Crónica

En un día como ese

Por: Llublina
Especial para La Palabra

Foto: GETTY IMAGES.
Foto: GETTY IMAGES.

En un día de esos, cuando el universo se levanta de malas pulgas y el eje del mundo parece más torcido, mi madre, alta y de una elegancia que los años no han logrado marchitar, caminaba midiendo cada paso sobre la cuadrícula del suelo.

Llovía. El asfalto húmedo reflejaba la trampa de un espejismo. Ella creía que ese ajedrez de luces era un lugar seguro y completo, pero en el juego de la vida siempre falta una pieza. Y en un parpadeo, el suelo, que antes era refugio, se convirtió en destino hostil. Su pie tropezó con el vacío de un cuadro inexistente, y la gravedad, que no respeta jerarquías, la lanzó sin miramientos contra la dureza del pavimento. El impacto fue seco. Su rostro se magulló y su brazo izquierdo, más frágil por la osteoporosis, se hizo añicos con un crujido sordo.

Se instaló entonces el lenguaje del caos. Ires y venires sin sentido. Un tiempo deformado en el que nada se movía, y solo se dibujaba la espera. Al llegar la noche con su penumbra infinita, mamá viajó en la panza herrumbrosa de una ambulancia hacia una ciudad ajena. A un hospital público,  donde, como tantas otras personas, buscaba en la caridad —esa palabra que suena a protección pero sabe a fila larga— la cura para sus heridas y sus traumas.

No sabíamos que ese hospital era un purgatorio dantesco donde la tragedia y la solidaridad se dan la mano; un lugar donde convivían santos de vida limpia con personajes de pasado percudido. Eso sí, todos cargados de historias.

Mientras la ansiedad, esa vieja amiga que se sienta a esperar contigo mientras la noche se pone pesada, se acomodaba entre nosotras, el llanto lavó nuestras miradas y la de su nieta, que desde lejos nos acompañaba a través de una videollamada.

Entre heridos esposados y camillas oxidadas sin colchón, donde tendían a los desdichados como si el frío del hierro fuera el único consuelo para los huesos quebrados, entendimos que el alivio solo podría llegar con la compasión que entraña la solidaridad. Porque en este lugar, donde las personas que prestan sus servicios quisieran que todo fuera de otra manera, allí, la caridad no es una virtud, es un instinto de supervivencia.

Los carros desvencijados y chirriantes, arrastrados por enfermeros, muchos muy humanos, otros ya no tanto, transportaban la magia en forma de pastillas y punzones para anestesiar el sufrimiento. Aquellas camillas ruidosas que pedían a gritos un poco de aceite para amansar el metal, arrastraban los cuerpos maltratados hasta dejarlos en custodia de los responsables en cualquier rincón.

En medio de ese desbarajuste, nunca faltaron las historias. Una polifonía de voces que, en medio de ese mierdero, palabra precisa para nombrar al cielo y al infierno sentados a la misma mesa, hacían música para aguantar la espera. Eran los sonidos de quienes aguardaban a alguien de bata blanca que trajera la esperanza de una cura; o la muerte, si la esperanza salía huyendo, asustada por tanta sombra.

Sola Soledad

Una de las tantas voces fue la de Sola Soledad.

Sola Soledad no era un nombre. Era su estado civil ante el mundo.

Una mujer finita, de una apariencia tan delicada como el cristal tallado, a quien el menor roce del mundo, una palabra más fuerte de lo habitual o una simple brisa, podría quebrarla; sin embargo, poseedora de una resistencia oculta que desafiaba al desamparo. Su rostro era la cartografía de una vida que el tiempo, en lugar de borrar, había acariciado con paciencia. Llamaba la atención la manera como se aferraba a un bolso cuyos hilos sueltos eran las cicatrices de una fidelidad incondicional, y como si fuera el único albergue para su vida errante. En él, guardaba un abrigo escuálido, su documento de identidad, la tarjeta del MIO, unos pocos pesos y unas monedas que apenas tintineaban.

Siempre se ha escuchado esa trillada frase “metiste la pata”. Sola Soledad “metió la mano” cuando no alcanzó la orilla del andén al bajarse de un bus. Nadie la vio, o nadie quiso verla. Sola, enteramente sola, se levantó porque el dolor no se hizo esperar, y sola llegó al hospital buscando ayuda. Nadie vino a verla, nadie preguntó por ella. Sola Soledad pasó sola los días acompañada únicamente de su propia ausencia.

Tres días después, una voz gritó su nombre intentando encontrarla entre la multitud. Horas más tarde, caminaba por los espacios atiborrados con su mano enyesada, buscando ayuda para desatarse de los hilos transparentes del suero que días antes mitigaban su dolor y que ahora sentía que la ataban.

Observarla allí, con su mano inútil, fue conocer su mundo entero. Nos relató su historia como quien entrega un secreto.

Su vida se reducía a una habitación de alquiler, en un barrio de esos donde la reputación es un lujo inexistente y la supervivencia, el único oficio. En el abrazo de despedida supimos que no la volveríamos a ver.

Mientras la silla de ruedas se perdía en la curva del pasillo, su historia quedó flotando en el aire, junto al milagro de saberse mirada a los ojos y reconocida como un ser humano, y no como un número más en la lista de los olvidados. Nos invadió el sinsabor de imaginarla inventándose la vida, de ahora en adelante, con la sola ayuda de su mano izquierda.

La Urraca

Cuando Sola Soledad casi se desvanecía de la escena, el sonido metálico de los carros volvió a reclamar el protagonismo. Pero esta vez el silencio no fue quebrado por el arrastre de una camilla, sino por el estrépito de una mujer que parecía un espantapájaros. Alta, escuálida, de un cabello rubio postizo que intentaba engañar al tiempo. Un ser humano de esos que solo abren la boca para sembrar más miedo del que ya cargamos. Con su mirada experta en tragedias ajenas, se paseaba por los pasillos como dueña absoluta de la moral.

La bautizamos La Urraca.

Lidiaba con la demencia senil de su hermana y, obsesionada con encontrar baños decentes y médicos que no olieran a público, convirtió el pasillo en su propio campo de batalla. Para ella, nuestra tranquilidad era un sacrilegio; juzgaba cada respiro como un síntoma de falta de fe o de descuido. Mientras protegíamos con esmero a las pocas palomas de paz que se atrevían a pasear por el corredor, ella se encargaba, entre juicios escandalosos, de ahuyentarlas.

—¡Arre, palomas apestadas de sarna y gangrena! —gritaba.

Su sola presencia enrarecía el aire del pasillo. Cuando se alejaba con su paso seco y sus quejas al viento, nos quedábamos recogiendo los restos de nuestra calma, preguntándonos si acaso nosotras también éramos solo otra plaga que ella esperaba erradicar.

No sabíamos que ese hospital era un purgatorio dantesco donde la tragedia y la solidaridad se dan la mano; un lugar donde convivían santos de vida limpia con personajes de pasado percudido. Eso sí, todos cargados de historias.

Silvio

No se puede hablar de este hospital sin mencionar a Silvio. El Gran Silvio.

Cuando llegamos  con mamá, él ya estaba allí. Un hombre cuya fragilidad física era casi un insulto a la vida, de una palidez de cera, con un abdomen tan abultado que, al hablarle, no sabíamos si le estábamos mirando el rostro o la hinchazón que le robaba el aliento. Cada respiración suya era una agonía nuestra que nos obligaba a contener la necesidad de aire.

Silvio estaba siempre a la espera de una visita que nunca cruzó el umbral.

—Yo creo que hoy, ella sí va a venir —decía.

En aquel hospital de guerra, donde el caos de la calle entra a la fuerza, Silvio se convirtió en nuestro aliado.

Ofrecer aguas aromáticas a quienes estaban cerca, lo único que estaba permitido beber, lo transformamos en un protocolo de supervivencia y en un ritual compartido. Mientras nos perdíamos con mamá en el laberinto de radiografías y exámenes, Silvio, con su enorme corazón, se aseguraba de vigilar nuestras pertenencias en ese lugar donde el descuido es un lujo que nadie podía darse. Las custodiaba con la misma devoción con la que, quizás, aguardaba a esa hija que nunca llegó.

Cuando a mamá le asignaron una habitación compartida en el tercer piso, un respiro de humanidad en medio de tanta precariedad, fuimos al pasillo con la urgencia de darle la noticia a Silvio. Su camilla estaba vacía. No quedaba ni rastro de su respiración trabajosa, de su presencia de cera, ni de la bebida aromática. No supimos si le habían dado el alta, o si, finalmente, la muerte se lo había llevado a descansar de su dolor sin cura.

Diego

Diego no era un paciente. Era el capitán de los navíos de metal que surcaban el hospital, ese mar de tragedias.

Diego, el camillero.

