Mario Vargas Llosa: una mirada desde el Perú al adiós de un grande
La muerte de Mario Vargas Llosa (1936-2025) permite reflexionar críticamente sobre su innegable talento literario, su condición de intelectual erudito y su controversial pensamiento político, tan acomodaticio, a veces, como el de los más avezados políticos de nuestro tiempo. Sea esta la oportunidad para compartir la última entrega de un tríptico de entrevistas que sobre la vida y obra del Nobel ha preparado La Palabra. En esta ocasión, dialogamos con el escritor y catedrático peruano Ricardo Sumalavia Chávez.
Por: Alejandro Alzate

Foto: Tomada de us.marca.com
Alejandro Alzate (AA): Mario Vargas Llosa fue, sin lugar a dudas, un escritor que enriqueció y dio vida a la literatura hispanoamericana por más de cincuenta años. En ese sentido, ¿qué significa su muerte? ¿Se vislumbra algún otro autor vivo tan representativo en el contexto hispanohablante actual?
Ricardo Sumalavia Chávez (RSC): La muerte de Vargas Llosa marca el cierre simbólico de una era literaria en la que la figura del escritor era también la del intelectual público, comprometido, polémico, y muchas veces provocador. No es que ahora no haya voces con esos rasgos, lo que sucede es que ya no tienen el impacto que sí tuvo Vargas Llosa. Su obra es vasta, cargada de momentos brillantes, que transformó nuestra manera de narrar y de leernos como peruanos y latinoamericanos. Es difícil imaginar una figura con ese mismo peso hoy. Hay autoras y autores excepcionales, sí, pero el escenario actual privilegia la pluralidad antes que las voces hegemónicas. Eso es, en sí mismo, un síntoma saludable.
(AA): ¿Cómo puede describirse la relación de Vargas Llosa con Perú después de haber manifestado enérgicamente sus diferencias ideológicas con Alberto Fujimori, en los años 90, y, más recientemente, con Pedro Castillo?
(RSC): Creo que Vargas Llosa tuvo una relación compleja con el Perú, como muchos peruanos. Amó al país a su manera, pero no dejó de ser crítico con este. Fue, quizás, un peruano exigente, y por momentos, decepcionado de lo que sucedía en su tierra. Ahora, lo que más me interesa es cómo esa tensión se manifiesta también en sus novelas: Conversación en La Catedral, La Casa Verde, El hablador… Hay allí una búsqueda crítica, incluso dolorosa, de una identidad posible.
(AA): Durante su juventud, el Nobel defendió la Revolución cubana y los ideales libertarios; años después, hacia la década de los setenta, empezó un lento pero progresivo viraje a la derecha política de corte neoliberal. ¿Cómo puede interpretarse este hecho que tantos desencuentros le significó?
(RSC): Ese viraje ha sido ampliamente debatido y hasta caricaturizado por sus detractores. Lo que me interesa más es el modo en que su pensamiento político nunca se volvió un simple eslogan. Vargas Llosa siguió creyendo en el poder de las ideas. Y no se puede dejar de reconocer que su tránsito ideológico fue también un tránsito vital, apasionado. En todo caso, si hubo incoherencias, estas también forman parte de lo humano que fue.
Vargas Llosa nos enseñó, con sus luces y sombras, que escribir es una forma de no callar. Su obra queda. Lo demás es discusión necesaria.
(AA): ¿Qué es, realmente, y bien entendido, el compromiso político de un escritor?
(RSC): No se trata de militar, necesariamente. El compromiso puede ser, a veces, escribir desde el silencio, desde lo fragmentario, desde lo íntimo. Lo político no siempre es panfleto. En mi caso, lo he entendido como una fidelidad con la memoria, con lo no dicho, con las preguntas que persisten. Vargas Llosa, con todas sus posturas, creyó que escribir era intervenir en la historia. En eso coincidimos.
(AA): Hay una delgada línea entre la observación crítica y el panfleto. No es un secreto que Vargas Llosa descalificó a muchos autores hispanoamericanos de los años treinta por olvidarse de que lo que hacían era literatura y privilegiar la arenga. Desde esa perspectiva, ¿cómo puede entenderse, o explicarse, el equilibrio expresivo existente o ausente en su obra? Es decir, ¿estilísticamente, lingüísticamente, ideológicamente puede decirse que Mario Vargas Llosa fue un autor punzante pero elegante y estético?
(RSC): Sí, en su obra existe ese equilibrio. Su prosa es una de las más trabajadas y refinadas en nuestro idioma. Es imposible no reconocer el rigor y la ambición narrativa. La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo son novelas de una arquitectura impresionante, solo por mencionar un par de ellas. Incluso, en sus obras no catalogadas como novelas totales, se percibe un respeto y maestría por el oficio de escribir.
(AA): ¿Es posible o no, es políticamente correcto o no, separar al autor de sus posicionamientos ideológicos, cualesquiera que estos sean?
(RSC): No hay una sola respuesta. Hay lectores que separan y otros que no pueden hacerlo, y ambas posturas son válidas. En mi caso, me interesa la obra como espacio autónomo, aunque no ciego a su contexto. El autor no desaparece, pero tampoco puede ser el único prisma. La literatura no es un certificado de pureza. Lo interesante está en la fricción, no en el juicio rápido.
(AA): Por último, y dejando de lado los asuntos políticos, ¿cuáles son las mayores virtudes literarias de Mario Vargas Llosa?
(RSC): La construcción del tiempo narrativo, la polifonía, la técnica del contrapunto, la orquestación coral de voces, su capacidad de reinventarse. Pero también su intuición para narrar desde los márgenes, desde los conflictos sociales e ideológicos. Vargas Llosa nos enseñó, con sus luces y sombras, que escribir es una forma de no callar. Su obra queda. Lo demás es discusión necesaria.



