Barrio Obrero: La Rumba Eterna
Fundado en los primeros años del siglo XX, fue poblado por obreros y artesanos que durante décadas encontrarían diversión en los ritmos de moda: boleros, tangos y guarachas. Testigo de agrupaciones como la Sonora Matancera y de artistas como Daniel Santos, el Jefe, en la actualidad se alza como el sitio de la rumba eterna, al cual le queda tiempo para un rato más de baile.
Por: Crhistian Camilo Villa V.
Estudiante de Sociología y Lic. en Historia

Advertencia: Para leer esta crónica se le recomienda al lector que ponga a sonar algunos temas de Henry Fiol o del Piper Pimienta.
Qué guaguancó más raro… Existen historias que simplemente superan toda capacidad de asombro, resultando increíble cómo, en el presente, subsisten personajes, hechos y espacios que simplemente van en contra de toda lógica o razonamiento, haciéndote dudar de tu capacidad de escribir simplemente porque sobrepasan tu capacidad de entendimiento. Lo único que te queda, si te consideras alguien lo suficientemente valiente para contar una historia, es intentar narrar, con tus reducidas fuerzas, ese hecho o relato que está frente a ti y te supera en todo sentido. Hablar del barrio Obrero es un ejemplo de esto.
El Obrero es uno de esos lugares a los cuáles los jóvenes salseros, como nosotros, tributamos respeto. Sonoro, melódico, guatequero y encantador, tiene el semblante de un viejo al cual aún le quedan energías en sus pies y sabe que aún puede darse, a lo Henry Fiol, una última rumbita
El vivo al hoyo y el muerto al baile, ¡Si señor! El gol del empate me tranquiliza. Esta vez, y de nuevo, el Deportivo Cali caía ante un pequeño de la liga local, esta vez frente al Atlético Huila. El 1 a 1 del marcador por otra parte me devolvía a mi preocupación principal: ingresar al mítico y melancólico Barrio Obrero. Al lado del lente, con el cual siempre he trabajado a gusto y le tributo eterna confianza, llegamos a la vieja barriada cuyo parque central tiene como guardián al salsero más efervescente que ha cantado en esta ciudad. El Obrero es uno de esos lugares a los cuáles los jóvenes salseros, como nosotros, tributamos respeto. Sonoro, melódico, guatequero y encantador, tiene el semblante de un viejo al cual aún le quedan energías en sus pies y sabe que aún puede darse, a lo Henry Fiol, una última rumbita.
Varias de sus calles, en ese domingo, estaban saturadas de los afiliados permanentes a las ligas de la vieja guardia de la melodía, aquellos que distinguen un Son de una Guaracha y de un Montuno. Sus tabernas y discotecas son verdaderos templos dedicados a los adictivos y nocivos ritmos del caribe: bombas, plenas, boleros, mambos, danzones y muchos más. Este, sencillamente, es un sitio de leyendas en medio de una ciudad frívola.

