La ética de la crueldad en la novela La horrible noche de Óscar Osorio
Por: James Valderrama Rengifo
Profesor, escritor y guionista

Todos quisiéramos que lo sombrío de la humanidad no formara parte de nuestra existencia, pero pareciera que no sabemos vivir sin esas sombras. Tal vez se trate de algo inherente a nuestra especie, una verdad que nos resistimos a aceptar. La violencia, sin duda, habita en esa oscuridad. La historia de muchos pueblos está atravesada por episodios de crueldad donde el horror desborda toda racionalidad. Los abusos, los excesos, el suplicio, la tortura y la muerte se adueñan de los relatos que intentan dar cuenta de esos hechos.
Especialmente la literatura tiene la virtud de revelarnos nuevas formas de comprender esas realidades. Algunas obras comprometidas con la representación de problemáticas de realidades determinadas, a veces se tornan incomodas, difíciles; no por impericia en sus elaboraciones, sino por la intensidad que involucra el ejercicio emocional en sus lecturas.
Una de estas obras es la novela La horrible noche del escritor Óscar Osorio, publicada bajo el sello TusQuets Editores. Esta obra representa a la sociedad colombiana, cuya historia ha sido atravesada por múltiples tipos de violencia que, en sus últimos años, se ha degradado por el fenómeno del narcotráfico. Estructurada en tres partes, cada una de las cuales está conformada por breves episodios o secuencias de acción relativamente autónomas, mediante las cuales se introducen personajes, voces, testimonios que brindan distintas perspectivas sobre el desmembramiento moral y social de un país devastado por el horror.
Esta estructura fragmentaria y discontinua obliga al lector a tender los puentes que relacionan a los personajes con el carácter caótico, reiterativo y deshumanizado de la violencia colombiana representada en la novela. La trama contiene un tejido de voces, testimonios y reflexiones de víctimas, victimarios y testigos que confluyen en un dispositivo narrativo poderoso: la crueldad.
La horrible noche no solo se caracteriza por narrar el horror de la violencia, sino por el cuidadoso e intenso uso de la crueldad para confrontar al lector con la realidad. José Ovejero afirma lo siguiente en su libro La ética de la crueldad: “Los libros crueles son aquellos que niegan la sumisión a la banal dictadura del entretenimiento, aquellos que nos obligan a cambiar, sino de vida, al menos de postura, que nos vuelven incómoda esa en la que estábamos plácidamente aposentados en nuestra existencia” (p.72). La lectura de La horrible noche deja de ser únicamente una experiencia intelectual para convertirse también en una experiencia visceral que no solo incomoda, sino que nos obliga a observar el horror que padecen las víctimas.
La afirmación de Ovejero resuena en la novela de Osorio cuando acompañamos al personaje principal Andrés González a realizar una nota periodística de Las Fiestas del Retorno, en el pueblo La Primavera, al norte del Valle del Cauca. En el inicio de la travesía del personaje, el narrador nos presenta el color local de este pequeño pueblo rodeado de un aire festivo y tranquilo. El lector va en la primera página y apenas alcanza a acomodarse con la idea serena de lo rural, cuando el narrador nos cuenta la entrada de Andrés a una tienda donde una anciana lo recibe con el siguiente relato:
―Se paró ahí, al lado, con el cuchillo contra mi pecho. Me dijo que le entregara el dinero. Le metí un sopapo en la cara antes de que terminara de amenazarme ―empuñó la mano y lanzó un golpe al aire―. Se fue contra la pared. Salté al mostrador y cogí el machete. Se me aventó enloquecido. Lo devolví de un planazo en el hombro ―tomó un palo y rompió el aire con movimientos firmes. La mano cerrada sobre el arma imaginaria era la de un hombre rudo, con dedos gruesos y uñas cortas―. Yo no le iba a hacer nada porque el escuálido ese tenía una cara de vicioso que le hacía el sumario y le tengo pesar a esa gente, pero se empecinó en coserme a puñaladas. Le hice los quites y le metí como siete planazos. No se detenía y me tocó volearle filo. Le abrí una chácara en el antebrazo que se la deben de haber cerrado con mínimo veinte puntos. Cuando vio el sangrerío, salió corriendo. No ha vuelto a aparecer por acá (18).
El color local paradisiaco y festivo se rompe. No hay mediaciones, ni transiciones, se nos enfrenta a la atrocidad de los hechos. El narrador nos pone de frente un conflicto que se escala de manera exponencial. La barbarie brota de la nada para que no podamos protegernos con la imaginación, con aquel juego mental con el que nos acercarnos al dolor sin sufrir. Todo lo contrario, el relato nos obliga a reconocer la violencia brutal de aquel encuentro.

Este relato de la pelea entre esta anciana temeraria y el incauto ladrón enfrenta al lector a la cotidianidad naturalizada de la violencia, donde los habitantes participan de hechos sangrientos sin cuestionarlos. Es más, si nos detenemos en la anciana y sus reacciones frente a lo que narra, podemos concluir que se siente orgullosa del machetazo que le pegó en el antebrazo al ladrón, después de los siete planazos de advertencia.
Esta particular forma de relacionarse con la violencia es la antesala para la presentación de otras actividades violentas de las que disfrutan los lugareños, como las corridas de toros:
El toro se humilló. El diestro se arrodilló y le besó la frente. La gente se paralizó. Inclinó la cabeza y puso su oído derecho contra el pitón izquierdo. La plaza quedó en silencio. El matador se giró y fue a recibir el estoque de manos de un mozo. El animal embistió y el hombre hundió la espada hasta el fondo. El toro dobló sus patas delanteras. Hubo un momento de incertidumbre, hasta que sacó la lengua y cayó al piso (20).
Las corridas de gallos:
Los soltaron de nuevo. El cenizo había perdido el ojo izquierdo y no veía al pinto acercarse por ese lado. Cuando sentía el picotazo, trataba de reaccionar, pero ya el otro había levantado vuelo. En un embate, le destruyó el ojo derecho y lo dejó ciego. El cenizo cabeceaba al vacío tratando de asegurar con el pico al pinto para lanzar sus ataques. “Separen esos animalitos”, suplicó Andrés. Alguien a su lado lo miró como a un bichoraro. Dos revuelos más y el gallo ciego cayó fulminado. Empezó a formarse un pequeño charco rojo en el piso. El vencedor lo picó y espoleó hasta que el otro no se movió más (24).
El pato colgado:
Un pato vivo estaba amarrado por las patas a una soga tendida sobre dos postes clavados a lado y lado de la calle. Desde unos cincuenta metros, un jinete espoleó su caballo y, a galope tendido, trató de arrancar el pescuezo del ave, previamente engrasado con manteca de cerdo. Lo mismo hicieron otros, por turnos. A cada intento, el animalito aleteaba con desespero y retorcía su cuerpo. Cuando alguno lograba apresarlo, se alcanzaba a escuchar, entre los chillidos festivos de la concurrencia, el chasquido de algún hueso. Al final, un hombre corpulento logró agarrarlo con las dos manos y, con un tirón potente, lo decapitó (25).
Estos espectáculos donde mueren animales brutalmente y donde la gente disfruta con frenesí de la esa violencia y sus excesos son parte fundamental en la narración y la descripción de estas fiestas. El narrador muestra con detalle la tortura, el suplicio y la atrocidad en la muerte de los animales con el objetivo de hacer sufrir al lector con aquello que desborda la sensibilidad y rompe los límites de lo representable. Lo sanguinario no solo repugna, sino que revela verdades reprimidas en el inconsciente colectivo. Así ocurre en la novela cuando la violencia festiva se conecta con la violencia política en la conciencia del periodista Andrés:
Especulaba sobre la relación entre esas tradiciones crueles y la violencia criminal que se repetía con furia desde hacía décadas en la cordillera y sus conclusiones eran desoladoras. Nunca cesó la horrible noche, pensó; los ríos de sangre crecen en borrascas de oprobio (45).
La crueldad, entonces, deja de ser solo espectáculo y se convierte en espejo de la historia nacional, mostrando que la cultura de la crueldad popular y la violencia criminal comparten la misma matriz de goce en la destrucción.Estas primeras páginas de la novela no buscan el escándalo ni la complacencia, sino la lucidez, al mostrarnos, mediante la acumulación de imágenes crueles, la apetencia de los seres humanos por la violencia. De esta manera, los lectores tomamos conciencia de nuestra participación en ésta.
Pero la confrontación al lector con el horror apenas comienza. El hallazgo, por parte de Andrés, del libro Te rompieron el culo, Pirulo, escrito por Asdrúbal Sierra, introduce el crimen atroz como una de las expresiones paradigmáticas de la violencia histórica en Colombia. En especial del flagelo del narcotráfico. Andrés descubre a una familia de criminales de apellido Sierra, de la cual es parte el escritor de aquel libro, lo que lleva a Andrés a darle crédito a rumores acerca de la naturaleza real de los crímenes narrados en aquella obra.
