yo estaba sentado con pasos que no eran ni rápidos ni lentos, ni enérgicos ni débiles”.

Desde el principio, esta caracterización establece el tono general de la narración: un hombre mediocre y apocado, incapaz de conquistar a una mujer con características opuestas a las de su esposa, entabla una relación tediosa y anodina con ella más para sentirse a salvo de los exitosos y sus demandas, que para vivir la experiencia del amor y la redención a través de él. Movido desde el complejo, el hombre se legitima desde el ejercicio de la dominación que no reconoce, sino que arrastra e impone. La historia deja en claro la propia autopercepción del hombre: “…si me casé con ella fue porque, así como no parecía tener ningún atractivo especial, tampoco parecía tener ningún defecto particular. Su manera de ser, sobria y sin ninguna traza de frescura, ingenio o elegancia, me hacía sentir a mis anchas. No hacía falta que me mostrara culto para atraer su atención ni tenía que andarme con prisas para llegar a tiempo a nuestras citas. Tampoco había razón para que me sintiera menos cuando me comparaba a solas con los modelos que aparecían en los catálogos de moda masculina. Ni mi barriga, que había comenzado a abultarse a partir de los veintitantos, ni mis delgados brazos y piernas, que no ganaban músculo a pesar de los esfuerzos que hacía ―ni siquiera mi pequeño pene, que era la causa de un secreto complejo de inferioridad―, me preocupaba en lo más mínimo cuando estaba con ella”.

Sin una prosa deslumbrante, pero sí efectiva, La vegetariana le hace justicia a esta autora premiada por la Academia Sueca.

Establecido lo anterior, resulta claro el porqué de la unión. Lo que se va desvelando después, en una segunda capa narrativa, es la fractura de los ritos y estereotipos legalizados por la cotidianidad. La mesa, punto de encuentro social por excelencia, se erige, también, como el punto de ruptura más potente. Ahí hay una primera tentativa por establecer una lectura, a contrapelo, de las tradiciones normalizadas por la historia y la cultura. En el momento cuando el vegetarianismo surge como opción de vida se gesta una renuncia, no tanto a la carne como tal, sino al cumplimiento de automatismos, en este caso, gastronómicos y sociales, que se elevan al estatuto de lo deseable, sano y admirable; al estatuto de lo normal. Cuando la protagonista deja de comer carne renuncia al poder sobre la vida de los otros, de los animales en este caso. Consciente de su condición de ser parte del universo, y no ama de él, Yeonghye renuncia a su potestad de decidir qué ser vive o muere según los antojos de su consumo personal y doméstico.

En esa medida, el vegetarianismo se consolida como una suerte de amistamiento con la naturaleza que, en su sabiduría, decide los tiempos de la vida y la muerte. Ahora bien, en relación con la familia de la protagonista, lo que sucede no escapa a las lógicas de la agresión. Su padre, quien representa no solo la máxima expresión del poder doméstico, sino la gran metáfora del patriarcado en la sociedad, reacciona de manera hostil frente a la nueva condición vital de su hija. Él, amante, de los cárnicos, no entiende ni acepta que ella se desmarque de las tradiciones que bajo su techo ha recibido como herencia. En esa medida, entonces, la violencia física surge como respuesta a la transgresión del orden preestablecido. Las escenas que dan cuenta de esto son contundentes: “¡Ya no puedo soportar ver esto! ¿Te crees que estoy de broma? ¡Come de una vez! […] repentinamente la recia mano de mi suegro cruzó el aire y mi mujer se llevó la suya a la cara. Papá, gritó mi cuñada al mismo tiempo que aferraba del brazo a mi suegro. Como si todavía no se hubiera aplacado su cólera, a éste le temblaban los labios. Sabía que tenía un carácter violento, pero era la primera vez que le veía pegar a alguien. Tú, yerno, y tú, hijo, venid aquí. Me acerqué a mi mujer con pasos vacilantes. El golpe había sido tan fuerte que le había dejado una marca sanguinolenta en la mejilla. Como si justo entonces se hubiera quebrado su serenidad, empezó a jadear. ¡sujetadle los brazos! […] Mi suegro aplastó el cerdo agridulce contra la boca de mi mujer, que se agitaba penosamente. Con sus dedos recios, le abrió los labios, pero no pudo hacer nada para entreabrir los dientes fuertemente cerrados. Ciego de cólera volvió a pegarle una bofetada”.

Foto: El País.
Foto: El País.

De manera contundente, las descripciones elaboradas por Han Kang invitan al lector a cuestionar sus formas de relación con los otros y con el poder que se ejerce desde cualquier ámbito; sea este familiar, conyugal, histórico, cultural o político. Lo que sucede en el segundo apartado, “La mancha mongólica”, no dista mucho de lo acontecido en el primero. Si bien varía la forma en que se produce la transgresión, que hiere y daña por igual, la violencia se reitera como gesto estructurante de los personajes. Así, la infidelidad que orquesta el cuñado de Yeonghye con ella, y que van en detrimento de la relación matrimonial con su hermana, se presenta al lector como la manifestación equivocada de las más bajas pasiones de los seres humanos. Preso de sus fantasías y del agobio que genera la sociedad del capitalismo tardío, este hombre, a la postre un artista audiovisual frustrado e insignificante, violenta los códigos de exclusividad del matrimonio, con lo cual termina siendo tan nefasto en la vida de su esposa, como es nefasto el padre en la vida de Yeonghye.

En el capítulo final, “Los árboles en llamas”, se producen dos cosas importantes: la primera, es que la hermana de Yeonghye no vuelve a ver su marido infiel, quien afronta un penoso juicio legal por los perjuicios emocionales causados. La segunda situación crucial en la trama acontece cuando la vegetariana se pierde y obliga una movilización familiar para dar con su paradero, objetivo que al final se logra. Trastocados los órdenes de lo normal (¿qué es lo normal? ¿Cuáles son los criterios para establecer qué es normal? ¿Para quién es normal lo normal?), la familia se fragmenta a raíz de la neurosis, los episodios de locura, la infidelidad, el abandono y la afectación de las autoridades entronizadas por la cultura. Al final, todo se desmorona de manera inexorable. Quizás, por las infinitas torpezas de los seres humanos; quizás, porque cuando más parecen firmes los castillos se derrumban de dolor. Sin una prosa deslumbrante, pero sí efectiva, La vegetariana le hace justicia a esta autora premiada por la Academia Sueca. Para pensar, cómo no, queda el hecho de que el mundo exterior, el de los egos y la violencia simbólica, la ataque como atacan a sus personajes los comportamientos erráticos de quienes se han legitimado como figuras arquetípicas del poder patriarcal.

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