Toques de son colorá: viejos temas para nuevas voces
En América Latina, la tradición que vincula música y literatura se mantiene sólida hasta hoy. Novelas como Tres Tristes Tigres, La importancia de llamarse Daniel Santos, ¡Que viva la música!, El tumbao de Beethoven y la que hoy nos convoca, entre otras, han legitimado nuestra cultura triétnica y nuestra idiosincrasia en torno a la pretensión del goce y la rumba. De un autor a otro, cada texto devela el poder masivo y simbólico de la salsa, el afrocubano y el bolero, así como sus capacidades para agrupar comunidades que resisten los embates del capitalismo cultural. Sea esta la oportunidad para conocer algunos aspectos de la obra de Adelaida Fernández Ochoa.
Por: Alejandro Alzate

Foto: @adelaidafernandezochoa
Lo primero que ha de destacarse en estas líneas es la exitosa trayectoria literaria de la escritora caleña. Nacida en 1957, Fernández Ochoa ha sido destacada con importantes reconocimientos como el Premio Casa de las Américas, en 2015, y la Residencia en Creación Literaria que convocaron MinCultura y el Instituto Caro y Cuervo en 2019. Además, cabe decir que su concepción del oficio la ha llevado a depurar su estilo de escritura convirtiéndolo en un dispositivo efectivo, afectivo y profundamente anecdótico. Aunado a lo anterior, su capacidad para dialogar con la tradición que la precede es sensible y a la vez inteligente.
Sobre esto último, justamente, se advierte un mérito que se materializa a partir de la concepción y uso de las bases que ha dejado estipuladas la denominada novela bolero, a saber: la estructuración de un cuerpo social/barrial que se encuentra y tramita sus diferencias a través de la música, la intelectualización del significado que esta adquiere a raíz de la aparición de estudiosos y críticos, y la reivindicación de un santoral laico compuesto por cantantes y agrupaciones estelares.
En relación con lo primero, Toques de son colorá se ubica en Cali, pero también en Cuba, Estados Unidos y Puerto Rico, con lo cual se plantea una hibridación fronteriza que evidencia el poder de las sonoridades afrocaribeñas para crear una patria imaginada que perpetúa los mitos y los simbolismos. Dadas las complejidades de los territorios nacionales concretos, permeados por la pobreza y el desgobierno, la comunidad imaginada se vincula a través de la ilusión común de progreso y emergencia que estimulan en las barriadas el canto, el baile y el goce. La música fortalece las simpatías y permite, de alguna manera, agenciar las diferencias del carácter y las interpretaciones de la vida, la política, la sexualidad y la tragedia.
En lo concerniente a la intelectualización del significado de las melodías del Caribe urbano, esta novela actúa como dato y documento, diferencia sustancial con otras que solo apelan a los artistas, a los lugares de baile y a los bailadores. La alusión a Alejandro Ulloa Sanmiguel, a Gary Dominguez, a Umberto Valverde y a Hernán Peláez introduce la reflexión conceptual dentro del aparato ficcional que estructura lo que se cuenta. Así, al tiempo que se pondera la importancia del goce, la obra también permite reconocer las voces que han estudiado el sonido latino desde la musicología, pero también desde la sociología y la historia. Con esto aludimos puntualmente a la obra académica del profesor Ulloa Sanmiguel. En el momento en que la ficción reconoce estas voces las eleva al estatuto de referentes, con lo cual se cierra el círculo que agrupa a las gentes populares y a los músicos, sí, pero también a los estudiosos como actores claves de la ecuación social. Cuando la ficción plantea este movimiento, la obra, inmediatamente, sienta las bases de la comprensión global del fenómeno afrocaribeño, es decir, legitima las imaginerías, pero también el rigor derivado de la observación erudita y el trabajo de campo e investigación.
