Perfil

“No soy un sátiro, pero tengo talento para la sátira”: Jaime Manrique

Con el ánimo de dar a conocer los perfiles de escritores colombianos destacados nacional e internacionalmente, La Palabra ha conversado recientemente con este barranquillero residenciado desde hace muchos años en Estados Unidos. Su mirada en torno a varios temas de interés cultural quedan consignados en estas páginas. ¡Buen provecho!

Por Alejandro Alzate

Después de batallar con la tecnología que a veces se obstina en funcionar de manera desastrosa, aparece Jaime en pantalla. Son las 4:15 p.m. de un miércoles de esos corrientes, de aquellos que se diluyen entre el tal vez y el quizás. Zoom es la plataforma que nos permite, si no es mucho decir, el encuentro. Advierto en el pequeño rectángulo de mi celular a un hombre grueso y trigueño que porta gafas negras. Su humanidad generosa desborda márgenes y medianiles. Amplío su imagen y saludo. Su camisa es azul. Su barba es escasa y encanecida y su amabilidad portentosa.

Jaime Manrique (1949), escritor, poeta, novelista, ensayista, educador y traductor colombo-americano.
Foto: Luisa González/Colprensa. Tomada de: elpais.com

A pesar de sus muchos años en Estados Unidos, llegó en 1966, nuestro escritor, y digo nuestro porque es colombiano, oriundo de Barranquilla, habla con el tumbao propio de la gente del Caribe. Dice que le sigue gustando el sancocho y que come arepas sin trauma ni delito moral. Eso sí, advierte perentorio: “Yo estoy aquí”. Cuando lo interpelo por esta afirmación me explica algo que no suele pasar con todos los que dejan su país para irse a otro, es decir, él ha hecho las paces con el exilio y se siente plenamente incorporado a la vida en Norteamérica. Ahora bien, esto no niega, desde luego, su visión crítica de la sociedad de “allá”, que no difiere mucho de la de “acá” porque en el fondo, y sin distinción de tiempo y espacio, los rezagos de premodernidad que juzgan y encasillan son mentales, lastres de la cultura, la historia y la mala educación, como la película de Almodóvar. No dan libertad ni la geografía, ni la nieve, ni acaso otra musicalidad fonética o idiomática. No. La libertad, para no joder a los otros por lo que prefieren u opinan, parte de esa cosa tan compleja que supone ser feliz con lo que se es. Así, a secas.

El amor, el desamor, ir en contravía de las tradiciones y lo políticamente correcto, la homosexualidad, la fe, la guerra, la muerte y la marginalidad constituyen temas de su interés; así lo deja entrever en Como esta tarde para siempre. A renglón seguido, y esto lo escucho claro a pesar de las persistentes fallas de conectividad, dice que lo han tildado de polémico y de violar los estándares morales con lo que escribe.

Jaime se apoltrona en su estudio de paredes no muy altas, no muy bajas. El lugar tiene muchos libros y documentos y unos pocos cuadros que se mimetizan en el trasfondo con un color pastel ubicado entre el blanco y el crema. Su asistente, un muchacho mexicano de barba negra, poblada y montaraz, verifica “allá” la conectividad  que, al no ser óptima, me pone a sospechar “acá” qué es lo que dice el escritor. ¡Empezamos!

Jaime Manrique: una vida echando el cuento

No son pocos los galardones que el conjunto de su obra ha recibido. Este narrador, poeta y ensayista que escribe y publica tanto en español como en inglés, se ha alzado, entre otros, con el Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus (1975) por su libro Los adoradores de la luna. Después de este buen inicio en el mundo editorial y literario vinieron los textos El cadáver de papá (1978; Seix Barral, 2019), Notas de cine (1979), Oro colombiano (1983), Luna latina en Manhattan (1992), Twilight at the Equator (1997)Maricones eminentes: Arenas, Lorca, Puig y Yo (2000), Nuestras vidas son los ríos (2006; Seix Barral, 2019), El callejón de Cervantes (2012), Como esta tarde para siempre (Seix Barral, 2018) y su más reciente novela: Si me ves por el camino
(Seix Barral, 2021).

Cuando le pregunto cuál es el eje temático de su obra, cuál es el barro que amasa con su pluma, se acomoda las gafas, le dice a su asistente que no le pase una llamada que irrumpe en su estudio y me contesta que son muchos. El amor, el desamor, ir en contravía de las tradiciones y lo políticamente correcto, la homosexualidad, la fe, la guerra, la muerte y la marginalidad constituyen temas de su interés; así lo deja entrever en Como esta tarde para siempre. A renglón seguido, y esto lo escucho claro a pesar de las persistentes fallas de conectividad, dice que lo han tildado de polémico y de violar los estándares morales con lo que escribe.