Borinquen bonita te quiero a ti ver. Detrás de un parque que por sí mismo evoca nostalgia, y al cual acuden viejos en búsqueda de sosiego, se encuentra La Matraca, en mayúsculas, la Suma Sacerdotisa de la rumba en el obrero, un verdadero santuario, el cual, para jóvenes como nosotros, es obligatorio tributar respeto desde su puerta. Colorida, llena de mosaicos, retratos y nostalgias, sabemos, desde que se cruza la puerta, que nos encontramos en otro sito, uno donde no se baila en tenis o converse, en el que te saludan con alegría apenas entras y más si es tu primera vez en el lugar.
La Matraca es una pequeña fortaleza atiborrada de genuinos caballeros y damas del baile y de los ritmos exquisitos, lugar de sencillos plebeyos y espectadores del ritmo. Solo nos queda observar con asombro cómo los integrantes de esta nobilísima corte musical bailan pieza tras pieza, sonrientes, olvidando que ya son viejos y dejando atrás cualquier pretexto arcaico que les impida disfrutar la tarde. A final de cuentas, al son de un bolero, un tango o una guaracha, ellos lo único que quieren es echarse un pie en un sitio que les recuerde años atrás, los que quizá fueron los mejores o quizá más alegres, pero con seguridad más cálidos que los días frívolos del presente.
Detrás de un parque que por sí mismo evoca nostalgia, y al cual acuden viejos en búsqueda de sosiego, se encuentra La Matraca, en mayúsculas, la Suma Sacerdotisa de la rumba en el obrero, un verdadero santuario, el cual, para jóvenes como nosotros, es obligatorio tributar respeto desde su puerta
Pal 23 o mejor pal bembé de la 22 con 10. En medio de la brevedad con la que llegó la noche y en una pista de baile repleta de parejas que se desbordaban en ritmos, recordamos que aún había un sitio por visitar: si, La Matraca (en mayúsculas, por favor), la Suma Sacerdotisa de la rumba del obrero, la NellyTeka es la Emperatriz del baile en el barrio, es ante ella donde sí o sí debes de probar tus pasos y está prohibido quedarse sin bailar, y menos cuando se llega acompañado. Colorida, llena de personas hasta el techo y saciada de melodías y voces, se queda pequeña en un fin de semana de fútbol en el que, mientras el América ganaba, el Deportivo Cali empataba de puro milagro.
El Obrero es, al final, un sitio que se resiste a perder la pelea ante el demoledor presente, uno que destruye recuerdos a diestra y siniestra solo para favorecer a los señores del progreso, esos que intentan por todos los medios expandir sus intereses y aumentar sus capitales a toda costa
Allá la pista siempre está llena y hay parejas con quien bailar. Los asistentes se muestran festivos, alegres y desinhibidos, no dejan pasar un tema sin zapatear, solos o acompaños. Algunos no temen mostrar sus mejores pasos, esos que son acrobáticos y que sólo los entiende un caleño rumbero, otros, en cambio, se mueven con la elegancia que su edad y su experiencia ameritan, bailando en perfecta sincronía con cada nota musical que reverbera en la pista de baile. La NellyTeka es eso, un sitio que nos recuerda cómo era (y tal vez debería ser) la Cali de antaño, una que antes bailaba mucho y que aún lo hace, pero que ahora cobra por hacerlo para entretener a extranjeros.
Y ahora verá que estamos en salsa. El Obrero es, al final, un sitio que se resiste a perder la pelea ante el demoledor presente, uno que destruye recuerdos a diestra y siniestra solo para favorecer a los señores del progreso, esos que intentan por todos los medios expandir sus intereses y aumentar sus capitales a toda costa. La barriada es rebelde y contestataria, resiste a punta de melodía, le rinde homenaje y refugio a la rumba y los rumberos de antaño, siendo, en la actualidad, uno de esos pocos lugares a los que se puede ir a bailar al estilo y bajo las reglas de las viejas guardias, al lado de los que saben, cuya experiencia se debe no solo a su edad, también a las más de mil rumbas que tienen encima.

En últimas, el barrio obrero, con el que nadie se mete, a ese que no se le enredan los cordones o el vestido bailando, el que siempre tararea boleros y tangos y sabe bailar en una baldosa los sonidos estridentes de los pianos del Papo Lucca, los hermanos Palmieri, Larry Harlow y Richie Ray, es fiel en la actualidad a aquella sentencia promulgada por el vecino Piper en esa inmortal canción que siempre suena los fines de semana en viejotecas y demás sitios de vieja guardia: El día que yo me muera, no quiero llantos y rezos […] que traigan mucho aguardiente y todos bailen contentos […] y que bailen las muchachas, a la memoria del muerto […] y que bailen mis amigos, a la memoria del muerto.
La barriada es rebelde y contestataria, resiste a punta de melodía, le rinde homenaje y refugio a la rumba y los rumberos de antaño, siendo, en la actualidad, uno de esos pocos lugares a los que se puede ir a bailar al estilo y bajo las reglas de las viejas guardias, al lado de los que saben, cuya experiencia se debe no solo a su edad, también a las más de mil rumbas que tienen encima



