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Reconciliación: Río Cauca visita al Río Magdalena

Reconciliación: Río Cauca visita al Río Magdalena

El pasado 29 de octubre, el Equipo La Palabra junto a investigadores del instituto CINARA de la Universidad del Valle visitaron el municipio de Honda, Tolima, con el propósito de recorrer los afluentes del río Magdalena, una de las arterías de Colombia. La gran apuesta apenas inicia.



Por: Yenniffer Cuenú Caicedo
Estudiante de Lic. en Literatura, Univalle




Río Gualí, desde el Puente Agudelo. Al frente se observa el Puente López. 5:06 p.m.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


El viaje hacia la ciudad de Honda, Tolima, inició el día viernes 29 de octubre a las 6 a.m. Catorce horas jocosas y somnolientas. Fuimos diecisiete personas entre el equipo La Palabra y el Instituto CINARA de la Universidad del Valle. Un recorrido cíclico de quietud cuando todos dormían y bullicio cuando todos despertaban. Estábamos sincronizados.

A las 8 p.m. llegamos a la primera parada del itinerario: la visita a la bella Reserva natural Cañón del Río Claro ‘El refugio’ que está ubicada en Antioquia; un lugar húmedo y natural, rodeado de aguas cristalinas, frías, por las losas de mármol que recorren su lecho, y gente encantadora. Nos recibió calurosamente Juan Guillermo Garcés, el director y propietario de Río Claro7. Aunque con modestia y decoro niega que dichas tierras sean suyas, pues considera que le pertenecen a todo el hábitat natural. “No hay leyes ni principios en la sociedad que establezcan que los animales y los árboles son sujetos, pero yo quiero dejar todo esto a los árboles”, explica Juan Guillermo, quien tiene una conexión espiritual y ancestral con la naturaleza indescriptible.

Entre una de esas conversaciones con Juan Guillermo, y rodeados por el humedal, los árboles y el silbido de los pájaros, con el equipo La Palabra concretamos la necesidad de reconciliarnos con el río. Al siguiente día recapitulamos todas aquellas ideas en una fructífera reunión colectiva, indispensable para pensar el concilio entre el río Magdalena y el río Cauca.

—¿Quiénes somos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Es correcto lo que hemos hecho? ¿Somos humanos o animales? ¿Cuánto porcentaje de animalidad tenemos? —, fueron las preguntas que iniciaron la conversación con Juan Guillermo Garcés en la Reserva natural Cañón del Río Claro, y sigue —Yo creo que nos equivocamos con la cuenca del río Magdalena y del río Cauca, y es necesario reconstruir un liderazgo social para salvarnos. Por eso defiendo el concepto de humanización y el de naturaleza, por encima del concepto de riqueza—, concluye.

—El modelo de acumulación depredó a la naturaleza. Pero, ¿es necesario el modelo de acumulación? La respuesta es sí. Sin acumulación es imposible destinar dinero a otros sectores importantes como la cultura que no genera riqueza, sino que la consume. ¿Qué modelo logrará preservar la acumulación y el de riqueza social? ¿Qué sistema hacemos para que la distribución sea equitativa y no ponga en peligro la naturaleza, ni la permanencia del hombre? —reflexiona Jaime Galarza, exrector de la Universidad del Valle.

—La separación entre el ser humano y naturaleza es el meollo del problema. Lo que se busca es el concepto de Reconciliación, por eso en Colombia se está dando un fenómeno interesante cuando la Corte Constitucional otorgó derechos a los ríos. Nosotros no podemos estar desconectados de la naturaleza. ¿De dónde viene la riqueza? De la misma naturaleza. Esto es importante entenderlo para iniciar un proceso de recuperación y reconciliación que nos va a demorar muchos años porque hemos causado demasiado daño —concluye Luis Darío Sánchez, investigador del Instituto CINARA.




Conversación con el director de la reserva natural Río Claro, Juan Guillermo Garcés.
Foto: Daniel Vásquez Ruiz.


