Crítica

Una alegoría del hombre derrotado

A propósito de la publicación de Que pase lo peor, la más reciente novela del escritor caleño Antonio García Ángel, La Palabra analiza el texto en relación con su construcción formal y la trama que recrea, bastante distópica, por cierto. Sea esta la oportunidad para conocer la pluma de este narrador, quien fue tutorado durante un año por el Nobel peruano Mario Vargas Llosa en el marco del Rolex Mentor and Protege Arts Initiative, en 2004.

Por: Alejandro Alzate

Antonio García Ángel, escritor caleño. Foto: Margarita Mejía.
Antonio García Ángel, escritor caleño. Foto: Margarita Mejía.

La carrera literaria de Antonio García Ángel lo ha posicionado como un escritor sólido dentro del panorama literario nacional. Novelas como Su casa es mi casa (2001) y Recursos Humanos (2006) le han permitido explorar su voz como narrador y afinar la interpretación en torno al oficio de la escritura, de sus rudimentos y técnicas. Ese proceso de depuración lo lleva hoy a Que pase lo peor, una aventura narrativa cuyo título no falsea el espíritu de lo que se cuenta a lo largo de las 318 páginas que componen la historia.

Varias cosas han de decirse en cuanto al libro: la primera, atinente a su forma, es que el autor apela a la clásica intercalación de planos narrativos; planos en los que la administración de las voces tensa o relaja los arcos dramáticos con el objetivo de enganchar al lector o darle, de a poco, elementos de interésque no lo dejen escapar de la ficción que se cuenta. A través de la anodina y frustrada vida de Nelson Camargo, para más señas “Nelsiton”, la estructura novelística superpone capas, guarda, enuncia, antoja, desespera y dosifica una historia que en sí es bastante simple, casi trivial, y gira en torno a la medianía vital y espiritual de un hombrecito desencantado que puede ser todos los hombres al tiempo.

La referida intercalación de planos faculta, más concretamente, la aparición de las cajas chinas, es decir, una gran historia, la del desangelado y malquerido Nelson, da apertura a las desventuras biográficas de “Rey” (Reynaldo Germán Mestizo Calarcá) y su monstruoso y kafkiano hijo (Yeison David Mestizo Samsa).

Hasta ahí, la composición sigue un modelo formal que no sorprende, pero da cuenta de una autoría conceptualmente trabajada y asimilada. Lo que sí denota pericia, y este es quizás el principal mérito de la novela, es cómo el todo narrativo se relaciona con efectividad y tino. Ningún dato o suceso sobra; por el contrario, cada pieza cumple una tarea específica dentro del universo de lo contado, dentro de la anécdota que nos plantea el texto.

Morfosintácticamente hablando, la novela juega muy bien con las funciones distribucionales ― cardinales y catálisis ― y con las integradoras ― indicios e informaciones― . La administración de los hechos que se van sucediendo no es solo bien pensada sino calculada, articulada y puesta en marcha con minucia ingenieril. Con inteligencia. Las referidas funciones ensanchan un caudal mayor: el de la secuencia narrativa o unidad del relato. Certero es García Ángel al definir, conforme lo plantea Van Dijk, aspectos como la situación-complicación-reacción-resolución-situación final que componen su historia. A esto habría que añadir que los predicados de base o articulaciones del relato están claramente mapeados y desarrollados por el escritor. El deseo, la comunicación y la lucha enmarcan las peripecias de Nelson Camargo. Todo él se debate en movimientos pendulares entre su amor por Raquel, su necesidad de hacérselo saber y los obstáculos que sabotean la conquista. A eso, desde luego, se le yuxtapone (no contrapone) el deseo de “encender” su mediocre carrera literaria, misma que no fue más allá de la publicación de una novela mediocre: El altar de la ira.

La conjunción entre desgracia, memoria, drama, nostalgia familiar, búsqueda de redención y supervivencia, constituye un acierto en la medida en que muestra la humanidad de un personaje que nunca deja de ser noble, y la ferocidad de un mundo obstinado que no ceja en su empeño de golpear a todo aquel necio o zonzo que se cruce en su camino.

En lo concerniente a la construcción del narrador, Que pase lo peor está bien pensada, es eficaz. Conforme lo estipula el criterio de participación, García Ángel apela a un narrador homodiegético-autodiegético que zanja con éxito (y mucho delirio) lo que la trama le exige para que la novela funcione. Formalmente, y en síntesis, esta es una novela con oficio en la cual pueden rastrearse las técnicas de composición y armado. No es menor el hecho de que el lector tenga una cierta trazabilidad técnica que le permita ver, inferir o descubrir las marcas del proceso de escritura.

Dicho esto, pasamos ahora a describir algunos aspectos importantes de lo que se cuenta, de aquello que dicta la imaginación del escritor. Más allá de la historia de amor, o desamor de Nelson, más bien, cabe decir que esta novela es muchas novelas a la vez: es, sin duda, una obra de desamor, pero también una sci-fi tipo Asimov, Bradbury o Vonnegut, sin que esto le impida dialogar con la novela colombiana urbana noventera o anterior (Efraín Medina Reyes, Umberto Valverde, Rafael Chaparro Madiedo o Andrés Caicedo). Su capacidad intertextual es amplísima y va desde Mario Vargas Llosa, con Travesuras de la niña mala, hasta La Vorágine, Borges y evidentemente Kafka y Quiroga.

En torno a estas referencias colosales subyacen otras muy comunes y “frescas” que alejan el texto de la pedantería libresca. Con esto se alude en concreto a los espacios, lugares (y no lugares o lugares de tránsito), músicas, bandas de rock y éxitos televisivos retro que hacen la historia cercana a un público lector quizás más vivencial y experiencial que erudito o intelectual.

Foto: Random House.
Foto: Random House.

La aparición de Edna, un personaje de tercer nivel, termina convirtiéndose en la posibilidad de apertura de la novela, es decir, es con ella con quien Nelson rompe su abstinencia sexual y con quien rememora sus años felices de vagabundería, rumba, “flaneurismo“, estulticia juvenil, alcohol y drogas. Edna, hermana de don Rey, es el dispositivo que traslada la novela a la calle, a los bares de mala muerte y a músicas a medio camino entre el metal y el punk. En medio de esta multiplicidad de bandas sonoras, el narrador alude a Wilfrido Vargas y a Rubén Blades (Tony Armas, Slugger), pero también a Darth Vader, a Colt Seavers y a Los Magníficos. Esta operación de la memoria es la que airea el drama agotador de Nelson, personaje pusilánime y frágil (aunque muy humano) al que la vida azota una y otra vez, siempre con más fuerza.

La conjunción entre desgracia, memoria, drama, nostalgia familiar, búsqueda de redención y supervivencia, constituye un acierto en la medida en que muestra la humanidad de un personaje que nunca deja de ser noble, y la ferocidad de un mundo obstinado que no ceja en su empeño de golpear a todo aquel necio o zonzo que se cruce en su camino. Queda todo por mencionar sobre el aspecto sci-fi de la trama, sobre lo kafkiano y lo monstruoso, sobre lo distópico y ciertamente apocalíptico, pero también queda hecha la invitación al lector para que se mueva hacia la realidad que plantea la novela y viaje con ella en el descubrimiento de su vaivén interior, de sus giros inesperados y de su sentido profundo, a medias tintas entre lo trágico y lo cómico, ciertamente.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba