Crítica

Un poeta entre la utopía y la nobleza 

Por: Álvaro Bautista-Cabrera
Profesor de la Escuela de Estudios Literarios, Univalle

Foto: Cine Colombia.
Foto: Cine Colombia.

Un poeta es un filme de Simón Mesa Soto protagonizado por Ubeimar Ríos (y un elenco estupendo), quienes nos brindan una obra cuyo género anuncia un desastre que en verdad es una dádiva para el protagonista y un consuelo para el público harto de superhéroes y efectos especiales. Decía Raúl Serrano: una cachetada nos introduce en una tragedia y dos en una comedia. El personaje del poeta Óscar recibirá tantas cachetadas como ilusiones intenta salvar.

Aristóteles señaló: en la tragedia los personajes son de estirpe elevada, como los reyes, mientras que en la comedia los protagonistas son personajes de rango bajo. Hoy en día un personaje inferior, un ciudadano corriente y común es representado en el filme por un hombre cercano a los 50 años que vive aún en casa de mamá; está imbuido de idealismo poético, tiene dificultades para trabajar y disfruta de la pasión etílica. Además, cae cada vez más bajo: es repudiado por la hermana, la madre, el cuñado, la exmujer y, sobre todo, por su hija.

Óscar hace parte del poetariado. Lustros atrás publicó dos libros pero su lira dejó de sonar. Pretende mantener la atención con obras del pasado, elogiadas en su tiempo, pero con sus ecos poéticos difusos en el presente. Su bardo de cabecera es José Asunción Silva, el autor del Nocturno y del afilado corazón que se pintó en el pecho para acabar con su vida. El retrato de Silva vela a nuestro poeta con su imagen barbada, señal de un posible Cristo sin redención.  El dios de Óscar lo conduce al sendero de la poesía como pérdida, ruina y oscuridad. Esto no lo transforma en un maldito, apenas en un miserable. Pues lo que enmascara su palabrería es el fracaso.

Simón Mesa Soto, director de la película Un poeta. Foto: Tomada de enacc.co
Simón Mesa Soto, director de la película Un poeta. Foto: Tomada de enacc.co

La palabra de Óscar no vale. Su hija no le cree. La niña quiere continuar estudios después del bachillerato y teme, junto a su madre, no superar los exámenes de admisión en la Universidad de Antioquia y verse, por tanto, obligada a pagar una privada. Óscar tiene los ojos en el cielo y los pies debajo de la tierra: promete a su hija conseguir el dinero para la universidad e, inmediatamente, le pide un préstamo de cinco mil pesos. Este hecho no indica solo las incongruencias del poeta sino también sus ideales. Los billetes de cinco mil pesos en Colombia tienen el rostro de Silva. En la película hay un instante en el que el protagonista observa con desdén un billete de cincuenta mil pesos porque tiene el rostro de Gabriel García Márquez. Óscar no parece valorarlo, descree de la poesía de los desfiles triunfadores (y razones no le faltan).

De vez en cuando en Colombia irrumpen filmes instauradores de un paréntesis al fragor y los conflictos del país; someten nuestra severidad a la flexibilidad de las caídas que permiten sobreponernos a los tiempos oscuros.

El filme crece porque si se trata de caer bajo, el protagonista sube un poco. Óscar logra un puesto de profesor de Español y Literatura en un colegio. Llegó el momento de sopesar fracasos con hallazgos. Y encuentra uno: Yurlady, una muchacha autora de una poesía que habla de las comunas, de las casas de pocos metros cuadrados donde habitan decenas de personas y de la desesperanza de depender de los ingresos exiguos del trabajo como doméstica de la madre. Óscar encuentra en la adolescente una poeta de verdad. Llega la última oportunidad. Si uno ha fracasado como vate, puede compensarlo promoviendo a otra poeta.

Si la miseria de Óscar se apoya en la honrosa defensa de sus ideales poéticos, la de la poesía institucional se propaga por poetas institucionales quienes administran los recursos, las escuelas de poesía y los certámenes poéticos. ¡Burócratas del verso! El bardo fracasado presenta la joven promesa poética a dichos versificadores institucionales y queda bajo las garras de ambos. Los vates con recursos quieren a la joven y ella implora aportes para menguar la escasez en casa. Pero esto es mucho decir. Los versificadores con financiamiento quieren una niña pobre con obra para reafirmar sus demandas de dinero a gobiernos nacionales y europeos; la niña, por su lado, solo quiere un oficio para ayudar en la casa: pintar uñas. El filme divierte: en pleno ascenso, Óscar cae un poco más y está a punto de perder su dignidad moral. Sin embargo, en tales circunstancias (expulsiones, sanción social y familiar), Óscar defiende la dignidad de la adolescente como ser humano. ¡Qué recordable la escena en una casa de las comunas de Medellín, en medio de un público que recrimina a los poetas negociantes y a los utópicos, buscando dinero extra para comprar huevos y arroz!

Foto: Juan Sarmiento. Tomada de El Espectador.
Foto: Juan Sarmiento. Tomada de El Espectador.

Los cuadernos son un adminículo de la poesía escrita, creada y diseñada en medio de las cuitas de un mundo depredador. Un cuaderno robado a la hija se convierte en emisario de la verdad sobre Óscar como instructor de la joven. En él la hija descubrirá que su padre cae bajo, pero no tanto. El descenso moral del padre tiene límites y merece reconocimiento por su nobleza y, también, algunos retos para recuperar el cariño de su hija.

De vez en cuando en Colombia irrumpen filmes instauradores de un paréntesis al fragor y los conflictos del país; someten nuestra severidad a la flexibilidad de las caídas que permiten sobreponernos a los tiempos oscuros.

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