Cuando el terremoto nos obligó a reconstruir la memoria con palabras
Colombia ha sufrido un evento catastrófico devastador. Más de 300 muertos y miles de damnificados constituyen el resultado parcial que deja la furia inconmensurable de la naturaleza. Observada desde la literatura, puede decirse que la tragedia opera en un doble sentido: por un lado, implica que las ciudades se reconstruyan con cemento y acero y tecnologías diversas y voluntades; pero, por otro, involucra algo mucho más delicado para el alma humana: y es que la memoria se tenga que reelaborar con relatos, porque solo estos son capaces de preservar la experiencia del desastre cuando las cifras pierden su capacidad para estremecer.
Por: Alejandro Alzate

Decir que la literatura consuela puede ser válido, afirmar que permite la sincronía espiritual entre quien redacta y quien lee también lo es. Ahora bien, esto no hace menos objetivo y maravilloso lo siguiente: la literatura permite volver a nombrar el mundo cuando este ya no es el mismo. Cuando las cotidianidades se resquebrajan y todo se derrumba, el lenguaje se dispone para atestiguar el paso del tiempo y de las reconfiguraciones interiores de las comunidades. En virtud de esto, hoy más que nunca vale la pena volver la mirada sobre una narración extraordinaria: “El día del derrumbe”, del jalisciense Juan Rulfo.
Versado en desastres y pérdidas, empezando por la de su padre, este escritor entendió como pocos autores latinoamericanos la fuerza creadora pero también destructora de la naturaleza. Un vistazo a El llano en llamas evidencia la interpretación tan personal que él tenía frente a la fuerza que da vida, pero también la arrebata. La tierra, el agua y los vientos son capaces de hacer florecer plantaciones y familias, pero, asimismo, también son capaces de llevarse las esperanzas de progreso y bienestar, como sucede con Tacha, la vaca, en “Es que somos muy pobres”.
No lejos de estas coordenadas, “El día del derrumbe” también se teje narrativamente a partir de la pérdida. Según lo que se cuenta, una comunidad típicamente rural es sacudida por la fuerza ciclónica de un terremoto que lo destruye todo a su paso y, por consiguiente, obliga a repensar no solo los hechos en sí, sino el territorio y sus nuevas y desconocidas vocaciones. Dos personajes, el narrador y su compadre, Melitón, actúan como los emisarios que dan a conocer la tragedia. Dentro de esto, la confusión del narrador para ubicar con exactitud dónde vivió él el desastre añade incertidumbre, gesto bastante acertado porque humaniza los sucesos. ¿Si la tierra se ha movido, se ha desplazado, por qué no pueden hacerlo las certezas de la memoria, el registro indeleble de lo cotidiano?
Fiel al estilo rulfiano, el lector asiste, entonces, a una larga secuencia de acontecimientos en los que, paradójicamente, lo importante no es la reconstrucción material del territorio, sino la simbólica vuelta a la vida de la comunidad afectada. Esto es muy significativo, pues materializa la esperanza comunitaria en la persona concreta del gobernador, en su visita y presencia, como bien puede colegirse a continuación:
Lo grande estuvo cuando él comenzó a hablar. Se nos enchinó el pellejo a todos de la pura emoción. Se fue enderezando, despacio, muy despacio, hasta que lo vimos echar la silla hacia atrás con el pie; poner sus manos en la mesa; agachar la cabeza como si fuera a agarrar vuelo y luego su tos, que nos puso a todos en silencio. ¿Qué fue lo que dijo, Melitón?
“—Conciudadanos —dijo—. Rememorando mi trayectoria, vivificando el único proceder de mis promesas. Ante esta tierra que visité como anónimo compañero de un candidato a la Presidencia, cooperador omnímodo de un hombre representativo, cuya honradez no ha estado nunca desligada del contexto de sus manifestaciones políticas y que sí, en cambio, es firme glosa de principios democráticos en el supremo vínculo de unión con el pueblo, aunando a la austeridad de que ha dado muestras la síntesis evidente de idealismo revolucionario nunca hasta ahora pleno de realizaciones y de certidumbre.”
— Allí hubo aplausos, ¿o no, Melitón?
—Si muchos aplausos. Después siguió:
“—Mi trazo es el mismo; conciudadanos. Fui parco en promesas como candidato, optando por prometer lo que únicamente podía cumplir y que, al cristalizar, tradujérase en beneficio colectivo y no en subjuntivo, ni participio de una familia genérica de ciudadanos. Hoy estamos aquí presentes, en este caso paradojal de la naturaleza, no previsto dentro de mi programa de gobierno…”
“—¡Exacto, mi general! —gritó uno de por allá—. ¡Exacto! Usted lo ha dicho.”
Más allá de la cantinela política, lo importante es que el gobernador —él y no sus promesas de reconstrucción, que también son explícitas, desde luego— logra restituir todo aquello que los eventos trágicos borran: la confianza, la alegría y la esperanza de los pueblos. Su presencia en aquel caserío no es más institucional que afectivo-vital, razón por la cual él mismo encarna la alegría en medio del caos, en medio del daño que todo lo hunde en la espesura.
…ninguna comunidad se reconstruye únicamente con ladrillos, porque también se necesitan los relatos que preserven el dolor, dignifiquen a sus víctimas y hagan posible imaginar el día después. Solo cuando una tragedia puede contarse, comienza, lentamente, a dejar de ser únicamente una herida.
En ese sentido, la gente escucha su discurso, demasiado elaborado, por cierto, para una comunidad precaria, pero más allá de eso experimenta con él la cercanía del hermano que tiene la posibilidad de administrar cuotas de esperanza. Por eso el agasajo que se le hace es monumental, aunque resulte extraño y fuera de lugar. En el contexto de lo que se cuenta, el pueblo destruido resucita para ofrecer sus mejores galas a un visitante, y con esto, en últimas, lo que hace es, quizás, lo más importante: sacudirse la tristeza y obligarse a levantar la cara para poder seguir enfrentando la vida.
Finalmente, y para entender y dimensionar el caso colombiano que hoy tanto nos aflige, cabría preguntarse quién es ese ser, energía o acción que nos enciende y devuelve la energía vital cuando la tierra parece haberlo borrado todo. Las respuestas, sin duda, serán distintas para cada persona. La clave podrá estar en un abrazo, en la solidaridad de los vecinos, en la fe, en la memoria o en la palabra. Lo que sí sabemos es que ninguna comunidad se reconstruye únicamente con ladrillos, porque también se necesitan los relatos que preserven el dolor, dignifiquen a sus víctimas y hagan posible imaginar el día después. Solo cuando una tragedia puede contarse, comienza, lentamente, a dejar de ser únicamente una herida. Quizás, el gran regalo del cuento de Juan Rulfo sea que las casas guardan el cuerpo, sí, pero, más allá de eso, las palabras impiden que la memoria se derrumbe. Como resultante de esto, entonces, tendremos que el duelo puede —y debe— permanecer sin destruirnos mientras la fe y las palabras se convierten en posibilidades para volver a pronunciarnos.