La charla terminó aproximadamente a las 11 de la mañana, cuando una parte del equipo salimos hacia la Caverna de los guácharos, el ave que habita a la entrada y a la salida de la cueva. La preparación inició con las recomendaciones. Debíamos llevar cascos, guayos, lámpara y chalecos salvavidas. Los participantes no pueden ser hipertensos, ni padecer enfermedades respiratorias, y mucho menos, tener las rodillas “desbarajusta’as”, como dirían en la tierra de mis taitas del Pacífico. Además, deben dejar los aparatos electrónicos o guardarlos en impermeables. Los primeros minutos de caminata son de historia. Se contempla la belleza de la naturaleza, los árboles, la diversidad de especies endémicas del Magdalena Medio, y otras en peligro de extinción, incluso, el mármol labrado, resultado de la erosión de la cordillera durante más de seis mil millones de años. Los minutos siguientes son de bochorno y calor; las gotas de sudor caen por el cuello, los chalecos se humedecen y la sed nos consume. Nos sentíamos en un desafío de supervivencia. “Ya nos podemos considerar los de La Primera Línea”, escuché decir entre risas.

Cuando se llega a la entrada de la caverna, el sentir es de adrenalina y misterio. Hay mármol milenario lleno de minerales por todos lados; tiene diferentes texturas y colores. Los guácharos atienden la llegada de extraños inmediatamente. Hacen una especie de “cliqueos”, y el ruido se intensifica. El sonido es estruendoso, como si se estuviera arañando paredes con las uñas afiladas. Cuando se da la orden de alzar las lámparas, los guacharos están alarmados como centinelas; con los ojos disparados reclaman la usurpación a su espacio. En 3, 2, 1, todos deben bajar las luces y seguir el camino. Entre más te sumerges en la caverna, más profunda es el agua contaminada por el “guano”, el excremento de los guácharos. El desafío termina cuando ya no les oyes y ves la luz al final del túnel.




Recorrido a Honda, guiado por el director del Museo del río Magdalena, Germán Ferro. 5:13 p.m.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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En la noche salimos hacia Honda, un municipio ubicado en el norte del departamento de Tolima, a la ribera del río Magdalena. Se le conoce por ser La ciudad de la paz (por superar La Violencia de los años 50); La ciudad de los puentes (por la variedad de puentes sobre los ríos Magdalena, Gualí, Guarinó y la Quebrada Seca); la estrella vial de Colombia (por las conexiones viales con Bogotá, Santa Marta, Cartagena, el Eje Cafetero, Cali, entre otras). Y también se le conoce por las grandes “Subiendas” de pescados que llegan de las ciénagas de la costa por el río Grande de la Magdalena. Las dos primeras semanas de febrero los hondanos celebran el carnaval de La Subienda porque es la época cuando se pesca por toneladas día, noche y madrugada. Es el fenómeno cíclico más esperado por los habitantes. Crece la población, la economía y el número de turistas.

Los colonos llegaron a Honda en 1539, y para el siglo XVII Honda ya era el primer puerto fluvial del Nuevo Reino de Granada. El río es otro habitante hondano. Resuena en cada calle, acobijados por su variedad de puentes. Por mencionar algunos, está el puente Luís Ignacio Andrade, el puente El Carmen, el puente Navarro, y otros que alguna vez fueron emblemáticos como el Puente Pearson sobre el río Gualí, del cual solo quedan escombros. El puente fue construido en 1906 para conectar la línea férrea entre el puerto de Caracolí y Mariquita, pero la avalancha producida por la erupción del Volcán Nevado del Ruiz que arrasó con la ciudad de Armero y desvió las corrientes del río Gualí, también lo destruyó.

Honda tiene diversos estilos arquitectónicos. La calle de las Trampas (calles en zigzag con pisos rocosos donde se encuentra La Broma, San José, San Francisco, etc.) y la catedral de Nuestra Señora del Rosario (de piedras de color grisáceo y negro en su fachada, con un gran balcón a la vista, varios contrafuertes, tres naves y una casa cural), corresponden a una arquitectura colonial. Las calles cercanas al centro histórico, entre los barrios El Carmen y Pueblo Nuevo tienen una arquitectura española parecida al barrio La Candelaria de Bogotá o a la ciudad de Cartagena, y la plaza de mercado tiene un estilo Republicano.

