CríticaCrítica Cine

Deudas saldadas

Con evocaciones que se remontan al pasado más lejano, y una trama que no tiene más propósito que el de atar los soterrados cabos sueltos de la biografía de Pedro Almodóvar, Dolor y gloria es, ante todo, una forma de redimir la vida a través del cine.

Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo

Foto: https://www.trasnochocultural.com/pelicula/dolor-y-gloria/
Foto: https://www.trasnochocultural.com/pelicula/dolor-y-gloria/

Protagonizada por un Antonio Banderas en pleno conocimiento de su oficio, Dolor y gloria cuenta la historia de Salvador Mallo, un cineasta madrileño que sin saberlo volverá sobre su pasado hasta encontrar su propia paz, sin tardar en establecer los tiempos a partir de los cuales se presentará el diálogo entre espectador y realizador, lo que proveerá de sentido la totalidad de su estructura narrativa.

Estos tiempos, puestos en escena según le conviene a la película, son logrados a través de flashbacks a los que se recurre con ingeniosa precisión –sin que, avanzada la historia, empiecen a mostrarse como grietas, pues su reiteración revela el artilugio y le resta asombro a ciertos momentos–, y dan cuenta de un Salvador que sufre innumerables “dolores del cuerpo y del alma” que lo imposibilitan a escribir algo nuevo, propiciando el estado de letargo y tristeza del que devendrán los recuerdos en los que se detendrá Almodóvar.

Como, por nombrar algunos, el reencuentro entre Salvador y Alberto, (Asier Etxeandia) el protagonista de Sabor, la película que le piden volver a presentar a treinta años de su estreno, en cuya compañía conocerá la placentera desconexión de las drogas –esencial de cara a los flashbacks–, que terminará con la dolorosa constatación de que los rencores entre ambos, propios de los tiempos de grabación de la película, no podrán ser más que atizados en el presente, y que sin embargo los llevará a trabajar juntos en uno de los manuscritos que Salvador lleva guardado desde hace mucho tiempo: la forma que, de una u otra manera, se constituye como el único medio de su redención: la sinceridad y la resignación.

O la llamada falsamente inesperada de Federico, el amor de la juventud en quien está inspirado el manuscrito que Alberto ha llevado a escena en teatro, quien la ve por casualidad y decide visitar a Salvador a su departamento. En esta visita se hará evidente una de las altas cuotas a las que tuvo que someterse Almodóvar al rendir tributo a su pasado: Salvador no tendrá más remedio que fingir una sonrisa en su intento por no dejar al descubierto el dolor de confirmar que la ilusión de su pasado no es más que eso, el recuerdo de algo que ya no será, luego de oír de Federico que ahora tiene hijos y una mujer en Buenos Aires.

Conforme pasan los minutos, la inevitable y triste pero temeraria sensación –porque se trata de Almodóvar, a fin de cuentas– de que Dolor y gloria no arribará, en términos dramáticos, a ningún puerto empieza a amenazar el relato. Dicha sensación se atenuaría de no ser porque, en honor a la verdad a la que se busca hacer referencia, Almodóvar ha sabido hilar los acontecimientos de manera tal que, cuando se llega a este punto, al espectador no le queda más que determinar que lo que le corresponde no es asistir a un entramado complejo que tiene por fin un plano final y sus correspondientes resoluciones, sino ver cómo el avance de la historia prodiga elementos que permiten cerrar los ciclos que han sido reabiertos en la vida de Salvador –la búsqueda de un sentido que justifique su paz en adelante–.

Penélope Cruz. Pedro Almodóvar y Antonio Banderas.
Foto: https://www.lavanguardia.com/cine/20190312/461003750022/almodovar-presenta-dolor-y-gloria.html

En los últimos tramos de Dolor y gloria, por lo demás, Almodóvar parece compartir su redención con las mujeres más importantes en su vida: luego del encuentro con Federico, Salvador decide dejar su breve adicción a las drogas, y le pide a su asistente, Mercedes (Nora Navas), que le agende las citas a lugar, luego de lo cual la tendrá como compañera de apartamento, alojándola –sin que esto deje de ser un símbolo– en la cama de la madre, muerta a pocos años. Simbólico en la medida de lo que implica el lugar y, sobre todo, por lo que produce en la película: los flashbacks a partir de este instante no se remontarán hasta su niñez –salvo el episodio de una pintura que le hace un albañil–: lo que le importa a Almodóvar, aquello para lo cual guardó el final de su historia, es hablar de la relación que entabló Salvador con su mamá (Penélope Cruz) durante sus últimos años, cuando la cuidó de su vejez y se atrevió a revelar sus verdades y pedirle disculpas por no ser lo que esperaba.

Dolor y gloria, en este punto sin retorno, asume la belleza de esta tensa relación y su final como una de sus características principales, le confiere a Antonio Banderas la posibilidad de llevar su talento al nivel que, con razón, le hizo merecedor del Cannes a la mejor actuación en la actual versión del festival –por la mirada siempre pícara en los momentos más ambiguos, por la candidez inevitable con que asume su vida durante el letargo de su personaje, por la pasión sorprendente que le confiere plena verdad a su actuación– y hace de Almodóvar, un autor sincero consigo mismo, que ha optado sin equivocarse por el cine cuando de descubrir su pasado y las respuestas que se le encuentran con los años se trata.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba