Crónica

Elegía marimbera al pacífico encantado

Entre 1595 y 1621 millones de habitantes del África Bantú fueron trasladados a América en condición de esclavos. Con ellos llegaron al nuevo mundo conocimientos mágico-religiosos basados en las creencias Animistas, que al igual que las terminaciones en las lenguas eran un elemento común entre tribus como la faso, bobo, hausafulani o mandinka. Casi cuatrocientos años después, las comunidades afrodescendientes son parte fundamental del mestizaje que nos caracteriza como colombianos. La esencia de los rituales musicales legados por sus ancestros flamea en las selvas, bosques y mares del Pacífico Colombiano, donde hombres, mujeres y niños cantan y bailan mientras alaban a los santos, conjuran las cosechas, reciben a los recién nacidos, despiden a los muertos y llaman a las fiestas, en profunda relación con la naturaleza de sus territorios ancestrales, de los que a veces son expulsados por la violencia letal y empedernida. Cada agosto, estas comunidades se dan cita en Cali, la capital del Pacífico Colombiano, para reafirmarse y reencontrarse con su raíz africana en el Festival de músicas del Pacífico Petronio Álvarez.

Por: Jenny Valencia Alzate
Escritora

Vocalista grupo Son Familia - Foto: Jenny Alzate
Vocalista grupo Son Familia – Foto: Jenny Alzate

I
Retrato de un corrinche kilombero

A tío Guachupesito
Le agradezco su gestión
Por el Cali es alegría
Y viche en el corazón

Soy mestiza, pereirana, escritora, cronista, caminante. Llegué a Cali a los 6 años y me enamoré del color chocolate de la piel de los niños afrodescendientes que veía por primera vez en la vida, de sus sonrisas blancas y brillantes, de sus trenzas esculpidas por manos ágiles y firmes, de su tumba´o para hablar, caminar y sonreír, de sus músicas entamboradas que resonaban cada ocho días por los parlantes que sacaban afuera de las casas en el Distrito de Agua Blanca. Muchas familias eran desplazadas de los diversos ríos, mares y selvas del Pacífico Colombiano; tenían hambre, sed, nostalgia e incertidumbre, pero nunca dejaban de cantar y bailar, y bailando me hicieron sentir poco a poco parte de esta ciudad candente.

Es miércoles 13 de agosto de 2015. En la Unidad Deportiva Panamericana de Cali huele a sudado de toyo, jaiba, camarón, arroz endiablado, encocado, cholga, piacuil, triple muchillá, pataburro, repinchango, langosta, carapacho, calamar, cangrejo, pusandao, arroz clavado, marimano, almeja y chorda. El ambiente sabe a viche, tomaseca, hagamohijo, siemprencima, tumbacatres, arrechón, pipilongo y candelazo. Es el primer día del XIX Festival de Músicas del Pacífico Petronio Álvarez. Hay casi 200 stands con productos gastronómicos y artesanales en la zona de comidas. Lo primero que veo es a un indígena de la comunidad Embera Siapirá, habitante del territorio que está entre López de Micay y Timbiquí, vendiendo collares de majestuosos colores, tejidos con delicadeza. Intercambio con él una sonrisa, le agradezco en secreto que esté ahí para corroborarle a quien lo mire que el indígena y el negro son hermanos y las bases primigenias de nuestra raíz.

Cada aire es producto de una confluencia transcultural de ritmos, pero la esencia de las músicas africanas pervive intacta; currulao para llamar a la fiesta, marimba para que llegue la lluvia, bunde y alabao para los difuntos; aires selváticos para guiarlos en el camino hacia sus ancestros

Marimbas de 3 escalas con teclas de chonta, artesanías de palma de jícara, danzas, peinados en vivo, proyecciones, graffitis, desfiles y construcción en vivo de cununos y guasás con tronco de aguacatillo, caimito, cuero de chivo, guadua y semillas de achiras, hacen parte de este gran festival kilombero. A las 7 de la noche camino hacia la tarima entre la multitud, convocada por los grupos Bahía, Buscajá, la Contundencia y Mario Macuacé, para cantarle a San Andrés de Tumaco, donde el 21 de junio de 2015 las comunidades se quedaron sin agua potable, porque las Farc arrojaron 410 mil galones de crudo sobre el río y contaminaron por 20 años el mar Pacífico.

