Resumen de la jornada 2: Simposio Internacional Jorge Isaacs Colombia Literaria – Una(s) Historia(s) Posible(s)
En la segunda jornada del Simposio se habló acerca de las literaturas indígenas en la historiografía literaria colombiana; de la obra de Gabriel García Márquez y su relación con la cultura wayúu; de Tomás Carrasquilla y la novela realista clásica en Colombia; de la obra del escritor Daniel Ferreira y la memoria y violencia en la narrativa colombiana contemporánea; de experiencias pedagógicas en la enseñanza de la literatura, y sobre las nuevas voces de la literatura vallecaucana.
Por: Julio César Pino Agudelo
Licenciado en Literatura, Univalle

Las literaturas indígenas en la historiografía literaria colombiana
La apertura del segundo día del Simposio estuvo a cargo del escritor, ensayista y geofilósofo Miguel Rocha Vivas, figura clave en el estudio de oralituras, escrituras indígenas y relaciones entre territorio, cultura y memoria, con su ponencia titulada “Las literaturas indígenas en la historiografía literaria colombiana”. Su trayectoria, reconocida con el Premio Nacional de Investigación en Literatura (2009) y el Premio Casa de las Américas (2016), ha sido determinante para visibilizar voces históricamente excluidas en el contexto literario.
Antes de iniciar, Rocha pidió permiso simbólico a los pueblos indígenas y diásporas del territorio, recordando que hablar de estas literaturas implica respeto, escucha y responsabilidad. Desde allí formuló dos preguntas centrales: ¿cómo se escribe una historia literaria desde lenguas, cosmologías y soportes distintos al molde occidental?, y ¿qué prácticas textuales quedan fuera cuando la literatura se limita a la escritura alfabética?
Su intervención tuvo dos momentos: el lugar de las literaturas indígenas en la historiografía colombiana y los conceptos que permiten comprender sus continuidades. Uno de ellos es la oralitografía, noción que describe la coexistencia de oralidad, escritura fonética y grafías visuales presentes en tejidos, cuerpos, cantos o ediciones impresas. Estas formas, explicó Rocha, configuran “campos textuales” donde palabra y territorio se entrelazan.
Rocha también retomó aportes teóricos claves, como el de Yoro Fall, quien propuso la palabra oralitura como resistencia a las literaturas coloniales, o el del poeta mapuche Elicura Chihuailaf, quien se definió no como literato sino como oralitor, subrayando una ética comunitaria de la escucha. En este marco, Rocha desarrolló el concepto de continuum textual, quebrado durante la colonización con la destrucción de códices y cantos, pero reactivado en obras contemporáneas que tejen memoria y futuridades. Ejemplos como el babigala gunadule evidencian la vitalidad de este legado.
El recorrido histórico incluyó figuras como Humboldt, Isaacs y el Yuruparí, además de pioneros como Quintín Lame, cuya obra ya mostraba un diálogo entre grafías ancestrales y alfabeto castellano. El siglo XX, señaló Rocha, marcó la emergencia de autores que pasaron de “informantes” a creadores: Miguel Ángel Jusayú, Alberto Joajibioy Chindoy, Ramón Paz Ipuana, entre otros. Un punto clave fue su análisis del cuento “Ni era vaca ni era caballo” de Jusayú, texto que abre la narrativa indígena contemporánea.
La Constitución del 91 y el pensamiento intercultural estimularon nuevas generaciones de oralitores como Vito Apüshana, Feliciano Chikangana, Hugo Jamioy y Anastasia Candre cuyas obras demuestran que las literaturas indígenas no son un apéndice, sino un eje esencial del tejido literario colombiano.