La investigación periodística del protagonista lo conduce a establecer una compleja red de vínculos entre el narcotráfico y otros fenómenos de la violencia como el paramilitarismo y las bandas criminales, entre otros, junto a sus respectivos actores. Esto se torna abrumador.
El oficial asintió. Le dijo que desde esa época se investigaba a esa familia y los prontuarios eran extensos, que Asdrúbal Sierra hijo adoptó el alias de su padre, la Hiena, y así se conoció en el mundo criminal, que en el transcurso de una década se convirtió en un capo del narcotráfico y organizó un grupo paramilitar en la zona de La Tulia, La Primavera y Naranjal, donde adquirió numerosas propiedades y desplazó a miles de campesinos de sus tierras, que lo habían matado a comienzos del 2006 y el año pasado había caído el hijo menor, Ceferino, que Aníbal, hijo y nieto mayor de las Hienas, quien responde a los alias de Minora y Lambemelculo, asumió el liderazgo de la organización y es el que comanda la guerra contra los Machos (33).
La familia, sí; pero dicen que Asdrúbal se radicó aquí en Cali hace más de una década porque no estaba de acuerdo con esas violencias. Bueno, yo no lo conozco a él personalmente, pero hay una historia sobre su distanciamiento de esa familia. Se dice que su padre, la Hiena, descubrió a la esposa acostándose con uno de sus lavaperros y se la entregó a un tal Machete para que la descuartizara. Por esa razón, él cortó toda comunicación con el padre y con el hermano, Aníbal, quien aplaudió el crimen de su propia madre. Parece que con el único que tenía una buena relación era con Ceferino, el menor (30).
Se hace explicita la complejidad del fenómeno histórico de la violencia en la Colombia representada en la novela. La narración pone de frente la peligrosidad. El velo cae y vemos el rostro de un país feroz. Frente a este recurso Ovejero afirma: “La crueldad vuelve la realidad otra vez peligrosa, nos arrebata el mando a distancia de tal manera que no podamos cambiar a otro programa cuando nos duele lo que vemos” (84).
Esta peligrosidad es la que se hace evidente cuando el periodista se convence de que los crímenes del libro hallado son reales, a través de la conversación de éste con Jorge, un campesino desplazado, hermano de Marico, una de las víctimas, cuyo asesinato es narrado en aquel libro.

Osorio devela una sociedad donde los criminales no están por fuera de ésta, sino que forman parte orgánica de la misma. Los criminales en esta sociedad representada pueden ser empresarios, políticos, filántropos y hasta escritores, por consiguiente, gozan de una legitimidad social que con la que logran su impunidad frente al crimen y su atrocidad. Osorio propone una relación entre la ficción y la realidad, donde el horror no se presenta como un espectáculo, sino como un dispositivo que revela una verdad.
Ovejero nos ilustra frente a este mecanismo de la siguiente manera:
Así, lo único que hace el autor cruel es desmantelar las narrativas que se esfuerzan en esconder este hecho tras representaciones suavizadas y tranquilizadoras de la realidad o tras promesas de una realidad mejor. El triunfo del bien sobre el mal, figura habitual de la literatura complaciente, pertenece al orden de la fantasía o al de la religión ―si es que no coinciden ambos― (88).
¿Pero qué sentido tiene hacer de la lectura algo tan brutal para el lector? ¿Por qué se nos obliga a la experimentación del dolor de otros sin piedad?
Para abordar estas preguntas revisemos otra de las de las exploraciones más intensas y perturbadoras de la crueldad en la literatura contemporánea. Nos referimos a la exploración contenida en la novela Actos humanos (2014), de la escritora surcoreana Han Kang, destacada con el premio nobel de literatura en el 2024. Esta novela ambientada en la masacre de Gwangju de 1980 articula una reflexión ética, política y estética sobre la violencia y el sufrimiento humano. A través de una estructura polifónica y fragmentaria, Han Kang interroga no solo los hechos atroces, sino las huellas que la crueldad deja en la memoria, el lenguaje y el cuerpo.
En una parte de la novela la composición narrativa nos pone frente a la representación de una montaña nauseabunda de personas ejecutadas en la masacre:
El olor era insoportable, una mezcla de sangre seca, sudor y carne en descomposición. Los cuerpos estaban apilados unos sobre otros, sin distinción (…) El aire se llena del olor dulce de la carne podrida. Las moscas zumban sobre las bocas abiertas. Los cuerpos ya no son cuerpos, sino algo que flota entre la materia y la memoria (36).