Los hondanos son gente amigable y solidaria. En la plaza de mercado las vendedoras buscan compradores y ofrecen sus productos con gentileza. Cuando rodeas sus calles, los hondanos te hacen preguntas, te sonríen, y a veces cuentan historias; bailan el Sanjuanero, tocan tamboras y escuchan rancheras y vallenatos.

La economía en Honda no depende de la agricultura, sino del turismo, la ganadería y la pesca. Y el ambiente cambia dependiendo el clima y la zona que visites. La temperatura promedio es de 30° C. En algunos sitios es húmedo y cálido, en otros caluroso. Los días de semana, los hondanos se resguardan y el pueblo queda vacío y apagado, hasta el día jueves, cuando la ciudad despierta y se concentra en el sector de la Zona rosa T, donde están los restaurantes, los bares y las discotecas. Los lunes Honda vuelve a sus horarios de silencio.




Puente López, Honda. 6:10 p.m.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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Al llegar a Honda, una parte del equipo La Palabra se hospedó en el hotel Kasa Dokarí, uno de los edificios que resistió a la avalancha de Armero de 1985. Está justo al pie del río Gualí. Allí nos recibió Pedro, trabajador del hotel y familiar de doña Ana, una de las propietarias.

—El edificio fue construido entre 1955 a 1960. Está hecho en formaleta y lo rellenaron de cemento, por eso aguantó la avalancha de Armero. El lodo llegó hasta la mitad del sótano. Es uno de los más altos del sector. No hemos comprado muebles, decidimos recuperar lo que más se pudiera, como las antiguas camas de metal y conservar la arquitectura y el ambiente de una casa—, explica Ana.

Kasa Dokarí significa “el río que canta y danza”. El “Do” hace un juego de palabras con los diferentes ríos como ApartaDó, QuibDó. Por algunos años fue un edificio de residencias donde, como describe doña Ana, “las personas venían a pasar el rato”, sin embargo, la oficina de turismo les exigió que, si deseaban promocionar sus servicios en Airbnb, debían pasarlo a hotel, y así hicieron. El edificio tiene tres pisos. Los primeros dos pisos tuvieron una gran transformación en la fachada y los colores, como parte fundamental de la recuperación del hotel, y en el último piso está el pasado. En Honda no se recomienda tomar agua distinta al agua embotellada. Doña Ana conserva en el tercer piso un tanque de reserva de agua para las épocas, dice, “en donde el agua sale caliente. Mi hija quería poner una oficina, pero yo no dejé que lo tumbaran. En verano el agua se pone caliente, usted se puede quemar, y cuando eso pasa, cerramos el agua que viene de los tanques de arriba y abrimos este tanque y sale fresquita”, concluye.

En el hotel Kasa Dokarí se duerme con el arrullo del río Gualí y se despierta con el canto de las aves, con el sonido de las iguanas y con la excelente atención de doña Ana y Pedro, un pescador en su tierra de Quindó y estudiante de español y lingüística. “Yo he pescado en varios ríos; en el Atrato, en San Juan, pero en este río Gualí no me metería a pescar. Es muy caudaloso. Además, se pesca muy poco. El Magdalena es mejor. En Quibdó, como vivimos cerca del río Atrato, pescamos bastante, incluso durante la pandemia.”, cuenta Pedro.




Calle de las Trampas, Honda, Tolima. 9:35 a.m.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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En el recorrido por el gran valle del Magdalena en compañía de la empresa Turivan y el biólogo Luis Enrique Larrota, quien nos habló de su fascinación por el acontecer del río Magdalena y sus afluentes, sentimos el ímpetu del río desde una lancha, y contemplamos la riqueza natural de Honda.

