El abrazo de la serpiente. A nosotros también nos pertenece
Un equipo de producción obstinado, filmando una película en medio de la selva, con indígenas nativos, una comunidad que aprobó la filmación con un aplauso y los rezó para que los espíritus los acompañaran en su travesía, una selva que no cerró sus caminos y abrazó a las 70 personas del equipo para dejarse filmar.
Por: Jenny Valencia Alzate
Escritora

Unos atraviesan ríos, mares, selvas, montañas y arroyos para sembrar tristeza y desolación; otros para buscar conocimientos, curas, intercambios, secretos que se hallan en los confines de misteriosos y lejanos territorios. La Amazonía colombiana es escenario de múltiples hechos históricos: muchos los ha conocido el mundo, otros se encuentran ocultos en las profundidades de la selva. Cauchería, minería, tala de árboles, monocultivos ilícitos son herencias nocivas de una colonización que aún no termina y muta constantemente en un continente que aún conserva elementos ancestrales que podrán salvar al hombre colonizado de su autoexterminio: sabios aborígenes, plantas poderosas, ríos que guardan el secreto de los tiempos… elementos todos que permearon el pensamiento de Ciro Guerra, director de cine colombiano, para filmar El abrazo de la serpiente, una película en la que se le entrega la voz a los remanentes de las familias indígenas desaparecidas durante la época de la cauchería.
“…es el indígena quien se expresa, se narra desde el interior del territorio, se aborda el conocimiento desde una perspectiva descolonizadora”
Un director obstinado, un equipo de producción cuya idea rebotó varias veces en las puertas de productoras europeas que se negaron a apoyar la ambiciosa propuesta, dos personajes colombianos —Dago García y Gustavo Córdoba— que le apostaron al delirio cinéfilo de un compatriota, una comunidad que aprobó la filmación de la película con un aplauso y les rezó para que los espíritus los acompañaran en su travesía, una selva que no cerró sus caminos y abrazó a las 70 personas del equipo de producción para dejarse filmar, una exhaustiva preparación de actores que comprendía ensayos entre las ocho de la mañana y las once de la noche, un actor protagonista que durante los descansos debía respirar para volver a ser Nilbio y liberarse de la furia de Karamakate, un infinito número de animales salvajes que no atacaron a nadie durante el rodaje, un Premio Spirit, un Premio del Festival de Cannes, una postulación a la nominación del Oscar entre 80 películas, una preselección entre las 9 finalistas, la nominación a mejor película en habla no inglesa…

En Karamakate, el protagonista de esta cinta filmada en el Vaupés, encarnan los más de 20.000 nativos que a partir de 1910 fueron secuestrados y esclavizados por la Casa Arana para trasladarlos, con ayuda del ejército de Iquitos (Perú), hacia otros lugares de la Amazonía y obligarlos, bajo pena de tortura y muerte, a pasar largas horas en las siringueras extrayendo caucho.
Karamakate vaga solo entre árboles milenarios, tiene rabia en el corazón. De niño, mientras los caucheros se llevaban a su pueblo, huyó y se escondió en la selva; cree que es el único indígena cohiuano sobreviviente. Este personaje interpretado por Nilbio Torres escucha un día, entre la corriente del río, la llegada de una embarcación. En ella viene un hombre blanco inspirado en Theodor Koch-Grünberg, uno de los primeros exploradores europeos que trató a los indígenas como seres humanos y no como objetos de explotación. Koch-Grünberg viene enfermo, solo los cohiuanos podrán salvarlo. Trae un collar cohiuano puesto y busca a Karamakate para que lo ayude a encontrar la planta de la yakruna que cura con visiones espirituales. Karamakate lo confronta, se resiste a creer que su pueblo aún existe, se niega a ayudarlo, pero Koch-Grünberg lo convence y emprenden un largo viaje por la selva.

En el camino se encuentran con un indígena mutilado y un sacerdote que evangeliza y azota niños. Karamakate y el explorador se pelean; luego llegan al asentamiento cohiuano, y ahí nada ha cambiado: el mismo día de su llegada, Karamakate presencia otra huida, vienen los caucheros; lleno de furia quema las plantas de yakruna frente al explorador, mientras le grita que el hombre blanco trae el infierno a la tierra; se venga negándole la medicina.
Con imágenes a blanco y negro que resaltan a los personajes, en una trama que intercala pasado y futuro, Ciro Guerra nos muestra a Karamakate joven y a Karamakate viejo. El segundo, ya anciano, se ha convertido en un «chullachaqui», como le llaman en cohiuano a los cuerpos sin recuerdos. Mientras traza dibujos en una piedra, el viejo Karamakate recibe a un segundo explorador que ha dedicado su vida a estudiar las plantas; viene a pedirle ayuda, nunca ha podido soñar, ni dormido ni despierto. Karamakate descubre el sentido de haber sobrevivido solo en la selva: debe resarcirse, mostrarle la yakruna al nuevo explorador, perdonarlo y enseñarle a curarse.
Han pasado un poco más de quinientos años y Latinoamérica aún sigue colonizada; de ahí que El abrazo de la serpiente sea una película innovadora: es el indígena quien se expresa, se narra desde el interior del territorio, se aborda el conocimiento desde una perspectiva descolonizadora.
Querido Ciro Guerra: bien lo dijo Karamakate: «El conocimiento es de todos». Cuando se estén celebrando los Óscares este artículo estará en diagramación y yo me habré anticipado al final de la historia. Creo que el Oscar, como el conocimiento, ¡a nosotros también nos pertenece!



