Una aproximación femenina a la ciencia ficción colombiana de principios del siglo XX
En Colombia, la actividad literaria realizada por mujeres ha seguido un proceso largo, arduo e importante. No solo por la formación de comunidades letradas, sino por los estudios críticos, revisiones y valoraciones que ha motivado durante más de dos siglos de vida republicana. En ese sentido, María Castello, con su cuento “La tragedia del hombre que oía pensar”, nos sirve en esta oportunidad para revisar el concepto de ciencia ficción en la literatura nacional.
Por: Alejandro Alzate

Unánime es la confluencia de criterios en torno a las dificultades que han padecido las mujeres para escribir en Colombia. Desde Daniel Samper Ortega, hasta Juan Gustavo Cobo Borda, se han pormenorizado las causas que obstaculizaron el acceso femenino a la literatura. A lo largo del siglo XIX, por ejemplo, escribir era un asunto masculino. En la medida en que los hombres eran quienes estaban facultados para estudiar, dirigir, comerciar y formarse intelectualmente, ellas quedaron sistemáticamente reducidas a las tareas del hogar y la recomposición demográfica nacional. Ese confinamiento a lo doméstico legitimó el estereotipo del ángel del hogar, exaltó el marianismo e instauró las nociones de dependencia y abnegación.
Como bien señala Patricia Aristizábal Montes[1],
…en el siglo XIX, las mujeres en Colombia no tuvieron acceso a las instituciones educativas en la misma proporción que los hombres. Muchas de ellas se beneficiaban de las clases que impartían profesores privados a sus hermanos o disfrutaban de la lectura de las obras que formaban parte de las bibliotecas familiares. Algunas de las escritoras fueron hijas de hombres dedicados a la política o al periodismo, lo que les permitió entrar en contacto con fuentes de información académica; otras acudieron a tertulias literarias o viajaron al extranjero, donde aprendieron otras lenguas y en no pocas ocasiones emprendieron labores de traducción. En cualquier caso, guarda mucho mérito que un buen número de mujeres consiguiera consolidar su labor como escritoras salvando las adversidades y adoleciendo de formación profesional, a lo que se sumaba el muro de prejuicios sociales que debían enfrentar.
En ese contexto, evidentemente complejo, se generó un importante proceso de creación. Las aficionadas a la narrativa fueron de lo místico a lo histórico y de la poesía al cuento. Algunas, como plantea Aristizábal Montes, también manifestaron interés por las ciencias naturales. Tal es el caso de doña Manuela Sanz de Santamaría. No obstante, sería en el siglo XX ―en el año1936, específicamente― cuando, con el objetivo de reunir escritos dispersos y disímiles, la Colección Samper Ortega recuperó un importante número de cuentos redactados exclusivamente por manos femeninas. Dentro del volumen hay figuras emblemáticas como la de doña Soledad Acosta de Samper, Waldina Dávila de Ponce, Mercedes Párraga de Quijano y María Castello.
Justamente, será esta última autora la que permitirá analizar cómo y por qué su cuento “La tragedia del hombre que oía pensar”constituye uno de los documentos fundacionales de la literatura de ciencia ficción en Colombia. Antes de entrar en materia, es preciso señalar que Bogotá en el año 2000, de Soledad Acosta de Samper, se suma también al exiguo conjunto de obras con tinte sci-fi escritas en el país. ¿Qué tiene de particular el cuento de María Castello? ¿Qué lo caracteriza como una narración de ciencia ficción? Más allá de eso, ¿qué valores impugna o refuerza desde la voz autoral?
Si se parte del hecho de que la literatura del siglo XIX era convenientemente pudorosa e intimista, María Castello propone una fractura a la tradición. Ella hace de su pluma un instrumento de avanzada que saluda, sin trauma, lo disruptivo.
En primer lugar, es preciso revisar la definición de ciencia ficción. De acuerdo con la Biblioteca Nacional de España, esta puede asumirse como…
…un género narrativo que sitúa la acción en unas coordenadas espacio-temporales imaginarias y diferentes a las nuestras, y que especula racionalmente sobre posibles avances científicos o sociales y su impacto en las comunidades. En ocasiones se le ha llamado, también, literatura de anticipación, debido a que algunos autores, como Julio Verne, han llegado a prever el surgimiento de logros científicos y tecnológicos, como los cohetes espaciales o los submarinos.
