Hambre: un camino de pérdidas para ser un cocinero especial
Por: Esteban Franco Ríos
Los verdaderos ganadores son los que más hambre tienen. Buen provecho.
Chef Paul.

Hambre (2023) es una película de Sitisiri Mongkolsiri estrenada en Netflix para Latinoamérica, y una de las Top 10 de la plataforma. Su historia sigue la vida de Aoy (Chutimon Chuengcharoensukying), cocinera encargada del restaurante tradicional de su familia ubicado en un sector popular de Bangkok, Tailandia. Inconforme con esta realidad, la joven acepta una invitación de trabajo en el restaurante del famoso chef Paul (Nopachai Chaiyanam), e inicia su camino en la alta cocina, lejos de las expectativas de vida que le cargan sus parientes. De esta manera, Aoy conoce el vínculo entre la comida, el poder y la revancha, así como la ambivalencia de la palabra hambre: sensación, necesidad de comer y deseo ardiente de algo más, la búsqueda del placer.
El cine de chefs y de restaurantes de cocina competitiva está en auge con una gran cantidad de producciones que van en otro sentido respecto al cine de cocineros de finales del siglo XX, de títulos memorables como El festín de Babette (1987), El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989) y La gran comilona (1973), en donde el drama no estaba en el caos de la cocina o en la obsesión y el maltrato de un chef, sino en otros intríngulis. En el estilo de cine de estrella Michelin se encuadra la elevada presión que ejercen jefes psicorígidos y narcisistas capaces de manejar técnicas contemporáneas de cocina, como la deconstrucción: armonía en texturas, formas, colores, sabores que recrean a su manera preparaciones tradicionales, o la reconstrucción que combina los ingredientes de un plato típico con otros sabores y elementos. Algunos ejemplos de este tipo cinematográfico son Hierve (2021), Una buena receta (2015) y El Menú (2022): película de comedia-terror influenciadora de Hambre porque resuelven el tema de la alta cocina y su representación de poder y de dominio a través del dinero, de la violencia, de la sangre y de la re-significación/valoración de la comida.

Foto: entertainment.ie
Hambre es particular en su manera de integrar el reciente estilo de películas. Destacan su guion, su mezcla géneros (suspenso-drama), el desarrollo de sus protagonistas, la fotografía que nos muestra a detalle los platillos, los rasgos de los personajes, los colores donde predominan el rojo, negro, gris, blanco, azul y verde tropical, los encuadres rápidos en detalle que nos ponen al ritmo de la cocina. La película se caracteriza, respecto a otras similares, por elementos como el drama íntimo de Aoy, lo arraigado en ella, sus valores familiares y sociales que determinan sus decisiones y la confrontan con el medio socio-político de la alta cocina en el que hace carrera.
Este tema del drama íntimo de la personaje que arrastra el peso de los imperativos familiares, como tener que mantener a flote el restaurante heredado por los parientes, se parece a lo visto en Cook up a storm (2017), película China que trata la confrontación con el padre como búsqueda interior, y que involucra también la cocina contemporánea, la lucha de poder entre clases, el contraste entre lo tradicional y lo nuevo, el encuentro de los cocineros de formación callejera y los cocineros de las academias de cocina, así como la corrupción de los adinerados: representación que proyecta un contexto socio-político de la región asiática. Me gusta encontrar en Hambre estos contrastes a partir de la comida, la economía y el lujo, por ejemplo, en preparaciones que representan el estilo de cocina de Aoy y del chef Paul respectivamente: fideos salteados al wok y carne Wagyū en láminas salteadas a fuego alto.
Hambre es particular en su manera de integrar el reciente estilo de películas. Destacan su guion, su mezcla géneros (suspenso-drama), el desarrollo de sus protagonistas, la fotografía que nos muestra a detalle los platillos, los rasgos de los personajes, los colores donde predominan el rojo, negro, gris, blanco, azul y verde tropical, los encuadres rápidos en detalle que nos ponen al ritmo de la cocina.
La maestría de Aoy está en el manejo de las altas temperaturas, necesaria para hacer bien un arroz frito al wok; también, está en el equilibrio de su comida, en sus platos abundantes de pasta salteada con vegetales, salsa de soya, huevo y otros ingredientes accesibles que sirve en el restaurante familiar. Ella transmite amor en la comida, ese lugar común e importante que entiendo como una intención de cargar de energía sus alimentos, imprimir su deseo, la expresión de su habilidad y arte, el rescate de una tradición, la comunicación de sus afectos y emociones. Su inconformidad inicial genera un contraste que le da profundidad al personaje y la empuja a las cocinas de mayor factura, a los salones más prestigiosos de su país, en los que se adapta y comprueba su poco interés por la fama, por ostentar el dinero, razones que la llevan de vuelta a su hogar, al fuego que conoce muy bien por su tradición familiar. Este manejo es el que le da el reconocimiento inicial del chef.
El chef Paul se caracteriza por la suntuosidad y la belleza de su arte, impulsado por el hambre que, en sus términos, es una inconformidad permanente que lleva a otro nivel de placer; sin embargo, ¿qué significa ese placer? Por su contexto, que vamos conociendo en el metraje, parece que el rencor social originó su carrera de cocinero-artista, como se ve en su recuerdo de infancia cuando se tentó a probar un caviar ajeno y descubrió, por el castigo, la falta de empatía y el gusto incoherente de algunos adinerados. En cada platillo alimenta una propuesta que lo satisface cuando cobra muy caro a los ricos y logra invadirlos, en cada bocado, con su versión de comida exclusiva. Este chef performático es capaz de crear una experiencia para los espectadores, de arrojar, frente a los comensales, condimentos a una pieza de carne asada como si fueran puñados de pintura sobre un lienzo. Sin embargo, percibimos en él una contraposición en su rol: sobrado de pericia, pero carente de empatía, de complementariedad con su equipo de trabajo, por eso comete tantos abusos y colapsa de exigencias a sus aprendices, no permite ninguna variación o desnivel que pueda llevarlo a un arranque violento, porque lo de los otros ataca a su ego, su obra y su afán de control.

Al final, en Hambre no hay consenso sino límites mejor definidos, retornos a las motivaciones de cada uno. Ninguno de los dos cocineros utiliza el estilo o los ingredientes del otro, tienen la experiencia en otros entornos, bajo diferentes expectativas y necesidades, ambos se afianzan en lo de cada uno. Aoy lo intenta y decide que el reconocimiento de cocinera se lo da ella misma, luego del estudio y de la experiencia, apartada de un camino de sudor, lágrimas y sangre para ser la chef que asciende por la caída de otros, en un medio en donde las equivocaciones no tienen cabida o generan traumáticas vivencias. En Hambre “comer” se relaciona con el control: ¿qué se come?, ¿quién prepara la comida?, ¿para qué?, ¿qué se siente o se recuerda al comer? En el hecho de cocinar hay un poder afín con el deseo, el ego, con lo tanático, la ambición, el amor, la abundancia, entre otras cuestiones. Aoy descubre que hay restricciones y represiones en el servicio de otros cocineros, por eso siente la necesidad de demostrar una subjetividad, de generar un efecto en el comensal, de comunicarse de forma complementaria y no caprichosa a través de lo implícito en el arte culinario, de lograr una coherencia que venga desde el contexto, la tradición local y la necesidad de alimentar el cuerpo y el alma con cada comida. Este es el sentido de la cocina para Aoy.