Los que sabíamos agradecer su labor lo llamábamos Dieguito o señor Simpatía. Su sola presencia era alegría andante. Parecía que le hubiesen tatuado la sonrisa. Tenía una forma particular de lidiar con el caos convirtiéndolo en una coreografía precisa, mientras a su alrededor el hospital se desmoronaba entre gritos y urgencias. A diferencia de otros camilleros que arrastraban sus camillas como si transportaran algo inservible, él las conducía con la delicadeza que merecen los seres humanos, repartiendo cortesía sin fórmula médica. Lo vimos maniobrar su carro desvencijado en un pasillo donde apenas cabía un suspiro, siempre sin perder la compostura. A quienes iban en su nave, les hablaba como si fueran o vinieran de un paseo por el río Pance, y no de una cirugía capaz de cambiarles la vida.

—¡Ánimo, patrón, que ya casi coronamos! —alentaba a un hombre que iba casi transparente y apretaba las barandas con los nudillos blancos.

Diego no solo transportaba cuerpos, transportaba la dignidad que el hospital, a pesar de la precariedad, insistía en ofrecer. Lo veíamos desaparecer en la penumbra del pasillo, cantando bajito aquella salsa de Raulin Rosendo: “Uno se cura”.

Uno se cura.
Yo te juro, amigo mío, que uno se cura.
Uno llora y se lamenta, una rabia de impotencia;
Se maltrata la existencia y hasta pierde la cabeza,
Pero después… se cura.
Uno se cura.
Seguro, seguro, seguro que te curas.

Diego sabía que, en aquel lugar donde la muerte y la esperanza a veces se sientan a tomar café, lo único que nos mantiene a flote es la gracia de quien, al menos por un instante, te hace sentir que no estás solo en el naufragio.

Así es la ley de este lugar. Los hilos de los desdichados se cruzan por un instante en una sala de espera, nos entregamos los secretos más profundos como quien pasa un testigo, y luego nos devolvemos al anonimato.

Vicente

En aquel hospital, el hambre era una batalla que se libraba a escondidas.

Lucía, mi amiga del alma, desafiando la prohibición de alimentos llegados de afuera, logró colarme un almuerzo. Me senté en una sillita de Urgencias, intentando comer sin llamar la atención, cuando el aire se partió en dos. No fueron palabras. Fue un alarido. Un grito que brotaba desde las entrañas, una estridencia que delataba una fuerza bruta, masculina. Levanté la mirada buscando de dónde venía, pero el cuerpo del hombre estaba oculto tras una puerta. Lo único que vi, suspendido en el vacío como el apéndice de un animal herido, fue una mano. Una mano que gritaba. Una mano que sangraba con un ritmo desesperado, con un torniquete mal puesto que no lograba contener la hemorragia. A su alrededor, un círculo de policías se mostraba especialmente expectante.

En ese instante, mi mente se confundió.

— ¿Ladrón o policía?

Solo intuí que aquel hombre estaba perdiendo la vida o su libertad, y que yo, con mi almuerzo prohibido en las manos, me sentía como una espectadora en un teatro donde la tragedia era un hecho.

Días después, el azar me lo presentó de frente. Lo reconocí por el vendaje. No era un ladrón, era Vicente, un agente de seguridad al que unos delincuentes habían intentado desarmar.

Me contó su historia sin drama.

Aquel día, había salido de su casa hacia el trabajo después de acariciar el rostro de su esposa y el de su hija, que le deseó un buen trabajo, papá. Esa mañana habría de ser como cualquier otra en la que rondaría y custodiaría, como desde hacía tres años, la seguridad de los habitantes de aquel edificio. Por su oficio sabía bien que la adversidad se pasea sin tregua. El arma, su escudo ante la incertidumbre de la calle, terminó por inmovilizarle la mano en su intento de defenderlo.

Conmovida con su historia, le deseé buena suerte. En un adiós sencillo se resumió todo lo que un desconocido puede ofrecerle a otro en medio del naufragio.

Mientras yo me encaminaba hacia la salida, sintiendo el aire fresco de la calle que me devolvía a la vida, Vicente asintió con la cabeza y se quedó sentado en la penumbra del pasillo. Le esperaba una larga cirugía para intentar unir los hilos rotos de sus tendones; un intento de devolverle el movimiento a esa mano con la que trabajaba y sostenía su propio destino.

