Irene y yo o el palimpsesto de la tragedia humana
Con esta, su primera novela, Duffay Ríos Castaño ingresa en firme al panorama literario colombiano. La obra, que transita los predios de la soledad, la impotencia ante la pérdida, la disfuncionalidad familiar, la locura y el desamor materno, hace eco en la errática vida del hombre contemporáneo, siempre a tientas entre la autenticidad y el fracaso. Sea esta la oportunidad para conocer un poco más de cerca esta obra, ganadora de la categoría novela en el Concurso de Autores Vallecaucanos Jorge Isaacs 2024.
Por: Alejandro Alzate

Importante es el número de escritores que exploran la maternidad como eje narrativo en la literatura hispanoamericana. Títulos como Radicales libres, de la mexicana Rosa Beltrán; Los libros de otros, de la ecuatoriana Gabriela Polit-Dueñas o Sulfuro, de la argentina Fernanda García Lao, dan cuenta de la complejidad del vínculo entre madres e hijos/as, nunca exento de tensiones y mezquindades, de violencias estructurales y de las amenazas simbólicas del machismo que reivindica los brutalismos.
En ese contexto, truculento e inestable, Irene y yo plantea el drama del ninguneamiento atroz que ejerce una madre sobre su hija, Isabel en este caso. La trama, que gira en torno a la misteriosa desaparición de Irene, la primogénita amada, pone en evidencia el conjunto de imposibilidades para querer, estar, aceptar y entender/asumir el rol que implica la maternidad amorosa. En un ambiente anodino y precario, la familia que se presenta, y que componen un padre, una madre (interesante que los progenitores no tengan nombre propio) y sus hijas se las arregla para subsistir como puede, a regañadientes y en la más absoluta medianía.
Hábilmente, la mano esmerada de la escritora reelabora el palimpsesto en el que se graban a fuego los binarismos de la confianza y las ocultas intenciones, de la inocencia y la sevicia y de lo noble y lo mezquino. Todo parece alinearse para poner sobre la mesa el penoso proceso de degradación de un microcosmos que siempre se sostuvo por inercia y no por otra cosa.
La economía, que mejora un tanto tras el alquiler de un pequeño espacio domiciliario a don Alberto, personaje que termina siendo protagónico tras su muerte, en realidad es la moneda de cambio que administra las cuotas de la tragedia que nadie avizora. A la par del respiro económico vienen aparejadas la desgracia, el extravío y la locura. Este hombre, viejo y de quien no hay mayores pistas más allá su adscripción a un culto religioso, no solo representa la metáfora del lobo disfrazado de oveja, sino lo más oscuro y desconocido del espíritu humano. Lo insondable.
Hábilmente, la mano esmerada de la escritora reelabora el palimpsesto en el que se graban a fuego los binarismos de la confianza y las ocultas intenciones, de la inocencia y la sevicia y de lo noble y lo mezquino. Todo parece alinearse para poner sobre la mesa el penoso proceso de degradación de un microcosmos que siempre se sostuvo por inercia y no por otra cosa. Uno de los méritos de esta novela es resquebrajar la solidez institucional de la familia como estructura modélica en términos biopolíticos. En ese orden de ideas, los problemas en el colegio, la sanción social, la pérdida del rumbo, la dificultad para acoplarse al mundo y la insolvencia de la ley son algunos de los ingredientes que se mezclan para confeccionar una receta que va directo al fracaso, a la reivindicación de las inoperancias y al desquicio.

Conforme se complejiza la historia, el lector asiste a un drama que, sin volverse cursi o baladí, conmueve porque desvela los padecimientos de una familia que gravita en torno a la hija desaparecida. A lo que ella representaba. Frente a esto surgen, entonces, preguntas como: ¿cuál es el sentido profundo y espiritual que subayace cuando se conforma cualquier tipo de asociación humana? ¿Cuál es el grado de autenticidad que legitima nuestras convivencias? ¿Vivimos aferrados a las personas o a la idea que tenemos de ellas? ¿Queremos a los demás en libertad o solo para llenar nuestras sombras y vacíos?
Cada lector habrá de sacar sus propias conclusiones tras leer el texto; no obstante, lo que sí queda en claro es que Irene y yo entra con paso firme a un escenario literario que, como el nuestro, se revitaliza día a día con la producción de nuestros autores “clásicos”, pero también con las propuestas de las nuevas voces. Otra cosa que habrá de analizar detectivescamente el lector avezado es el grado de culpabilidad de don Alberto en todos los sucesos narrados, en la misteriosa confección de la desgracia. Quedan, pues, abiertas todas las interpretaciones. ¡En sus marcas, listos, fuera!