La autora asume que narrar la crueldad implica una responsabilidad doble: reconocer el sufrimiento del otro sin apropiárselo ni reducirlo a una imagen. Por eso, el lenguaje de Actos humanos es sobrio, casi ascético, pero a la vez poético; busca preservar la dignidad de las víctimas y abrir un espacio de duelo colectivo. En esta tensión entre el silencio y la palabra, Han Kang plantea una pregunta esencial: ¿cómo seguir siendo humanos después de haber sido testigos de la deshumanización?
La crueldad en Actos humanos se revela como una frontera moral: un punto en el que se pone a prueba la noción misma de humanidad. La novela demuestra que la barbarie proviene de una ruptura interna del lazo humano, de la capacidad de empatía y reconocimiento mutuo. En última instancia, Han Kang no ofrece redención ni consuelo; su escritura se instala en el vacío que deja la violencia para exigir memoria, justicia y compasión.
Tanto Han Kang como Osorio se inscriben en esa línea de una escritura que hace del horror una vía de conocimiento. En Actos humanos (2014) la crueldad se manifiesta como descomposición física y espiritual frente a la represión política. En La horrible noche (2019), Osorio lleva al lector al corazón de la violencia colombiana mediante la investigación periodística de Andrés sobre el escritor asesino, donde la descomposición social se refleja en la atrocidad de crímenes reales narrados como ficción con total impunidad. En ambas novelas, la violencia no es solo un hecho externo, sino una herida que atraviesa la identidad colectiva de las sociedades representadas en las obras.
De similar manera que Kang, Osorio obliga al lector a enfrentarse con aquello que preferiría no ver: el horror padecido por las víctimas. Por ello, la narración se detiene minuciosamente en la atrocidad ejercida sobre los cuerpos de éstas:
Y en esa época mataban feo, con despellejamientos, emasculaciones, enucleaciones, desmembramientos, decapitaciones y todo tipo de horrores, le dijo (17).
Este tratamiento no responde a un afán morboso, sino a la búsqueda de una restitución ética del dolor, desplazando deliberadamente la mirada desde los perpetradores hacia quienes han sido violentados.
La narración se inscribe en un compromiso ético con las víctimas: la crueldad es configurada como un dispositivo narrativo que interpela al lector y que busca en éste un cambio de postura ética frente a la realidad representada. Por consiguiente, la compasión por la victimas hace que la narración muestre el suplicio que padecieron en sus muertes y la monstruosidad de los asesinos en sus ejecuciones. La crueldad no termina con la muerte de las víctimas representadas en La horrible noche, sino que continúa y se desplaza narrativamente hacia el lector.
Osorio recurre a la crueldad para revelar lo reprimido socialmente, para interrogar la historia y la ética de un país. Sin duda, es doloroso que una sociedad se distinga por su violencia, pero es más doloroso cuando se deja de sentir dolor por esa violencia. Pareciera inevitable que, ante un dolor constante, se insensibilizara la capacidad de sentirlo y se acercaran los espejismos. Osorio muestra un sistema que corroe el tejido moral del país: “La muerte se volvió costumbre y el miedo, rutina” (104). Esta frase resume la pérdida de sensibilidad social que denuncia Ovejero cuando advierte que “la crueldad que más debería inquietarnos no es la del verdugo, sino la del espectador que se acostumbra” (62).
Quizás sea ese acostumbrarse de la sociedad a la violencia representada en la novela, la que facilita que el poder criminal sea el que organiza la sociedad y el que no permite que cese la horrible noche.
Así como Actos humanos de Han Kang constituye una obra imprescindible para interrogar la condición humana en la historia de la sociedad coreana contemporánea, La horrible noche de Óscar Osorio se erige como una novela fundamental para quienes buscan comprender, desde la literatura, las dimensiones éticas, históricas y sutiles de la violencia en Colombia. La obra destaca por su capacidad de articular investigación periodística, memoria colectiva y reflexión moral sin renunciar a una notable densidad estética. La horrible noche revelaal lector aquello que la sociedad suele eludir: las fracturas de la memoria y las formas cotidianas en que el horror se filtra en la vida pública y privada de los colombianos.
Referencias bibliográficas
- Kang, H. (2024). Actos humanos. Penguin Random House. Grupo editorial.
- Auerbach, E. (2014). Mímesis: la representación de la realidad en la literatura occidental. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1946).
- Barrero Cuéllar, E. (2011). La estética atroz. Ediciones Cátedra Libre. Bogotá-Colombia.
- Osorio, O. (2025). La horrible noche. Planeta Colombiana Editorial S.A. Bogotá.
- Ovejero, J. (2012). La ética de la crueldad. Editorial Anagrama.



