Visita a la pintora Lucy Tejada

Foto: Javier García Jaramillo. Tomada de: lacebraquehabla.com
Me recibió muy amable, invitando a sentarme no en su sala de largos y cómodos muebles, sino alrededor de la mesa del comedor donde reposaba alguno que otro libro, junto a objetos de madera, cristal, cartón y piedra que acompañaban su mundo interior. En las paredes nos observaban, como atentos vigías, hermosos y maravillosos cuadros.
Comenzamos nuestra conversación lo más informal posible, hablando, ella de su intenso trabajo frente al lienzo, yo de mi escribiente oficio y mi profesión. De pronto, la vi conversando sobre sus recuerdos: de aquel viaje desde su Pereira natal a los 16 años hacia la soleada Cali, ciudad donde entró a estudiar al prestigioso Liceo Benalcázar, en el que, según me confesó, con algunas compañeras fueron las primeras mujeres en recibir el grado de bachiller en todo el Valle del Cauca.
Emocionada me relató los momentos inolvidables que vivió en la Bogotá de los increíbles años 50 y 60; de sus estudios en la Pontificia Universidad Javeriana y en Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia. La escuché mencionar un nombre: Jorge Gaitán Durán. No dudé en preguntarle por su cercanía. “Fue el padrino de mi matrimonio con Antonio”. Quedé perplejo. “Sí, éramos muy amigos…tanto, que yo era una de las únicas mujeres que podía entrar a los cafés donde la tropa loca de poetas, escritores y artistas del grupo Mito debatía y libaba. Jorge era para mí un sensible cómplice”.
La miré pensando en la importancia que tenía para la pintura su obra, su imagen y esa gran inteligencia que debió asombrar a los poetas de Mito.
A nuestro alrededor reposaban algunas magníficas y juguetonas esculturas en madera de su hermano Hernando, y en un cuarto se observaba su taller de artista con uno que otro cuadro expuesto y un lienzo listo para recibir la genialidad de su magistral mano.

Foto: Hernán Díaz. Tomada de: lacebraquehabla.com
Fue a la biblioteca y extrajo un gran libro. Al ponerlo sobre la mesa vi que tenía un nombre: Lucy Tejada. Era el libro publicado por su hijo Alejando Valencia, dedicado a ella y a su obra. “¡Qué bello y merecido libro!”, le dije, y de inmediato, con letra firme de artista, fue escribiendo en su primera página: “Para Carlos Fajardo, con quien apenas empezamos a conversar sobre esta vida peregrina alrededor de la poesía. La pintura mía está empapada en esa poesía que nos invade con ternura y sabiduría. Con mucho placer y dicha, Lucy Tejada, 2004”.
Luego me lo extendió con la inmensa ternura que provenía de esa encantadora mujer tan llena de magia y esplendor. No puede más que abrazarla, agradeciéndole su inmensa generosidad.
La tarde se nos fue hablando de sus grandes amigos: Alejandro Obregón, Eduardo Ramírez Villamizar, Edgar Negret, Enrique Grau, María Thereza Negreiros, Estanislao Zuleta, Fernando Cruz Kronfly, de los poetas e intelectuales de un país en llamas y, sin embargo, lleno de cálidos abrazos.
Me despedí cuando la noche ya entraba en su aposento. Le comuniqué de nuevo mi gratitud, observando una vez más su vitalidad de 86 años, su asombro de niña aún altiva, esa amorosa mirada. Al salir pasé por el inmenso gato hecho por su hermano para la ciudad, mientras el río Cali seguía su rutinario curso y alguno que otro turista tomaba la consabida foto de postal. Miré hacia su casa. “Allí”, me dije, “vive una de las mujeres más intensas, poéticas y encantadoras de este país de olvidos”.
Unos días más tarde concluí mi ensayo sobre su obra. Cuando se publicó en libro se lo envié desde Bogotá. El 2 de noviembre del 2011 supe que había partido y que varios de sus amigos y amigas la habían despedido con sentidos reconocimientos. Grande fue mi congoja.
Quedo ahora con su imagen de niña sabia y de ternura compartida; con su locuaz lucidez que hacía honor a su nombre; con su inmensa presencia e imaginaria obra que llena mis efímeros días.

Foto: tripadvisor.co



