Crítica

Memoria del volcán: una novela entre la erupción y la permanencia

Con esta novela, Antonio Correa propone al lector una historia viva y compleja que está a punto de ebullir en cada página. Alma y Sebastian, personajes protagónicos complejos y memorables, son tan solo la excusa autoral para discurrir sobre temas que han interesado a los hombres de todos los tiempos y confines: la memoria, el olvido y la reminiscencia. Sean estas líneas la oportunidad para conocer un poco esta obra que, dicho sea de paso, no es solo una novela sobre la memoria, sino una memoria hecha novela.

Por: Alejandro Alzate

Antonio Correa, escritor colombiano. Foto: Fondo de Cultura Económica Colombia.
Antonio Correa, escritor colombiano. Foto: Fondo de Cultura Económica Colombia.

Acertada resulta la apuesta de escritura que Antonio Correa despliega en esta obra. Las razones, que podrían ser muchas, se resumirán en dos en estas breves páginas: la primera, es la densidad poética del texto, es decir, viniendo de la poesía, Antonio Correa elabora una efectiva mixtura de tonos e intensidades lingüísticas que hacen vibrante el texto, elaborado y dotado con una poderosa expresividad. Véase, por ejemplo, el siguiente fragmento:

Frente al paisaje del valle del que estuve alejado durante muchos años, surgió la pregunta: ¿qué denominación de origen me corresponde?, ¿a qué lugar pertenezco ahora que estoy de nuevo en mi país? Al ver la higuera plantada en el patio de la casa materna, sentí la sonoridad de una naturaleza llena de matices. Luego entré por un bosque de inesperados claroscuros. Me vi corretear por los senderos intrincados de la infancia cuando perseguía la parvada de pollitos negros que salían del gallinero para empujarlos por las rebosadas cunetas que la lluvia formaba en los fríos días de noviembre.

Lo segundo, cómo no, concierne a la dimensión de la memoria como territorio de pérdida y encuentro.  Más allá del acarcamiento/alejamiento de los amantes, lo realmente importante es cómo la obra se configura a sí misma asumiendo la memoria como una presencia estructural que sostiene, e incluso, desborda el texto. Lejos de ser un empolvado archivo del pasado, la memoria se convierte en un dispositivo vivo y móvil que arde bajo la superficie de la narración, así como la lava arde bajo la tierra: “La luz del amanecer baña los edificios. De pie frente a la ventana compruebo que la enfermedad y el encierro me han hecho perder la capacidad de mensura. El día pasa y llega sin tregua y se funde con la noche en una masa indistinta de tiempo”.

Memoria del volcán es un texto vivo que ha llegado para mostrarnos un panorama literario vibrante y lleno de matices, como la vida misma. La melancolía, la reflexión política, la nostalgia y el pasado lejano, las reflexiones sobre la feminidad, la música y la literatura como acto capital dentro de la vida de las sociedades modernas, dejan su más profunda huella en esta historia de amor, desamor e incuestionable intensidad vital.

Más allá de la evocación que podrían suponer, por ejemplo, los paisajes de la infancia, las constituciones geográficas andinas o los desamores, incluso, lo que se constituye como memoria es el decurso de dos vidas que se han construido y deconstruido a cuotas entre el dolor y la ilusión, entre el asimilamiento y el extravío. El sistema de tensiones que se pone en juego define no solo la identidad de los personajes, sino la arquitectura misma del texto.

La anécdota que se cuenta, que va mucho más allá del desamor, irrumpe con la intensidad de un fenómeno geológico que, lejos de ordenar el rompecabezas de las cosas, remueve y transforma sacudiendo la cotidianidad del lector. Este último, y esto es sumamente interesante, constata conforme lee que cualquier empresa humana se construye sobre la inminencia de una tierra que tiembla, es decir, nada está fijo ni seguro dado que el comportamiento humano es absolutamente mutable.

Foto: Fondo de Cultura Económica Colombia.
Foto: Fondo de Cultura Económica Colombia.

Antonio Correa dota su escritura  con una densidad emocional que la vuelve espejo del alma humana. No hay efectismos ni desbordes en esta característica; por el contrario, hay un fino tacto, un préstamo muy bien resuelto que da fuerza a los personajes y a sus situaciones y circunstancias. En última instancia, Alma y Sebastian portan — y dosifican — una poderosa revelación, una suerte de epifanía poética: las erupciones volcánicas son, a la larga, una manifestación simbólica de las emociones reprimidas de los habitantes de ciertos territorios. Quien lea la novela podrá cotejar cómo la naturaleza humana y geológica, en el fondo, son las mismas: se contienen hasta que resulta inevitable el estallido, el desfogue de las más nobles — o innobles — acciones o emociones.

Finalmente, puede decirse que Memoria del volcán es un texto vivo que ha llegado para mostrarnos un panorama literario vibrante y lleno de matices, como la vida misma. La melancolía, la reflexión política, la nostalgia y el pasado lejano, las reflexiones sobre la feminidad, la música y la literatura como acto capital dentro de la vida de las sociedades modernas, dejan su más profunda huella en esta historia de amor, desamor e incuestionable intensidad vital.

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