Crítica

Pondré mi oído en la piedra hasta que hable, nueva novela de William Ospina

William Ospina (Padua, Tolima, 1954) es uno de los escritores más representativos de la literatura colombiana actual. A lo largo de su carrera ha incursionado en géneros como el ensayo, la novela, el cuento y la poesía. Su talento ha sido reconocido dentro y fuera del país, razón por la cual se ha hecho merecedor de premios como el Rómulo Gallegos (2009) y el Ezequiel Martínez Estrada de Casa de las Américas (2003). La Palabra acomete hoy la reseña de su nueva novela, un texto que hace justicia tanto a su condición de buen escritor, como a su proverbial imaginación.

Por: Alejandro Alzate

William Ospina (1954), escritor colombiano. Ilustración: SETANTA. Tomada de: madrimasd.org
William Ospina (1954), escritor colombiano.
Ilustración: SETANTA. Tomada de: madrimasd.org

Uno de los principales aciertos de esta obra consiste en hacer viajar al lector. Conforme transcurren las 358 páginas de la trama, la movilidad de los personajes se hace cada vez más protagónica. Quien emprenda la lectura del texto pasará de los enrevesados vericuetos del Salto de Tequendama a Dagua o a las selvas del Orinoco. Resulta conveniente, sin duda, la apuesta por escribir una obra que se mueve geográficamente mientras se acentúa en ella, con paciencia y oficio, una trama densa y farragosa como las selvas del Ecuador o del Brasil. La compensación resultante constituye un punto a favor; uno que da cuenta de la experticia técnica y la sensibilidad que ha ido acumulando Ospina a lo largo de los años.

Otro elemento que se hace muy vívido, y evidente, a los ojos del lector es la descripción de la flora de la Nueva Granada, aspecto que dota a la novela con ciertos matices románticos en el sentido historiográfico del término. La obra testimonia una geografía desbordante que revela la riqueza de un mundo: el nuestro americano. Pondré mi oído en la piedra hasta que hable es una suerte de canto a la exuberancia que exaltaron y poetizaron los románticos del siglo XIX. Basta mencionar, solo por citar un ejemplo paradigmático, a Jorge Isaacs: político, prosista, soldado, poeta, etnógrafo y liberal radical que permitió a Efraín realizar observaciones bellas y profundas en torno al país vallecaucano; escenario paradisíaco en el que se estableció la casa de la sierra, a la postre, epicentro de sus desventuras juveniles.

Si bien es cierto que en el siglo XIX se descubrió un nuevo y caótico contexto político, legal y partidista, la otra gesta, la gesta verde, de la que da cuenta Ospina, también hace parte del afianzamiento de la idea de nación. Tan es así que fue ella la que convocó el primer intercambio cognitivo entre sabios nacionales y extranjeros. Auspiciada por Carlos III de España, la Expedición Botánica se propuso el nada modesto proyecto de elaborar un inventario natural en el Virreinato de Nueva Granada. Es esta la empresa que soporta el espíritu de la novela, a veces sofocante dadas las largas descripciones de situaciones o estados emocionales. Es a través de la fascinación por las plantas que el lector se adentra en la geografía interior de Humboldt, Mutis, Francisco José de Caldas y, en menor medida, de Carlos Montúfar. El conjunto de situaciones que entre ellos se suscita es del absoluto resorte de la ficción literaria, de la imaginación y del trabajo propio de un creador de historias como Ospina. No obstante, sí es interesante el planteamiento de relaciones homoeróticas en la medida en que ponen en jaque la tradición moral de la Colonia, su sistema de creencias, sus códigos.

Uno de los principales aciertos de esta obra consiste en hacer viajar al lector. Conforme transcurren las 358 páginas de la trama, la movilidad de los personajes se hace cada vez más protagónica. Quien emprenda la lectura del texto pasará de los enrevesados vericuetos del Salto de Tequendama a Dagua o a las selvas del Orinoco.

En su calidad de hombres sensibles a la naturaleza exterior, es decir, vegetal, Humboldt y Montúfar se atreven a dejarse llevar, no sin reticencias, por sus deseos y su naturaleza interior. En consecuencia, surge, entonces, una operación en dos momentos complementarios: al mismo tiempo en que se listan y nombran las plantas y floraciones, se habilita y estimula el goce de lo prohibido. En una decisión difícil, el sabio alemán “tuvo que escoger entre Caldas y Montúfar quién sería el único americano en tener el privilegio de acompañarlo en la culminación de su viaje por el continente. Era un dilema entre el corazón y el cerebro, y el corazón lo hizo escoger a Montúfar, quien permaneció cuatro años a su lado” (162).

Es a través de la fascinación por las plantas que el lector se adentra en la geografía interior de Humboldt, Mutis, Francisco José de Caldas y, en menor medida, de Carlos Montúfar. El conjunto de situaciones que entre ellos se suscita es del absoluto resorte de la ficción literaria, de la imaginación y del trabajo propio de un creador de historias como Ospina.

Ahora bien, más allá del asunto taxonómico y herbal, el narrador ausculta la profundidad de las pasiones humanas. Su interés, puede inferirse, es hacer notar que la naturaleza del mundo no riñe con la naturaleza sensible del alma humana; esto en la medida en que una y otra expresan la fuerza vital que las configura y determina sin posibilidad de menoscabo, de ocultamiento. De las plantas y las flores a las pasiones, el denominador común es el mismo: la vida que corre, que se asoma impetuosa. Cambiando de tercio, hay que anotar también lo siguiente: a lo largo de la novela se aprecia una conciencia muy propia de los hombres decimonónicos, esto es, advertir las injusticias y reclamar el designio de su pronta superación. Es así como en Las chispas, por ejemplo, se testimonia lo siguiente:

Al lado del esplendor paradisíaco de la naturaleza, nada era más visible que la estratificación de la sociedad y su rastro de arbitrariedades. Humboldt sintió otra vez que el orden colonial estaba dejando un rastro tan hondo de exclusiones y estratificaciones, que faltarían siglos para que los hijos de América aprendieran a verse alguna vez como conciudadanos […] Cada vez sentía más indignación por los abusos y más repugnancia ante las costumbres de los amos, y crecía su veneración por esas culturas a medias sepultadas o por completo profanadas, que estaban llenas de memorias sutiles y de revelaciones profundas (161).

Dicho esto, solo queda mencionar un aspecto más: la riqueza verbal con que está escrito el texto. No se trata, ni mucho menos, de reivindicar acercamientos estructuralistas o formalistas, no. Se trata, tan solo, de poner en evidencia que William Ospina busca, mide y halla las palabras que necesita su literatura para ser efectiva, pero también atractiva. Puede decirse, sin equívoco, que la suya es una prosa en la que la contundencia, la fuerza y la belleza expresiva legitiman lo dicho otrora por el crítico ruso Román Jakobson: “la literatura consiste en una forma de escribir en la cual se violenta organizadamente el lenguaje ordinario”.

Foto: panamericana.com
Foto: panamericana.com

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