Entre las principales herramientas de pesca está el cóngolo, la atarraya o la nasa, porque además del tamal y la lechona, el pescado es la principal fuente de alimento de los hondanos; se pesca el Nicuro, el Bocachicho, el Gallego o el Blanquillo.

—La diferencia del Blanquillo es que tiene una raya blanca de la cabeza hasta la cola y por la parte de arriba una raya negra—, señala Benicio, uno de los pescadores que nos encontramos una noche antes del regreso a la ciudad de Cali, cuando visitamos el gran sector de la pesca en el barrio La Magdalena, otro mundo, quizás una antítesis del acontecer del centro de la ciudad de Honda. ¿Ruido, baile y trago un martes por la noche? ¡Sorprendente!
—El bocachico pequeño lo sacan de una guayunga grande. Antes no se cogía. Ahora hasta se coge la Tolomba. Otro que se parece al bocachico es el Mohíno, tiene dientes—completa Riaño.
—El Nicuro parece una sardina, ¿no?
—No, la que llaman ustedes sardina es la Mueluda. Hay gente que dice que ese pescado come humano, pero no, ese es más rico. El Nicuro es como un bagre pequeño— compara Riaño.
—Acá hay un historiador de la ciudad que se llama Godoy, es profesor de Puerto Boyacá—cuenta Benicio, y sigue— Él sabe bastante de la historia de Honda, con él también pueden hablar—, recomienda.
—¿Y también es pescador?
—No sé. Yo solo lo he visto pescando, pero en el plato ja, ja—completa entre risas Benicio.
Cuando el río deja trabajar, se pesca todo el día, y después de las 4 a.m., pasan hacia la plaza a vender el pescado. En estas épocas hay baja de pesca, por eso los pescadores se resguardan hasta la llegada de La Subienda.




Hotel Kasa Dokarí. 6:44 a.m.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo


—La baja pesca es culpa del gobierno porque no ha puesto mano dura a la captura del pescado pequeño. Eso tiene que empezar desde donde nace el pescado, en la ciénaga, porque allá están cogiendo pescados grandes y no los dejan extenderse por el río. Solo llegan los que se escapan. Había una entidad que se llamó INDERENA (Instituto Nacional de los Recursos Naturales Renovables y del Ambiente); ellos controlaban la captura del pescado. Ya se acabó esa corbata política. Ahorita los señores comerciantes se vienen de otras ciudades y le exigen al pescador vender el pescado pequeño, porque para ellos es garantía. Ejemplo, van a vender una libra de pescado, y si falta, sacan el pescado pequeño que compran a 5.000 y completan la libra. Los regalan para completar las libras—, relata Benicio.

—Hace un tiempo INDERENA patrullaba el río, y quitaban las arreolas, las atarrayas, las nasas que son para coger pescado grande; se tiran en la orilla del río o la mitad del río, allá donde se encuentra el bagre y así.
—¿Por qué dejó de ejercer la pesca? —, pregunta Eduardo al señor Riaño.
—Porque entraron los factores de violencia, y nos daba miedo—contesta.
—Acá primero llegó la guerrilla y después las autodefensas. Se peleaban entre ellos y se apoderaban del territorio—, añade Benicio.
—Sí, de La Dorada para abajo, Puerto Boyacá y demás, fue impresionante— completa Riaño.
—Aquí fue epicentro de las Autodefensas. Una vez llegué al puerto a tomarme unas cervezas con mi esposa, cuando llegó uno de los de las autodefensas y la sacaron a bailar, así, de una forma agresiva, humillativa… Te miraban mal, y pues, con amenaza de muerte, a uno le tocaba quedarse callado. También tuve un negocio, y un día llegó El costeño con otro señor y dijo “mire, él es el administrador y dueño del negocio”. El costeño era taxista, llegaba con harta plata y se sentaba a mirar qué cantidad de plata entraba. Entonces hizo bajar el volumen al equipo y me llamaron. Me dijeron “nosotros somos de Autodefensas. Venimos a contabilizar cuántas cervezas venden. Por cada cerveza me van a pagar un porcentaje”. Eso pasó hace como 20 años. Yo creo que las Autodefensas fueron más agresivas. En este río bajaban las personas desmembradas y descuartizadas de tanta violencia que hubo.




