La revolución del espíritu
Entre la celebración de músicas y el asombro ante el enigma, Jenny Valencia y Harold Pardey unen con precisión las agujas de la convicción y la sensibilidad del espíritu libre para bordar el dibujo de rituales, historias y cosmologías de pueblos cuyo derecho a reivindicarse ha sido siempre una justa necesidad.
Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social

Foto: Cortesía Harold Pardey
Krónicas Ambulantes es un libro que, asumiendo del género de la crónica su condición experimental y nómada, nos adentra en lugares y ambientes desconocidos para que conozcamos, entendamos y aprendamos el valor de la palabra ante las nuevas generaciones, el goce y la esperanza que produce la libertad de caminar y descubrir, y la importancia de asumir costumbres milenarias sin reservas de confianza.
Ya desde la primera parte, Festivaliando, los autores nos dan la certeza de que conocen el tema a tratar:
Ella, quien en adelante usará el nombre de Malicia Enjundia, nueva –relativamente– en el oficio, buscará conservar las formas establecidas de un género sin formas, y desplegará un conocimiento minucioso de lo que encuentra a su paso.
Así nombrará sin titubeo al “hagamohijo, siemprencima, tumbracatres, arrechón, pipilongo y candelazo” que caldearon gargantas y atizaron los cuerpos de los asistentes al XIX Festival de Músicas del Pacífico Petronio Álvarez.
Por su parte él, quien se hace llamar El Zudaca, Nómada Urbano, y quien ha vertido en crónicas muchos años de caminar sin rumbo, experimenta con mayor osadía, intentando establecer el dejo de una impronta revolucionaria.
Esto dice al respecto:
“Cuando conocí la filosofía zapatista, el pensamiento ácrata, la literatura beatnik y las zonas temporalmente autónomas de las que habla Hakim bay, fui seducido por el poder de la palabra, y creo fervientemente en la experimentación que otorga la creación, en este caso la invención de mundos donde quepan muchos mundos”
La segunda parte, Violetas afro, mestizas y rebeldes, se diferencia de la anterior por la naturaleza de los hechos. Si bien persiste el propósito de visibilizar las culturas de estas comunidades, esta vez el relato está teñido de indignación y dolor. Es aquí donde el libro, como atina el prologuista, “merece ser leído desde el sentimiento”.
Sobresale de ella Reflexiones sobre el hombre universal. Entrevista a Beatriz Palacios, viuda del escritor chocoano Arnoldo Palacios, como texto fundamental para empezar a comprender que el color de piel y el conflicto que ha provocado “es sólo una anécdota” –como dice la cronista–, al permitirnos asistir a un testimonio de conmovedora lucidez que da cuenta de las razones espirituales y emocionales que luego tendrían bases científicas para conocer a fondo lo que hubo detrás del primer hombre en el mundo, y la noción de que, de una u otra forma, todos somos semillas del África.
De otro lado, Tribus urbanas, la tercera parte, permite que el Zudaca se encuentre en terrenos de indudable cercanía.
Crónicas como Semana de Hip Hop en la Calicalentura y Manu Chao, hijo de la tierra le dan al libro la oportunidad de “brindar por la victoria, por el empate y por el fracaso”, mientras se habla con un discurso hecho a base de vocablos propios del autor, como la “vaguemia” y los “días anarkoguasonikos”.
El autor explica, ante lo anterior, que esta es su forma de dialogar con la urbe festiva de un modo alternativo, buscando transgredir las formas convencionales y oficiales de nombrar las cosas.
A estas alturas, podría decir que la línea a la que se adscribe cada escritor –el uno en la celebración y reconocimiento de géneros musicales revolucionarios; la otra en una constante búsqueda que explique y ahonde en los misterios que yacen en las razas condiciona en cierta medida su trabajo, estilo y logro. Y, sin embargo, el propósito, la perspectiva, la cadencia y las palabras escogidas se unen en una prosa de tal armonía que impide que el libro pierda integridad.
De la última parte del libro, Tierras mayores, resalto El Expresso del Yagé, crónica que demuestra el espíritu de cronista de Jenny Valencia y la lleva a adentrarse en la selva en busca de esta bebida. Es esta experiencia la que confirma el sentimiento con el que se escribió este libro. Es esta experiencia la que puede rescatar del viaje imágenes como la siguiente:
“En la penumbra aparecen miles de pequeños rombos violetas y fucsias, los atravieso hasta el otro lado y veo el rostro de un tigre de colores que me mira”.
Krónicas Ambulantes es un libro que nos invita a ver las creencias del otro con el respeto ante la historia desconocida, aceptar como posibles lo que parece distar de toda lógica, creer que lo fantástico tiene siempre asidero en la realidad, a pesar de que la premura del reloj cubra nuestros ojos:
“… de pronto sentí un ruido muy estridente, como de un insecto, y cuando miré el toldillo era una mosca del tamaño de un colibrí. Se me había parado en el toldillo –cuenta Jenny Valencia, después de explicar que tras tomarse el yagé, Walter, el indígena Murui que la había invitado a quedarse, le había dicho que se tenía que levantar a las cinco de la mañana para bañarse, pero que ella no tenía forma de poner ninguna alarma, pues su celular estaba descargado–. Entonces abrí los ojos y cuando miré estaba el hijo de él, que también había tomado, y me dijo: son las cinco, hay que irse a bañar.”