Así es la ley de este lugar. Los hilos de los desdichados se cruzan por un instante en una sala de espera, nos entregamos los secretos más profundos como quien pasa un testigo, y luego nos devolvemos al anonimato. Crucé la puerta con el eco de su historia dándome vueltas en la cabeza, sabiendo que afuera el mundo seguía girando con el eje torcido, pero que adentro, al menos por un instante, dos náufragos habían compartido el mismo puerto.

Flor

En el tercer piso nos encontramos a Flor.

Flor, el ritual de la dignidad.

Si el hospital era un purgatorio, ella era el alma más castigada. Era una mujer mayor, deshecha por el Alzheimer y por una desnutrición que le había dejado la piel como papel de seda. Lo que más nos conmovía era la crudeza de su cuerpo. Cada vez que le pasaban el alimento por la sonda, su organismo, ya sin defensas, se vaciaba.

Para nosotras, que venimos de una cultura donde la asepsia es casi una religión, aquello fue una prueba de fuego. El baño compartido, una escuela de paciencia. Tres semanas habitando en esa rutina, suspendidas entre el asco, la culpa y la piedad.

Allí, conocimos a su hija, una joven que trabajaba en una procesadora avícola, quien entre turnos, llegaba para desplomarse de cansancio al lado de la cama de su madre. Las enfermeras, por su parte, bañaban y limpiaban a Flor con una ternura que parecía extraída de un libro sagrado. No era solo cuestión de higiene; era el acto de honrar la dignidad de alguien que ya no sabía quién era.

Sin embargo, el olvido de Flor no era un silencio absoluto. Era un abismo que, de vez en cuando, escupía fragmentos de una realidad astillada. Por momentos, Flor parecía emerger de su letargo, no para volver a nosotras, sino para revivir un horror que el tiempo mantuvo intacto. En esos destellos no era ella, no era posible, quien, con una rabia visceral, abría de par en par sus ojos y sus piernas, e inundaba la habitación con una verdad innombrable:

—¡Abrí las piernas, hijueputa! —gritaba.

Tan rápido como llegaba la furia, se apagaba, y ella regresaba a ese hoyo profundo y oscuro de la nada.

La miraba tendida en esa cama y me preguntaba por sus verdugos. El porqué de esa memoria revestida de suplicio era lo único que permanecía en pie, mientras todo lo demás se había desmoronado: su nombre, su historia, sus afectos…

Estuve junto a ella en sus últimos respiros. La ayudé a irse. Con la paz de quien acompaña a un ser humano hasta la puerta de salida. Ese día entendimos que, al final, el amor no se mide en palabras, sino en la generosidad manifiesta al vivir el dolor del otro. Su muerte no fue una derrota; fue el descanso de una guerrera que ya no tenía que defenderse de sus fantasmas.

Josefa

Tan pronto como se llevaron el cuerpo de Flor y el personal desinfectó la cama, un ritual que

se siente como limpiar la escena de un crimen, la vida nos envió a Josefa. Una mujer negra, esbelta cual princesa bantú. Su presencia imponía respeto y su oficio de vendedora de pescado parecía ir adherido a su piel como un perfume sempiterno. Su tragedia tenía sabor a mala suerte, una puntilla oxidada en el camino que, por no tener los cuidados que exige convivir con la diabetes, se convirtió en la amenaza de una enfermedad vengativa que pretendía llevarse su pié.

Pero si la salud de Josefa nos despertaba piedad, su marido nos provocaba un sentimiento en contravía. Era un hombre que no sabía respetar la intimidad de una dama; cada vez que salía del baño común, dejaba el rastro inconfundible de su impericia y desidia.

Aquello fue un ejercicio de tolerancia extrema.

El alta de mi madre llegó como una bendición absoluta para nosotras.

De Josefa, no supimos más. Nos fuimos sin saber si su pie logró sobrevivir.

*

En un hospital como este, las historias se cortan igual que se cortan las vidas: de repente, sin despedidas y dejando siempre el sinsabor de no saber el final.

Hoy, lejos de esos pasillos, miro de nuevo el ajedrez del suelo. Mi madre volvió a su propio tablero, a su espacio seguro. Allá  afuera, el juego sigue.

Aquel hospital nos enseñó que, aunque la gravedad no respeta jerarquías y nos lance de golpe al pavimento, siempre habrá un Silvio cuidando nuestras pertenencias o un Diego pregonando una salsa para que en el naufragio nunca estemos solos.

Salimos de ese purgatorio, pero nos trajimos con nosotras la música de esa polifonía de voces que, suspendidas entre el cielo y el infierno, siguen esperando que alguien vestido de bata blanca les devuelva, al menos, el paliativo de la esperanza.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba