Las huérfanas, una novela de claroscuros
Melba Escobar (Cali, 1976) presenta esta nueva novela con la cual ajusta cuentas con su pasado familiar, con la conflictiva presencia de su madre y con la nostalgia de su historia más íntima. Dentro de su producción bibliográfica se destacan La casa de la belleza (2015), La mujer que hablaba sola (2019), Cuando éramos felices pero no lo sabíamos (2020) y Huir al presente (2025).La Palabra analiza este nuevo título publicado por Planeta bajo el sello Seix Barral.
Por. Alejandro Alzate

Esta novela abre con una frase lapidaria: “Mamá se arrojó por la ventana de un cuarto piso once años antes de tenerme”. Este hecho pone al lector frente a una realidad que desconoce, pero advierte sumamente compleja. Y lo es, en efecto, porque desde el inicio se ponen sobre la mesa la pérdida, el hartazgo, el sinsentido y la confusión vital que atraviesan el texto por completo y determinan las claves de su lectura. Las huérfanas es una obra escrita a partir de un dolor que la autora conoce bien. No hay impostura en él. No se advierten los trazos de una historia conocida solo de oído. No obstante lo anterior, ese hecho, que es el que legitima la intensidad narrativa y emotiva de lo que se cuenta, no excusa ciertos abusos que hacen tediosos y clichés muchos fragmentos que podrían suprimirse o reescribirse.
En relación con lo primero (el dolor que sirve como impulso narrativo) puede señalarse que constituye un recurso no solo válido sino bien pensado y estructurado. Esta es una novela escrita desde el conocimiento del oficio. Como sucede con tantas otras narraciones en la literatura latinoamericana, y pienso particularmente en Paula, de Isabel Allende, la reminiscencia de las experiencias hirientes es condición indispensable para que acontezca el hecho narrativo. La retrospectiva es necesaria para que broten el drama y la esperanza, o por lo menos un tenue atisbo de esta última. En esta novela, la relación de la madre con la narradora y sus hermanas ― Laura, Ximena y Constanza ― se cuenta desde el dolor de muchos desencuentros y poquísimas coincidencias. Los motivos que explican esto son muchos y van desde un matrimonio tenso hasta la vivencia de grandes y pequeñas frustraciones personales.
Así, pues, entre los múltiples interrogantes que estuvieron abiertos por años, y las respuestas a medias que no lograron resarcir los dolores y los abandonos, la narración evidencia que los grandes protagonistas son el sufrimiento, la orfandad sentimental y el extrañamiento que supone vivir la experiencia del amor desde la incertidumbre y no desde la certeza. La mezcla entre dolor y sufrimiento es efectiva dado que conmueve y nos obliga a interpelarnos como lectores. Cuando la novela gira el espejo hacia quien lee surge uno de sus grandes méritos. En la medida en que este es un libro-espejo se supera el divertimento y se produce un acercamiento a la intimidad que genera preguntas: ¿qué me dice mi propia historia/tragedia familiar? ¿Cuáles son los dolores que resolví o no con mis muertos, cómo éstos configuraron mi manera de enfrentar la vida? ¿Cómo entiendo el amor a partir de las vivencias que tuve con mis padres? Estos interrogantes invitan a pensar y a escarbar en lo profundo, y justamente eso, como planteaba Cortázar, es el logro primordial de toda gran literatura. En Las huérfanas no hay certezas de nada porque estas, si acaso, pueden encontrarse en los registros de la ciencia y la filosofía.
En este contexto de búsqueda e incertidumbre el dolor se agudiza hacia el final de la historia dada la proximidad de la muerte. Lo interesante de esta intensidad narrativa es que habilita el reencuentro tranquilo entre la narradora y su madre agonizante. Lejos del patetismo, subyace en el tercio final una belleza que permite la reivindicación de la ternura y la comprensión hacia aquellos que nos amaron, aunque nos hayan amado mal, de la aceptación y la reescritura de la propia historia. La muerte de la madre cierra no solo la ficción que envuelve la verdad, o la verdad que envuelve la ficción, sino el agotamiento derivado de sostener una relación desgastante. La muerte, por dolorosa que resulta, es indispensable para que surja una nueva vida: la de la narradora.
…la narración evidencia que los grandes protagonistas son el sufrimiento, la orfandad sentimental y el extrañamiento que supone vivir la experiencia del amor desde la incertidumbre y no desde la certeza.
En relación con lo segundo, los pasajes clichés, basta mencionar que restan fuerza al drama principal de la novela. Al procurar lo francés (y los intelectuales franceses) para construir un momento narrativo surge el aburrimiento. Es claro que esto no sucede porque sí, sino que hace parte de la construcción del personaje que funge como padre de la narradora, un ser que se presenta como macho alfa y revolucionario, pero también como estibador de Buenaventura y como tipo siempre fuera de lugar…No obstante, regresar a Francia con ese ímpetu, motivo propio de los escritores decimonónicos que buscaban identidad, aunque más que eso validación para su obra, resulta pretencioso. Ahora bien, esto se explica si lo que la autora quiere es defender a su padre, mediante la intelectualización, del arribismo de la familia de su amada.

En todo caso, volver sobre Lévi-Strauss, Adorno, Bloch, Lukács y Marcusse y escribir pequeñas frases en francés constituye no un enriquecimiento al hilo principal de la trama, sino el lucimiento de un personaje carente de brillo y hondura literaria, más cercano al desastre que a la configuración de una presencia narrativa atractiva. Finalmente, también son manidas las referencias a Pablo Escobar y la debacle nacional que aconteció a raíz del narcotráfico. A Las huérfanas le va bien explicando la debacle de su micro mundo, pero cuando se sale de ahí y reflexiona sobre el acontecer nacional lo hace desde el dato frío y el lugar común, no desde la intrepidez de un sociólogo o de un erudito en la observación de conflictos sociales. Por eso mismo es mejor dejarles esas observaciones a los expertos o a tanta novela desafortunada que intenta explicar, con mucho efectismo y poco tino, las claves de nuestra violencia histórica.