Forjando el Cununo Foto: Alejandro Salazar
Forjando el Cununo Foto: Alejandro Salazar

El Instituto Popular de Cultura abre con una mano de Currulao. “Bello puerto del mar mi Buenaventura”, cantan los músicos, y el espíritu de Petronio desciende sobre la negrería y el mulataje para abrir oficialmente la XIX versión de este festival que lleva su nombre, y al que confluyen cada año más de cien mil personas. Cada agrupación eleva sus plegarias por los cientos de damnificados de la violencia armada. Aires de marimba confluyen hoy para celebrar el encuentro del mestizaje, como en las fiestas amulatadas que antes se llamaban currulao, fandango y bunde, donde se encontraban expresiones multiétnicas, en las que se tocaba bambuco viejo para compartir cuentos, versos, alimentos, artesanías y amores.

Con cada bordón, golpes abiertos y cerrados de tambor, repique de guasá y voz de cantaora, siento que mi cuerpo se conecta con mi espíritu y soy danza, canto, corrinche, kilele, alegría, arrechera y resistencia; raíz de África hechicera. Ser afrodescendiente trasciende el color de la piel y la textura del pelo, todos lo somos porque tenemos un abuelo, un tío, un padre, un hermano, un ancestro negro que se enamoró de un hombre o una mujer indígena o blanca. Por eso la marimba y los cantos tradicionales del Pacífico sur, son patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad, pues nos unifican y fortalecen las raíces Africanas de las que el primer humano brotó para ver la luz del mundo.

Tengo un guasá en la cadera, tambor en el corazón,
marimba en el alma mía y en la cintura arrechón

Me tomo un trago de viche, otro de toma seca. Clamores, golpes cerrados y abiertos, notas mojadas de marimba, suben y bajan como la marea, embrujan a los vallecaucanos, chocoanos, caucanos, nariñenses, uruguayos, argentinos y demás habitantes y visitantes del Pacífico Sur Colombiano. Las musas bailan en el corazón de los poetas como Mario Macuacé, que canta décimas que vinculan el erotismo con la gastronomía, para curar las heridas que el conflicto armado ha abierto por años en San Andrés de Tumaco:

“Yo compro y como la piangua,
de la señora María, y ella solo se abre,
cuando el caliente la obliga!”

Cada aire es producto de una confluencia transcultural de ritmos, pero la esencia de las músicas africanas pervive intacta; currulao para llamar a la fiesta, marimba para que llegue la lluvia, bunde y alabao para los difuntos; aires selváticos para guiarlos en el camino hacia sus ancestros:

“Los músicos que nos venimos de la selva, el río y el mar, adquirimos otros ritmos y melodías, es inevitable que hagamos fusiones, pero siempre sin soltar la raíz, la manigua y el ritmo” Exclama Hugo Candelario Gonzáles, y empieza a tocar la marimba que con la última nota trae un copioso aguacero sobre Cali; miro hacia el cielo, el agua es un tendido que se ondula por los aires, arropa a la multitud y refresca esta ciudad candente en la que no llovía hacía un mes.