Caminata por el valle del río Magdalena. 10:45 a.m.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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El municipio de Honda está dividido por barrios y veredas, bebe su nombre a uno de los asentamientos indígenas que habitaban en la ribera del río Magdalena por los aborígenes Ondaimas y los Gualies de la etnia Panche. Geográficamente, se ubica en medio de la Cordillera Central y Oriental del Magdalena Medio. Honda está en el centro de Colombia. En todos los estrechos de Honda se narra su historia. Dentro de los lugares para visitar se encuentra los restaurantes Brisas del Magdalena, Boulevard Gourtmet; la Casa Museo Alfonso López Pumarejo, la Agencia Cultural y Biblioteca del Banco de la República, donde el Instituto CINARA de la Universidad del Valle presentó el gran proyecto para recuperar la cuenca del río Cauca, y horas más tarde en la Secretaría de Cultura y Turismo en compañía de la secretaria Sandra Patricia Neira Florez y el alcalde Richar Fabián Cardozo Contreras.




Recorrido por el río Magdalena, guiados por la empresa Turivan. 12:15 p.m.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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El domingo, 31 de octubre, visitamos el Museo del Río Magdalena junto a su director y antropólogo Germán Ferro y el biólogo Luis Enrique Larrota, como guías. El museo fue una bodega para zarpar champanes, canoas o barcos a vapor, y a finales del siglo XIX se convirtió en una sede del cuartel de Gendarmería, hasta cuando se volvió biblioteca y archivo municipal. Hoy es un proyecto imperdible que muestra desde un panorama general las actividades económicas, culturales y sociales del río. Una narrativa que reconstruye al río Magdalena. En el museo se cuenta un relato histórico hablado y pintado para resignificar nuestra relación con los ríos de Colombia. Lo más llamativo: intervienen los pescadores cuando hacen de guías turísticas y la comunidad con todas las relaciones históricas, mitológicas y legendarias. La parte interior está diseñada como una especie de barca, como si fueses un navegante, un aventurero encontrando grandes tesoros. Se encuentra relatos de viajeros por el río Magdalena, artefactos de pesca y se registra el papel de la mujer en el río, desde la feminidad del nombre “Magdalena”, en honor a María Magdalena. También se encuentran valiosas exposiciones, esta vez la del arquitecto Luis Fernando Peláez titulada “Orillas”. La obra es una puesta en diálogo del río Cauca con el río Magdalena.




Plaza de mercado cerrada. Domingo, 31 de octubre. 6:11 p.m.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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Pasamos dos noches buscando cupo en uno de los restaurantes de pizzas más apetecidos de Honda, se llama Rústica. La primera noche fracasamos, así que buscamos otro sitio para cenar. Allí Julio, el coordinador de redacción del periódico La Palabra, le preguntó a Germán Ferro por qué el conflicto armado no se documenta explícitamente en la exposición del Museo del río Magdalena. Germán Ferro respondió que, narrar al río Magdalena desde el conflicto armado es lo que se ha hecho siempre, y esta vez se buscaba narrar el río desde otra orilla. “Una historia que nos permitiera reconciliarnos con el río”, señaló Germán. Al siguiente día, visitamos Rústica, ubicado al pie del Puente Agudelo, y sí, cumplió nuestras expectativas.




Don Benicio y la soledad de Honda. 10:27 p.m.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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Honda es un murmullo sostenido e interpretado. La comunidad se encuentra y renace en todas partes; ellos trazan el acontecer diario, el presente y el pasado del pueblo. Todas las huellas que marcó la historia son significativas. Historias que el río Cauca debe empezar a contar, hasta que se sigan fortaleciendo los lazos entre el río Magdalena y el río Cauca, dos arterias indispensables de Colombia.




Germán Ferro y Luis Enrique Larrota. 11:11 a.m.
Foto: Yenniffer Cuenú Caicedo.


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