Gabriel García Márquez: escritor de cultura wayúu
El profesor Juan Moreno Blanco inició su conferencia cuestionando una vieja afirmación del crítico Ángel Rama, quien consideraba a Gabriel García Márquez como el máximo representante de la transculturación narrativa en América Latina. Según Moreno, la crítica del siglo XX negó o ignoró sistemáticamente cualquier vínculo entre García Márquez y la oralidad o las culturas indígenas, pese a que Rama intuía algo distinto. Otros críticos como, Carlos Pacheco, reforzaron esta exclusión al afirmar que el autor colombiano “no tenía nada que ver con la oralidad”. Moreno plantea que estas lecturas generaron un consenso crítico que simplificó y banalizó la obra del escritor al asociarla casi exclusivamente al Grupo de Barranquilla, la modernización literaria o al realismo mágico desligado de raíces amerindias. Para contradecir esta visión, Moreno propone revisar las constantes narrativas presentes desde los primeros cuentos de García Márquez: niños bilingües, muertos que vuelven, sueños premonitorios y temporalidades no occidentales, elementos que apuntan hacia una matriz cultural distinta.
El conferencista señaló que estas recurrencias narrativas responden a estructuras de pensamiento que no son propias del imaginario europeo, sino que coinciden plenamente con la cosmovisión wayúu, especialmente en lo referente al sueño como conocimiento verdadero, el retorno de los muertos como forma legítima de existencia y la capacidad de ciertos personajes para conocer el futuro. Moreno respalda su tesis examinando testimonios biográficos poco atendidos. En una entrevista de 1994, García Márquez admitió por primera vez que en la casa de Aracataca “había guajiros” que le contaban historias y le enseñaban supersticiones; y en Vivir para contarla reveló que, incluso, hablaba la lengua wayuu mejor que su abuela. Declaraciones de sus hermanos y datos de sus biógrafos describen una infancia rodeada de esclavizados wayuu que convivían cotidianamente con él. Esto sugiere que el niño García Márquez creció en un ambiente bilingüe y bicultural, escuchando relatos, cantos y mitos en wayuunaiki, lo cual habría marcado profundamente su imaginación narrativa.
Finalmente, Moreno afirma que esta doble pertenencia cultural convierte a García Márquez en un auténtico escritor transculturador, no por ascendencia indígena, sino por su formación temprana en dos mundos simbólicos. Su literatura mezcla la temporalidad histórica occidental con un tiempo mítico propio de las culturas amerindias, especialmente de la tradición wayuu. Las hierofanías del mito wayuu —el sueño como vía cognitiva, la supervivencia del muerto y la visión del futuro— aparecen transformadas en cuentos y novelas del autor. Así, la obra garcíamarquiana no es simplemente realismo mágico, sino un complejo arte combinatorio donde convergen dos epistemes.

Tomás Carrasquilla y la novela realista clásica en Colombia (La marquesa de Yolombó, Hace tiempos y Frutos de mi tierra)
La conferencia de Juan Guillermo Gómez García propone una relectura profunda de Tomás Carrasquilla, destacándolo no como un simple escritor costumbrista—así lo ha reducido buena parte de la crítica colombiana—, sino como un autor que articula una compleja transculturación estética y conceptual. Gómez señala que Carrasquilla escribe desde una región marcada por la memoria colonial, especialmente por la minería y la presencia determinante de poblaciones afrodescendientes e indígenas, aunque estas últimas ocupen un lugar marginal en su obra. Su narrativa integra oralidad, cultura popular, tradición hispánica y lectura disciplinada de la literatura europea. Según el conferencista, Carrasquilla domina desde temprano una sintaxis literaria madura y un oído finísimo para las hablas regionales, pero también una sólida formación libresca que lo conecta con autores como Galdós y Balzac. Esto le permite transfigurar la realidad social y lingüística de Antioquia en un universo estético propio, donde el humor, la ironía y el análisis cultural se combinan con una profunda conciencia histórica.
Gómez centra buena parte de su exposición en La marquesa de Yolombó, obra que considera la mayor reconstrucción literaria del orden colonial antioqueño. A través de la figura de Bárbara Caballero, Carrasquilla muestra el sincretismo cultural entre la tradición peninsular y las prácticas africanas, así como las tensiones entre el poder monárquico y las jerarquías locales. La novela despliega un universo lleno de sortilegios, ceremonias, supersticiones y prácticas religiosas mezcladas, incluyendo amuletos africanos y devociones católicas. Asimismo, Bárbara es presentada como un personaje liminal: heredera de la élite colonial, pero también encarnación de un espíritu ilustrado que rompe normas de género al aprender a leer y luego convertirse en maestra. Su figura permite examinar la relación entre oralidad, escritura y emancipación femenina en el contexto colonial. Gómez resalta, además, el uso irónico del lenguaje y la parodia del neoclasicismo español, visible en episodios como la jura a Carlos IV, donde Carrasquilla inventa versos, supuestamente solemnes, para satirizar la poesía académica.
Finalmente, el conferencista analiza Frutos de mi tierra como una novela realista que describe los orígenes del capitalismo en Medellín mediante la representación de comerciantes, usureros, chicheras y nuevos ricos, alejándose del romanticismo y acercándose al espíritu crítico de Galdós. La obra muestra cómo el capital urbano nace de la miseria, la usura y el ascenso social forzado, ejemplificado en personajes como Agustín Alzate, figura cómica y a la vez reveladora de la mentalidad burguesa emergente. Gómez subraya la importancia comparatista para comprender a Carrasquilla: sus novelas dialogan tanto con la literatura europea del siglo XIX como con la cultura popular antioqueña, cuyo lenguaje, matices y musicalidad enriquecen el castellano y evidencian la diversidad cultural del país.

Daniel Ferreira: memoria y violencia en la narrativa colombiana contemporánea
En este conversatorio con el escritor colombiano Daniel Ferreira, a cargo de la profesora Jaisully Durán, el autor reflexionó sobre el trasfondo de sus dos novelas más recientes, El año del sol negro (2018) y Recuerdos del río volador (2022), ambas pertenecientes a su ambiciosa Pentalogía Infame de Colombia. Su intervención dialogó de manera directa con las discusiones de la jornada, centradas en cómo las obras literarias reescriben la historia desde márgenes, archivos olvidados y memorias comunitarias.
Ferreira inició explicando la investigación visual que nutre El año del sol negro, una novela de época que reconstruye los primeros meses del alzamiento en Santander durante la Guerra de los Mil Días. El autor relató cómo las fotografías de Nazario Flores, Quintilio Gavaza y Amalia Ramírez de Ordóñez, una pionera invisibilizada de la imagen documental, le permitieron comprender las capas sociales que componían el conflicto niños-soldado, mujeres troperas, campesinos precarizados, obreros reclutados a la fuerza y trabajadores macheteros provenientes del Valle del Cauca. Estas imágenes, combinadas con los diarios del comerciante Bartolomé Rujeles, revelan un país sumido en la ruina económica tras el colapso del precio del café, un contexto que Ferreira convierte en atmósfera narrativa para explorar la desolación, el hambre y las motivaciones contradictorias de los combatientes.
La novela también se articula con el valor del archivo íntimo: el diario de Julia Valcerra, personaje central, ofrece una mirada doméstica y emocional al drama político, poniendo en diálogo el mundo interior y el registro histórico. Para Ferreira, estas voces escritas, orales y visuales conforman un mosaico que permite devolver humanidad a los sujetos borrados por la historiografía tradicional.
En diálogo con las preocupaciones centrales del Simposio, Recuerdos del río volador amplía esa exploración hacia las luchas obreras de los años veinte y el quiebre nacional tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. A través de la desaparición de un trabajador-fotógrafo del Magdalena Medio, la novela reconstruye la memoria mediante testimonios fragmentados, cartas y un archivo fotográfico que funciona como territorio afectivo.
El conversatorio subrayó que la narrativa de Ferreira no solo revisita la violencia, sino que propone herramientas para leer críticamente el presente: el archivo como resistencia, la memoria como territorio y la literatura como dispositivo para volver a mirar aquello que el país ha intentado olvidar.