Hay remate donde don Ever. ¡Querida Especie Lectora, Andarele y Vamono´

Público corrincheando - Foto: Jenny Alzate
Público corrincheando – Foto: Jenny Alzate

II
Canta y cura la cantaora

Cantaora canta tu canto
pa´que Cali se haga canción
y sepamos los ciudadanos
lo que hay en tu corazón 

La memoria colectiva es un legado ancestral que se transmite por generaciones a través de la palabra. Los cantos ambulantes pasan de abuelas a hijas y nietas; son un patrimonio ritual para conjurar mientras tocan guasá. Por eso el Malungaje o compañerismo de San Basilio de Palenque es el mismo de las comunidades afrodescendientes del Pacífico colombiano, que con los versos bundean y alaban a los muertos para que su alma no se extravíe en el camino hacia sus ancestros, como lo explica una cantaora del grupo “Brisas de Mandivá”:

“Mi papá era el rezandero de la vereda. Si el bebé no se bundeaba las brujas se lo llevaban para hacer sus fechorías. Si uno se iba a ir al bunde, no se podía devolver a la media noche porque el angelito lo asustaba. El sonido del tambor era cada vez más profundo y te llevaba hasta donde estaba el niño muerto… Para nosotros que se muriera un niño era como una fiesta, uno estrenaba ropa, se repartían café y bananas, se hacía un pabellón con cintas azules y blancas, se bailaba para darle a la mamá fuerza y alegría en todo su dolor”

El 15 de agosto de 2015 el grupo “Semblanzas del Río Guapi”, representa un ritual fúnebre sobre la tarima. Las tres cantaoras están vestidas de blanco, llevan mantas negras y brillantes, parecen vírgenes de la muerte, con su clamor ayudan al alma del difunto que representa un hombre acostado al lado de la tarima, entre cintas blancas y azules, los rezos cantados le ayudan a volver a su morada primigenia, como cuando las mujeres palenqueras cantan “Chi ma nkongo”, “Chi ma Nloango” en el ritual del Lumbalú:

“¡Vete Vete Palomita!
¡Ay Vete Vete a tu morada!
¡Que ya murió el redentor!”

Camino entre el público y me encuentro a siete mujeres afrodescendientes, habitantes del barrio Potrero Grande, ubicado en la ladera que ocupan las comunidades en situación de desplazamiento, bailan, cantan, sudan y se menean, parece que en la cadera llevaran un hilo que las une con el vaivén del mar de Tumaco. Gloria Mairongo está vestida de azul, su turbante de colores se le enrolla en la cabeza como el arcoíris, es otra de los cientos de desplazados del Pacífico, con alegría rebate los recuerdos tristes de su lejano Tumaco. Apenas suena la marimba del grupo Amanecer Guapireño le brillan los ojos y la sonrisa, se los baila a todos, al negro, al zambo, al mulato, al gringo, las gentes le hacen ronda y bailando exclama: “¡Yo si bailo mijo, lo que se me viene mijo!”

Danza en el Kilombo - Foto: Jenny Alzate
Danza en el Kilombo – Foto: Jenny Alzate

III
Malungaje Yorubá

¡Cavio caviosile!,¡Ashé Uto! ¡Tuto laroye! Tengo un guasá en la cadera, tambor en el corazón, marimba en el alma mía y en la cintura arrechón. Llevo 4 días de corrinche en este palenque citadino consagrado a Buzirako, el shangó del tambor de los esclavos, padre de Carlinhos Brown que sale al escenario con su gran tambor y derrama sobre Cali el Ashé candomblero de la Bahía de todos los santos.

El 16 de agosto de 2015, las agrupaciones Dejando Huellas, Semblanzas del Río Guapi, Son Familia y La Jagua ganaron con sus aires de marimba, chirimías, violines caucanos y fusiones libres. Al final de esta larga noche de cinco noches, mi espíritu mestizo danza mientras canto al unísono que Germán Patiño “no ha muerto, vive en nuestro corazón”, y las marimbas de Gualajo, Hugo Candelario y Esteban Copete junto a las voces de Nidia Góngora y Marquitos Micolta en el Ensamble Pacífico, me convocan para que recorra las calles del distrito de Agua Blanca, el gran palenque de esta ciudad ardiente.

Grupo Son Familia - Foto: Áymer Álvarez
Grupo Son Familia – Foto: Áymer Álvarez

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