Presentada, pues, la definición, es necesario mencionar que, en el caso del texto que nos convoca, no aplica aquella parte que alude a los avances científicos. No es ese el espíritu del cuento. La ficción no refiere la creación de máquinas o desarrollos tecnológicos de ninguna índole. Sin embargo, sí calza lo relacionado con la especulación racional que tiene un impacto en la sociedad. Para explicar lo anterior, ha de plantearse, grosso modo, una síntesis de la historia.
La narración da cuenta del reencuentro de dos amigos de infancia cuyos caminos se separan en la adultez. Daniel y el narrador se reúnen en la retirada finca del primero para ponerse al corriente de los más relevantes hechos de sus vidas. En dicho suceso, muy sofisticado por demás, el anfitrión hace saber a su amigo que es infeliz. ¿La causa? Oír los pensamientos de las gentes. Sin quererlo, su extrema sensibilidad auditiva lo hacía sabedor de los más nobles y mezquinos pensamientos humanos; de lo más alto y bajo de que es capaz el espíritu.
En virtud de ello, la vida del hombre que oía pensar se malogra. Su extraño don le niega la paz, pues trae aparejado, de antemano, el desengaño. De modo paralelo, la posibilidad de amar y disfrutar las delicias de la vida sensible también le son esquivas. Agotado y vencido, entonces, se da al retiro; se convierte en una suerte de eremita. La soledad y el silencio son su única posibilidad vital. Expuesto lo anterior, varias cosas hay para decir en torno al diálogo de este cuento con la literatura de ciencia ficción, hasta entonces inexplorada en Colombia.
La primera de ellas es que las grandes protagonistas de la historia son las sensibilidades intelectuales y auditivas. La narración propone un desplazamiento en el que algo intangible pero revelador y poderoso, la inteligencia, determina la realidad de un mundo, de una vida concreta. Así las cosas, el protagonista es dominado por fuerzas ciertamente mágicas y superiores. En segunda instancia, lo contado faculta la ficción especulativa. En esta, una mente dotada con características en extremo particulares se filtra y entromete en otras, revelando las bondades y oscuridades por otros ignoradas.
Adicionalmente, hay un guiño que confiere un poder impensado a lo sensorial. Lejos de las cuestiones tangibles del comercio o las luchas fratricidas, Daniel se convierte en un ser único y excepcional que sugiere una inquietante confianza en las capacidades de la mente humana. En el cuento, como puede colegirse, no hay máquinas que vuelen. La mente del protagonista es, en sí, el objeto de fascinación y desplazamiento, el dispositivo que accede, arbitrariamente, a los espacios de lo íntimo y lo ajeno, vulnerándolos ambos.
Ese solo actuar ya es trasgresor. Si se parte del hecho de que la literatura del siglo XIX era convenientemente pudorosa e intimista, María Castello propone una fractura a la tradición. Ella hace de su pluma un instrumento de avanzada que saluda, sin trauma, lo disruptivo. Uno de los ejes temáticos que mejor ilustra esto gira en torno al cuestionamiento de tradiciones como el matrimonio. Obsérvese el siguiente fragmento:
Le tengo miedo al matrimonio. El matrimonio es, sin duda, una necesidad social y de la especie; pero es una calamidad para el individuo, o por lo menos para el individuo verdaderamente afectivo. Nada tan peligroso para las ilusiones como poner a los dos enamorados a vivir juntos, a verse a todas horas, aun en las más íntimas, a descubrirse mutuamente sus escondidas flaquezas, a que no quede entre los dos nada por conocer. Si precisamente el amor vive de ansias, de anhelos, de imaginar siempre algo más; el amor necesita un ritmo de presencias y ausencias que lo mantengan vibrante. Y todo eso lo destruye el matrimonio. Además, qué horrible tragedia la del afecto reglamentado, encarrilado, donde todo está previsto y donde cada manifestación, cada delicadeza, cada transporte, se reduce al adusto cumplimiento del deber. El matrimonio tiene la desgracia de ser una institución social muy respetable, y por lo mismo, irremediablemente prosaica, algo así como el reglamento de circulación. (216).
Visto en perspectiva, lo descrito propone el quehacer literario como una práctica liberal y moderna que cuestiona valores y arquetipos. Yendo más allá, es preciso decir que en este cuento la escritura deviene en instrumento de combate y sabotaje, en instrumento que redefine la ubicación simbólica de la voz femenina en términos de su capacidad para disentir. Si nos atenemos a la ya clásica pregunta de Gayatri Spivak, hemos de decir que sí; ¡sí pueden hablar los subalternos!
[1] Prefacio a Varias cuentistas colombianas. Priscila Herrera de Núñez y otras autoras. Biblioteca Básica de Cultura Colombiana. (2017).