Foto: todocoleccion.net

Son casi las 4:45 p.m. y caigo en cuenta de que la temperatura aquí, en Cali, está bastante agradable. El sol que calienta con rabia las cabezas de la gente se ha marchado más temprano y con él el sopor de la tarde y las ganas de fundirse en la nada. El timbre de mi casa me saca de la climática reflexión y me pone frente a los audífonos que intentan decirme, a todo volumen, lo que este autor colombo-americano va rememorando con su hablado que va y viene como las olas del mar en su Caribe natal.

Aprovechamos la mención a Como esta tarde para siempre para intercambiar algunas opiniones sobre la literatura Queer. Me cuenta que le gusta mucho el trabajo de Juli Delgado Lopera, (Colombia), quien ha publicado recientemente Fiebre tropical; una novela en la cual Francisca, una chica migrante y queer, se da a la dura tarea de construir su vida por fuera de Bogotá y las comodidades que ahí tenía. La experiencia, como es común denominador en las opiniones de quienes se han movido de un sitio para otro, no resulta sencilla pero tampoco, por ello, desprovista de casualidades fascinantes y placeres a la carta. Desde Colombia saltamos hasta España y, cómo no, a García Lorca. Es precisamente el poeta español quien inspiró el título del poemario que escribiera el barranquillero en 1995: Mi noche con Federico García Lorca. En las 136 páginas del poemario se hallan registros líricos y sensuales que dan cuenta de la niñez de Jaime Manrique en Colombia. De igual forma, las memorias familiares y las experiencias vitales y amorosas en Manhattan acaban de configurar la experiencia vital del autor.

Más que maestros, Jaime Manrique tiene escritores admirados. Entre los más recientes de Latinoamérica, admira a César Aira y Mariana Enríquez. También los del denominado Boom le merecen opiniones gratas. Hablando de esto último, opiniones, nuestro entrevistado deja claro que no le gusta hablar mucho sobre otros autores. “Cada quien tiene su estilo, sus temas y sus formas de vivir y respirar la literatura. Yo me ocupo de lo mío y basta”.

Por un momento la conexión funciona bien y entonces le pregunto por Mario Bellatin. Me dice que sí, que lo distingue como narrador. Le hablo entonces de Salón de Belleza, una novela que tuve la suerte de leer en un viaje a la Patagonia en 2009. Jaime la ubica rápidamente. Hablamos del lugar de la literatura Queer dentro de la literatura y me dice que más allá de dónde o cómo se ubique, lo importante es lo que reivindica, legitima y permite; es decir, lo importante es que sea un vehículo para dar testimonio vital- y por qué no sensual- de otras maneras de ver la vida, de entender y asumir el mundo. A esta altura de la conversación, Jaime Manrique se desparrama aún más en su silla y me dice que le encanta el lado performativo de lo Queer. Mientras lo escucho atentamente, me pregunto si se refiere a las luces, candilejas y reflectores de desfiles y paradas  LGTBI…No obstante, y antes de que le lance una pregunta insolente, tose despacio y me dice que, a contramano, detesta el hecho de que todo se vuelva moda y consumo. Cuando esto sucede, dice, se trivializa todo: las discusiones, el arte, las ideologías, la sexualidad y la diversidad.

Mientras lo escucho pienso que arte, moda y consumismo son hoy huevos de la misma canasta. Claro, no es que esté de acuerdo con eso. Es solamente que esa dinámica se va imponiendo y hace metástasis cultural quiérase o no. El compromiso del artista, a la manera de Malraux, es con la historia, con el arte que educa y forja conciencias inquietas… Lamentablemente teoría y realidad son, muchas veces, como agua y aceite o como líneas paralelas.

En el momento en que hacemos un paralelo entre Colombia y Estados Unidos, la balanza se mantiene neutra, es decir, para el invitado de hoy no sólo en nuestro país hay una intolerancia aberrante ante la diversidad sexual; en Norteamérica la situación es incluso peor si se va a la zona equivocada. Aquí, es decir, allá, dice el barranquillero, “también hay mucho dogmatismo. Son muchas las regiones homofóbicas y muchas las iglesias evangélicas que piden prohibir la circulación de literatura gay”.

En cinco años, dice nuevamente con énfasis, será otra cosa la que capte la atención de la industria y las demandas capitalistas, la que encienda los sensores de quienes disfrazados de corderos pretenden el lucro como fin. En este punto de la conversación los zancudos caleños se alborotan y desde Nueva York, donde reside nuestro escritor, su voz se torna seria, casi magistral. Las gafas, que lentamente han ido deslizándose por su nariz achatada, vuelven a reunirse con sus pequeños ojos marrones. ¡Cambiamos de tercio!