Narrativas maestras: una experiencia pedagógica
En este conversatorio, las docentes Deisy Cuartas y Lilia Alexandra Sanabria Munar presentan un proceso pedagógico desarrollado en la zona rural de Jamundí, resultado de una alianza entre la Universidad del Valle, la entidad territorial y las comunidades educativas. Cuartas, directora del Programa de Licenciatura en Literatura de Univalle, contextualiza el proyecto señalando que la escritura no debe ser privilegio de escritores consagrados, sino una práctica viva y colectiva que permita reconocer a niños, niñas y maestros como voces legítimas. Sanabria, con su experiencia en educación rural y trabajo comunitario, explica que el propósito central fue impulsar la reconstrucción de memorias territoriales a través de los textos textiles, una metodología que integra tejido, historia y palabra. Este enfoque dio origen al libro Narrativas de maestras, maestros y estudiantes de la zona rural de Jamundí, resultado del trabajo de 193 docentes y más de 3.000 estudiantes que narran su identidad, su territorio y sus vivencias en un acto de memoria comunitaria.
La intervención de la maestra invitada Jimena Viáfara profundiza en la realidad social y afectiva del territorio: describe la riqueza agrícola y cultural de Jamundí, pero también la violencia cotidiana que enfrentan sus habitantes y el compromiso de los docentes que, pese al peligro, transitan trochas y carreteras para llegar a sus sedes escolares. Viáfara ha creado relatos protagonizados por una hormiga que permite a los niños conectar con sus raíces africanas y afrocolombianas; estos relatos son ejemplo de cómo la literatura puede tejer identidad y sanar heridas. Tanto Cuartas como Sanabria resaltan que la escritura se convierte aquí en una forma de resistencia y de construcción de paz: los estudiantes narran sus miedos, su entorno y sus aspiraciones, como en el caso de la historia que pidieron escribir sobre la profesora Estela —maestra fallecida en un ataque— representándola no desde la tragedia, sino como un “ave maestra” cuya voz sigue acompañando a la comunidad.
Desde lo pedagógico, Cuartas y Sanabria analizan cómo esta experiencia dialoga con el marco institucional de los centros de interés del Plan Nacional de Desarrollo y cómo permite curricularizar el contexto, en lugar de adaptar mecánicamente los estándares. Sanabria explica que las áreas se articulan mediante proyectos y prácticas contextualizadas —huertas, danza, títeres, cajas literarias, laboratorios de escritura— que hacen del currículo un tejido vivo. Cuartas enfatiza el papel de la Universidad del Valle en acompañar y retroalimentar estos procesos mediante talleres, dispositivos didácticos y espacios de intercambio. El conversatorio mostró cómo maestras, estudiantes y universidad pueden construir juntos una pedagogía territorial, crítica y creativa, donde la palabra se convierte en herramienta para entender, transformar y dignificar la vida en la ruralidad.

Nuevas voces de la literatura vallecaucana
Gustavo Bueno Rojas, Luis Miranda, Luis Henao, Jeny Valencia y Alejandro Alzate hablaron sobre la nueva escena literaria caleña, de la cual hacen parte como voces emergentes. Exploraron cómo se representa a la Cali del siglo XXI en la literatura, enfocándose en sus barrios, su música y las experiencias de su entorno vital.
Los escritores compartieron sus proyectos actuales, que incluyen la exploración de temas como la nostalgia, las problemáticas sociales y las vivencias personales dentro de Cali y sus alrededores. La conversación abordó la importancia de revisitar viejos temas y lugares en la literatura, y cómo las nuevas voces pueden aportar perspectivas frescas a temas ya conocidos.
También reflexionaron sobre el papel de la nostalgia en la construcción de su escritura y cómo esta los conecta con la ciudad. Los escritores resaltaron la importancia de los barrios en la literatura caleña y cómo funcionan en tanto epicentros de cultura y movimiento.
Enfatizaron en la necesidad de espacios e iniciativas que promuevan la lectura y la escritura en la ciudad. Por último, hablaron de los desafíos y oportunidades en la industria editorial caleña, recalcando la necesidad de un mayor apoyo para los escritores y la creación de una comunidad literaria más sólida en un ecosistema editorial incipiente. La discusión también cubrió los desafíos de publicar y distribuir libros en Cali, así como la importancia de una compensación más justa para los escritores por parte de las editoriales.



