El Diablo del barrio Obrero y otros cuentos de terror
Soy la letra viva, soy la letra que camina, soy la letra que vuela, soy una fl or del viento, fl or volátil, nunca marchita, siempre viva, siempre viva Jenny Valencia Alzate.
Por: El Zudaca
Nómada urbano

Advertencia
Reunir información sobre una gran ciudad es olvidar que para la enorme mayoría la urbe es un objeto enigmático, y que para vivir en ella la gente elabora superposiciones, mitos, interpretaciones parciales tomadas de distintas fuentes, con todo lo cual se arman versiones de lo real que poco tienen que ver con lo que podrían decir las versiones llamadas explicaciones científicas. Néstor García Canclini. Imaginar la ciudadanía en una ciudad posapocalíptica. La Ciudad de los viajeros.
Una escritora de la Infrakali
Hace varios años Rafael Chaparro Madiedo me enseñó a través de sus delirantes libros de la escena underground (Opio en las nubes y El pájaro Speed y su banda de corazones maleantes) que la vida es un disparo que nunca da en el blanco, donde sus ciudades escritas están repletas de carne, sangre, latidos, letras, papel y tinta con personajes incrustados en el lado oscuro de las calles y los parques, violencia, asfalto, humo y rock and roll. Supe entonces que la especie urbana se alimenta de voces disímiles que habitan los portales del inframundo, y quienes escribimos somos traductores del caos y, en nuestros paisajes narrativos, simpatizamos con una sensibilidad, una actitud, unos modos de expresión y comportamientos desprendidos de la historia oficial, para configurar memorias alternativas, disonantes y alterativas, y lograr entendernos como diferencia.

Caminando la urbe caleña a través del periodismo cultural y los fanzines, descubrí a comienzos de esta década, en la sala de redacción de este periódico, el fuego narrativo de Jenny Valencia Álzate (Pereira, 1984), y el poder de su voz para abrazar el malungaje y reivindicar a las comunidades ancestrales de Colombia, desde una escritura honesta y sincera, con rigurosidad, disciplina y una fuerte personalidad, para resistir las dinámicas de un hipócrita y envidioso escenario literario como el nuestro, donde habitan los egos y las exclusiones, en una ciudad donde sus élites no logran ponerse de acuerdo para organizar una feria del libro, en este desierto editorial de la calicalentura.
Empuñando con enjundia la silenciosa vitalidad creativa del cuento, como género, Jenny Valencia Álzate presenta a su trópico literario, a su kerida especie lektora, su primer libro: El Diablo del barrio Obrero y otros cuentos de terror, editado por la Colección Azul de Caza de Libros, con bellas ilustraciones de los artistas Richard Bent y Jennifer Rojas, impresas en papel ecológico de bagazo de caña de azúcar, y cuyo lanzamiento se realizó el pasado 22 de abril en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, cautivando elogiosos comentarios de escritores como Evelio Rosero, Eduardo Bechara y Fabio Martínez, quienes resaltan la potencia de una prosa fresca en la narrativa colombiana, y cuyo talento ya ha sido premiado en varios concursos literarios universitarios, municipales, nacionales e internacionales convocados por el Ministerio de Educación Nacional, la Alcaldía de Cali, el canal RCN, la Universidad San Buenaventura, la revista i.letrada e IDARTES.

Esta recopilación de 14 cuentos y minificciones parodian acontecimientos o situaciones reales, y establecen perspectivas de contracultura, como los relatos: Infrakali, Trópiko bazukero y El Demonomante, donde se logra una acertada radiografía que retrata la delirante nocturnidad caleña a través de unos finos trazos que dibujan imágenes de identidad o identificación, con los íconos vivientes del underground americano de calicalabozo, que habitan el lumpenaje con ociosa creatividad.
En otros textos bulle la catarsis de la imaginación y la fantasía para delinear eventos sobrenaturales en barrios tan populares como el Obrero, reivindicar a la deidad Orisha Changó y también evocar los amores festivos en la otrora Calle del Pecado del Petronio Álvarez, o evidenciar realidades sociales muy puntuales como el narcotráfico y la violencia patriarcal sexual en las familias.
En suma, todas estas ficciones pertenecen a los imaginarios culturales que habitan ancestralmente en Cali, y forman parte de esa voz caleidoscópica de la ciudad tejida por la literatura que denominamos ciudades escritas, y posibilitan diálogos desde otros lugares del conocimiento, pues finalmente quienes escriben son médiums, y eso se siente a lo largo de las 91 páginas que la autora utiliza para cautivar al público con una escritura que recoge influencias de Edgar Allan Poe, Julio Cortázar y Andrés Caicedo, y explora las cosmogonías urbanas con humor ácido y sordidez.

Bonus track
Infrakali es la ciudad que late debajo del asfalto. Son las historias negadas, ninguneadas, inéditas, que nadie quiere contar pero gritan a borbotones, todos los días por las calles, a la vuelta de las esquinas. Es la ciudad de los muertos vivientes. Es la ciudad de Andrés Caicedo que lo mató la sociedad mentira. La ciudad de los hombres emparedados, que durante la época del narcotráfico morían entre los ladrillos y el cemento. Es la ciudad de las tradiciones familiares castradoras. La ciudad de los negros, que aún hoy siguen siendo el diablo para los blancos. Siguen siendo vistos como bestias cuyos pensamientos, ilegítimos para la cultura dominante, hay que encadenar, solo que cambiaron el color de las cadenas. Infrakali es la ciudad negada, la que está allí abajo, latiendo siempre, para que la saquemos del anonimato y el olvido. Malicia Enjundia.