En lo atinente a la reivindicación del santoral laico, vale decir que la novela es honesta y sigue, sin mayores riesgos experimentales, los rastros estilísticos y temáticos que demarcaron novelistas como Guillermo Cabrera Infante, Umberto Valverde, Andrés Caicedo, Óscar Hijuelos o Denzil Romero. Conforme transcurre la historia, que no es otra que la de las desventuras de Rosa y sus amigos, quienes hacen lo posible por estar cerca de ella en sus horas más oscuras, ídolos como Héctor Lavoe, Yomo Toro, Tite Curet Alonso, el Gran Combo o Piper Pimienta fungen como guías de una comunidad caleña — y latinoamericana, a la larga — que necesita agruparse para enfrentar los desafíos del presente y las incertidumbres del futuro.
De manera casi litúrgica, cantantes y músicos tienen la palabra de la vida en sus pregones que exorcizan y redimen, que reconfortan y consuelan. Ellos conducen el ritual del goce que espanta las penas, lo ofician en cada concierto, y la ciudad, como gran cuerpo litúrgico, se dispone. No en vano, las alusiones al espacio urbano son reiterativas. Sectores como La Floresta, El Municipal, el Obrero, Aranjuez, Primitivo Crespo, Andrés Sanín, Aguablanca, Siete de Agosto, El Jardín, Las Acacias, Alameda, Belalcázar, San Nicolás, Junín, Bretaña, El Popular, Los Andes, Puerto Mallarino y Alfonso López son los epicentros en los que se concentra la devoción sagrada por la música, esa misma que acompaña la muerte y la vida, la risa y el llanto.
De manera casi litúrgica, cantantes y músicos tienen la palabra de la vida en sus pregones que exorcizan y redimen, que reconfortan y consuelan. Ellos conducen el ritual del goce que espanta las penas, lo ofician en cada concierto, y la ciudad, como gran cuerpo litúrgico, se dispone.
Si del estilo ha de referirse algo, es que, al igual que en Luis Rafael Sánchez, en Adelaida Fernández también se impone una “prosa danzadísima” que, no obstante, no supera a la de La importancia de llamarse Daniel Santos. En lo que sí se equiparan estas dos obras es en la exaltación dramática de las situaciones que logran paliar las comunidades populares a través del baile, tal como se muestra a raíz de la agonía de Rosa: “La idea de nuestro amigo periodista no solo nos animó a montar una coreografía para el velorio, sino que también quisimos apoyarnos en ella cuando Rosa pidió que Juan y yo bailáramos un par de piezas. Vinieron todos y mis pupilas, gente nueva que no llora, la intención era mostrarle que estaban montando su discordancia dancística. Creímos, Juan y yo, no poder realizar solos la velada, ella quería vernos bailar, pero temíamos empantanar el baile en un mar de lágrimas”.

Continuando con el diálogo intertextual esta novela también plantea una cierta, aunque pequeña, similitud con ¡Que viva la música! En la medida en que Rosa y María del Carmen Huerta se rebelan contra la tradición y las buenas costumbres, surge algo poderoso: la emancipación femenina, proceso social de poder y autodeterminación frente al diseño, equivocado o no, del propio destino. “Si algo luchó Rosa en la vida con su manera poco ortodoxa de luchar, fue su autonomía, por eso no convivió con un hombre. Y le apostó a la familia que formó al fragor de la rumba, sin lazos tutelares ni imposiciones, apenas las expectativas de gozar”. Dicho esto, puede decirse que a la par del goce están los personajes que buscan su propio lugar en medio de la hostilidad y la caducidad de la vida. De Rosa a María del Carmen Huerta las diferencias son pocas y están, quizás, mediadas por pequeñas caracterizaciones, diferencias de edad y circunscripciones geográficas.
A modo de coda, solo queda mencionar que esta novela es una muestra fehaciente de que la relación entre música y literatura sigue gozando de buena salud. Con cada nueva obra, o relectura de las del pasado, se avivan vínculos y matices, expresiones y perspectivas que, en últimas, tejen los ritmos de la vida de una Latinoamérica que sabe sufrir, pero también gozar.