El cine, Colombia y la escritura como oficio

Este segundo tiempo lo abre un tema que no podía dejarse de lado o abordarse de soslayo: la escritura como oficio. “He sido afortunado como escritor”, dice Manrique. Dan fe de ello los innumerables premios que ha recibido: en 2007, el International Latino Book Award en la categoría de mejor novela histórica por Nuestras vidas son los ríos; en 2020, Como esta tarde para siempre fue finalista como mejor novela gay del año, en el Lambda Book Award; en el 2000 fue becario de la Fundación John Simon Guggenheim y,  actualmente, es Distinguished Lecturer del City College de Nueva York.

Más que maestros, Jaime Manrique tiene escritores admirados. Entre los más recientes de Latinoamérica, admira a César Aira y Mariana Enríquez. También los del denominado Boom le merecen opiniones gratas. Hablando de esto último, opiniones, nuestro entrevistado deja claro que no le gusta hablar mucho sobre otros autores. “Cada quien tiene su estilo, sus temas y sus formas de vivir y respirar la literatura. Yo me ocupo de lo mío y basta”.

Foto: planetadelibrosco2.cdnstatics.com

El reloj señala implacable que ha corrido una hora de conversación y empiezo a sentir que sobran temas y falta tiempo. Su asistente ha desaparecido de la escena y una lluvia pertinaz que veo, mido y calculo por la ventana, cae para lavar los detritus de esta ciudad abatida. Salgo en estampida de esos pensamientos cuando Jaime dice estar al tanto de lo que sucede en la actualidad colombiana; al tanto de las cosas buenas y de otras nefastas como los llamados falsos positivos. El exilio es, quizás, una de las mejores metodologías existentes para “saberlo todo” sobre un lugar específico. Cuando refiere esto se acomoda nuevamente las gafas que amenazan con caerse. Pienso cómo sería aquello de irse así, sin más…  Se dejan amores, padres y madres, perros y gatos; se venden carros, se deja de amar, se deja de vivir… ¿Es posible el olvido? No sé. Borges, en su proverbial sabiduría, decía que el olvido es una de las formas de la memoria. Y si él lo dice…

En el momento en que hacemos un paralelo entre Colombia y Estados Unidos, la balanza se mantiene neutra, es decir, para el invitado de hoy no sólo en nuestro país hay una intolerancia aberrante ante la diversidad sexual; en Norteamérica la situación es incluso peor si se va a la zona equivocada. Aquí, es decir, allá, dice el barranquillero, “también hay mucho dogmatismo. Son muchas las regiones homofóbicas y muchas las iglesias evangélicas que piden prohibir la circulación de literatura gay”.

Si nos vamos a la virtualidad, la cuestión tampoco es sencilla. “Cada vez que posteo algo abiertamente gay en mi Facebook, en solo segundos aparecen comentarios desobligantes y estúpidos”. Al oír esto le pregunto si es, entonces, preconcebida y falsa la idea de la libertad que se respira en el país del norte. Sin apenas cambiar el tono de su voz salitrosa, Jaime Manrique dice que no, que no es del todo falsa. “Aquí, en Nueva York, que es muy diferente al resto de Estados Unidos, la expresión se propicia, se puede generar de manera libre y tolerante hacia los otros, y eso, sin duda, es una ganancia cultural en relación con otros lugares más conservadores”.

Antes de finalizar, le hablo de cine y me dice que nadie como Bergman y Buñuel dentro del universo de cineastas contemporáneos. “Estos eran autores con una obra muy extensa, creadores que tuvieron la suerte de existir en una época en que el comercio permitía hacer obras artísticas y personales”. Parece emocionarse con el tema y es entonces cuando precisa que durante muchos años fue crítico de cine. Mientras lo oigo, pienso que la literatura y el séptimo arte tienen mucho en común; empezando por el ejercicio de pensar una historia y luego escribirla, plasmarla en escenas que sean tan contundentes y sugerentes como se pueda. Pienso en Diego y David, personajes extraordinarios de Fresa y Chocolate, la película de Tomás Gutiérrez Alea que nació de la adaptación de El lobo, el bosque y el hombre nuevo,del narrador Senel Paz en 1994.

Son las 6:00 p.m., enciendo la luz de mi estudio y le doy a Jaime Manrique las gracias por su tiempo y su buena disposición para conversar. Queda su obra servida sobre la mesa, queda su universo narrativo por ser descubierto, queda cazada una deuda de lectura. Le doy nuevamente las gracias y le digo adiós. Miro por la ventana y veo que ha escampado, todo yace oscuro afuera. Ha caído la noche.

Foto: amazon.com.mx

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