Piense en esto la próxima vez que vaya a un estadio
Por: Sofia Londoño Galeano
Comunicadora social y periodista
Estudiante de Licenciatura en Lenguas Extranjeras, Univalle

Nota para el lector: Antes de empezar a leer esta crónica, hágalo con la total certeza de que la autora no tiene más allá de una mínima idea de las reglas y sucesos relacionados con el fútbol.
Por supuesto que fuimos de los primeros en entrar al estadio Pascual Guerrero el miércoles 11 de septiembre. Mi papá, un señor en sus cincuentas con un nivel de terquedad que no ha descendido con el paso de los años, nos hizo llegar a las 3:45 pm cuando el primer partido ―Canadá versus España ― empezaba hasta las 4:30 pm. Ni a mi hermana ni a mí nos causaba mucha gracia quedarnos sentadas esperando hasta las 8:00 pm, hora cuando iniciaba el partido que realmente importaba: Colombia versus Corea del Sur. Sin embargo, uno aprende que la terquedad paterna es infranqueable, y que cuando de partidos de Colombia se trata, es mejor ir con tiempo. Y digo de Colombia, porque el domingo pasado habíamos estado en el mismo estadio viendo otra dupla de partidos de los que la Selección no participaba. Ese domingo también llegamos temprano, pero sin una real necesidad, ya que el recinto tenía un tercio de su capacidad de ocupación.
Ahora bien, si usted es como yo, un poco sordo para el deporte y más bien incapaz de mantenerse al día con lo que pasa en el mundo del fútbol, estoy refiriéndome a los partidos del Mundial Femenino Sub 20 de la FIFA. Y de nuevo, digo sorda porque el deporte no me entró ni como materia en el colegio o la universidad, ni como interés periodístico cuando entré a estudiar Comunicación Social. Pero sorda no se puede ser al hecho de que un grupo de jóvenes mujeres convocaron, en un solo partido, a más de 35.000 personas que se encontraban en el Pascual Guerrero para apoyarlas. Algo probablemente inimaginable hace algunas décadas. Tampoco se puede ser sorda al hecho de que el fútbol femenino, contra todo pronóstico, se ha posicionado como un espacio de encuentro que también ha movido la economía nacional.
Así se reproducen las incoherencias humanas, en un estadio lleno de gente que abuchea y juzga, para luego gritar en hordas los nombres de las jugadoras cuando hacen un pase o cuando meten o tapan un gol. Esta no es una admiración incondicional; es un apoyo que depende del rendimiento y que se puede desvanecer fácilmente para darle lugar a la crítica dañina.
A eso de las 7:20 pm, después de pagar un precio ridículo por un mango, tres dedos de queso y un tinto, salió a entrenar la Selección colombiana al campo. Todo el mundo empezó a aplaudir, a gritar y a soplar vuvuzelas para darles la bienvenida a las jugadoras. Desde ahí, entendí que la emoción del fútbol va más allá del mero juego. Lo que sucede en los estadios es una sintonía total de emociones entre seres humanos de todos los tipos. Una conexión de pensamientos y motivantes como ninguna otra. Luego, me acordé que ya había sentido esto antes, pero en estadios con eventos distintos, donde mis artistas y bandas favoritas hacían el ruido equivalente al que estaba haciendo la multitud futbolera que me rodeaba. Treinta y cinco minutos después, estaba cantando el himno nacional con suficiente fuerza para dejar de tener voz al día siguiente. Y así, empezó un partido más de victoria para el equipo colombiano.
Finalizando el primer tiempo, y tras por lo menos seis intentos fallidos de gol, una gritó desde la tribuna con desprecio: “¡Paniagua, mosqueate!”.Paniagua, probablemente, no la escuchó, pero, como por obra y gracia del santo al que usted le rece, todo empezó a mejorar. En el receso, desplegaron un cartel desde el segundo piso de la tribuna oriental que sostenía la frase: “¡Liga Femenina Digna Ya!”. Justo en ese momento, volví de mi ensimismamiento futbolero para pensar en la realidad de las niñas, jóvenes y mujeres que se atrevieron a jugar un “juego de hombres” en un país inconmensurablemente machista. Y es que en la misma naturaleza del fútbol está el amar cuando las cosas salen bien, pero odiar cuando hay equivocaciones.
Ese día escuché muchas cosas que me reiteraron que lo que queda es camino por recorrer. Las masas son crudas e hirientes, especialmente cuando hay pasión de por medio. “Cuadrado mujer”, dijeron detrás mío cuando Karla Torres, número 14, corría con el balón en su poder. Sin embargo, no se referían a su estilo de juego o habilidades en la cancha, sino a su peinado y color de piel. Desde la tribuna occidental chiflaban con el característico tempo del silbido que históricamente ha servido de “piropo” cuando una mujer pasa por la calle. El estadio entero abucheaba al equipo coreano cuando lograba tener la pelota, una muestra de irrespeto, pero también de desconocimiento total por quienes estaban en el campo: un equipo de jóvenes ordenadas, respetuosas y agradecidas (como lo demostraron haciendo una venia al público al final del partido) por la hospitalidad brindada en este país de intransigentes.

Foto: Sofía Londoño.
Así se reproducen las incoherencias humanas, en un estadio lleno de gente que abuchea y juzga, para luego gritar en hordas los nombres de las jugadoras cuando hacen un pase o cuando meten o tapan un gol. Esta no es una admiración incondicional; es un apoyo que depende del rendimiento y que se puede desvanecer fácilmente para darle lugar a la crítica dañina.
“¡Colombia jugó muy mal!”, exclamó mi papá cuando salíamos del estadio. Y yo, que como lo expresé arriba, no sé nada de fútbol, estuve de acuerdo con él. El equipo abucheado tenía técnica, orden y precisión. Mientras tanto, el equipo colombiano parecía ser un grupo que, de no haber tenido buenas jugadoras, hubiera perdido el partido, sin lugar a dudas.



