Tras la utopía de la perfección. 87 natalicio de Stanley Kubrick
¿Qué sería del cine sin ese fenómeno revolucionario que fue Stanley Kubrick? Amado u odiado, pocos son los que ponen en duda que la pasión casi neurótica de este enigmático cineasta transformó el séptimo arte. Meticuloso, tiránico, indómito, y por encima de todo, leyenda.
Por: Ricardo Bolaños
Estudiante de Lic. en Literatura

Nació el 26 de julio de 1928 en la ciudad de Nueva York, en el seno de una familia judía del Bronx. Su infancia y juventud discurrieron en un ambiente familiar propicio para el cultivo de inclinaciones que serían decisivas en su formación como director de cine: su pasión por el ajedrez fue anticipación, y quizá origen, de su férrea autodisciplina. Igualmente, la proverbial sensibilidad musical que le acompañaría en su carrera tuvo su germen en esos primeros escarceos con el Jazz en la banda Taft Swing; y en cuanto a la fotografía, fue uno de tantos ejercicios con aquella cámara réflex que le regalaran sus padres, que capturó furtivamente la congoja de un vendedor de periódicos tras la muerte del presidente Roosevelt, lo que le abrió las puertas de la revista Look. Entre el relampagueo de los flashes se fue revelando al joven Kubrick el camino hacia la realización cinematográfica, concretamente a partir del reportaje gráfico de una pelea del boxeador Walter Cartier, el cual desembocaría en el primer corto documental del fotógrafo titulado Day of the Fight. Con este corto culminaba su ciclo en Look y cruzaba el umbral al mundo de la cinematografía.
Pocos cineastas en Hollywood estuvieron tan familiarizados con la adversidad y la controversia como Kubrick, y desde su primera inmersión en el cine la trayectoria de este coloso no estuvo exenta de desafíos. Esta primera etapa, que abarca casi toda la década del 1950, estuvo marcada por la vacilación, y supuso un ascenso lento y esforzado. Fear and Desire, aquella ópera prima de la que más tarde renegaría, requirió notables esfuerzos de financiación por parte de Kubrick y su familia, obteniendo, sin embargo, pobres resultados. Similar suerte correría Killer’s Kiss, de no ser porque ésta logró captar el interés de un productor que le proporcionaría notoriedad: James B. Harris. La sociedad Kubrick-Harris cerraría la década con dos filmes memorables: la arriesgada The Killing, que plantea una estructura narrativa fragmentada que precede a Tarantino, y Paths of Glory, película antibélica ambientada en la Primera Guerra Mundial que le valió tanto reconocimiento de la crítica como su prohibición en Francia. Fue la primera de muchas batallas contra la censura.

En esta época Kubrick ya se perfilaba como un cineasta ambicioso, que aún estaba a merced de las grandes estrellas hollywoodenses. La genialidad del joven director empezaba a entrar en tensión con los esquemas establecidos. Tras su reciente despido de One-Eyed Jacks a causa de desencuentros con Marlon Brando, el neoyorquino fue reclutado por Kirk Douglas, su protagonista en Paths of Glory, para dirigir Spartacus, proyecto de alto presupuesto. Si bien no tuvo control del guión, su rotundo éxito comercial y de crítica lo catapultó al prestigio, y lo que éste conllevaba: total libertad creativa.
Los años 1960 figuran como el inicio de la leyenda. Como las sombrías nubes de hongo que entonces se elevaban sobre el mundo, el genio creativo de Kubrick se desplegaba provocador, severo y desconcertante sobre el horizonte cinematográfico, sobrepujando a los estándares vigentes. Eran descomunales las perspectivas que ofrecía esta nueva fase de su carrera a sus inquietudes artísticas y políticas, y su realización demandaba una meticulosidad y perfeccionismo sólo posibles mediante el control total de la creación. Pese al revuelo moral y la censura, un elenco de lujo y una soberbia adaptación hicieron de Lolita un éxito incontestable. No menos polémica que sus anteriores entregas, Dr. Strangelove ofrece una distendida y al tiempo lúgubre visión de la Guerra Fría. En esta farsa Kubrick se recrea con fruición en la música, haciendo de ella un soporte narrativo extraordinario, lo cual irá en aumento con la incorporación de obras clásicas en los siguientes filmes. Hito de la ciencia ficción, 2001: a Space Oddisey es un espectáculo audiovisual que exalta los sentidos y la imaginación, que le valió su único Oscar por diseño de efectos especiales.
Su infancia y juventud discurrieron en un ambiente familiar propicio para el cultivo de inclinaciones que serían decisivas en su formación como director de cine: su pasión por el ajedrez fue anticipación, y quizá origen, de su férrea autodisciplina
Si bien la controversia y la adversidad formaban el hábitat natural de Stanley Kubrick, momentos hubo en que éstas lo desbordaron. Después de las divergencias con Anthony Burgess y las acusaciones de instigación al vandalismo a Clockwork Orange, uno de los más descarnados y fascinantes alegatos contra la hipertrofia del Estado moderno, vino la frustración ante la pobre recepción crítica y comercial de Barry Lyndon, pese a su enorme factura técnica.
Kubrick lograría reconquistar el favor del público con The Shinning, clásico de terror conocido por popularizar la técnica del Steadycam.
En 1987 reaparece con un nuevo acercamiento a la Guerra de Vietnam: Full Metal Jacket, que recogió elogios de la crítica. A ello siguió el naufragio de Aryan Papers y A.I. Artificial Intelligence, para rematar la década del 1990 con una película que su muerte le impidió ver estrenada: el drama surrealista Eyes Wide Shut.
Han transcurrido más de dos décadas, y la nostalgia por Kubrick no da, y difícilmente dará tregua en lo sucesivo. Su paso por la historia del cine seguirá vibrando con un fulgor heroico. Una personalidad indomable que se rehusó hasta el fin a dejar la perfección en el reino de la utopía.



