Giuseppe Caputo: es negra la luz esta noche
Por: Daniela Parra Quiroga
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Foto: elpais.com.co
Una imagen aparece dentro, Caputo sabe sentirla, se hunde, aprieta las uñas, lo alcanza. Primero llegan las imágenes, luego escribe; no las busca, ellas aparecen. “Se trata de estar susceptible” diría él. Como la visión de una casa en una calle oscura y lejos, la luz. Al lado, el mar: la tiniebla eterna. Las olas traen y se llevan cosas: una lámpara, relojes precisos —vivos— y un sofá rojo lleno de algas—nauseabundo—. En Un mundo huérfano, la primera novela de Giuseppe Caputo, “el mar es como Dios: a veces trae algo y a veces nada”, diría él.
Nació en Barranquilla, en 1982. Estudió en un colegio católico donde recitaba a Santa Teresa junto a San Juan de la Cruz y escuchaba cantos litúrgicos que hoy —aunque ya no es creyente— rememora para encontrar el ritmo místico de su escritura. Pocas veces ha sentido una emoción estética con tal intensidad, como cuando vuelve a esos textos primigenios o lee a Alda Merini. Es periodista de la Universidad de la Sabana y literato de la Universidad de Barcelona; realizó la maestría en Escritura Creativa para autores en español de la Universidad de New York y se especializó en Estudios Queer y de Género en la Universidad de Iowa.
De padre italiano y madre barranquillera, creció escuchando la desgracia de los edificios frente a su casa sepultando el río. Su padre hablaba de un pequeño pueblo en ruinas, devastado por la Segunda Guerra y una gruta que le sirvió de escudo para evitar su muerte. Huyó de allí refugiándose en Colombia y se dedicó a la carpintería: hizo un hijo, a quien llamó tal como él.
Su debut literario, Un mundo huérfano, publicada en 2016, fue galardonada con el premio PEN por su traducción al inglés. Esta novela inaugura el retrato excéntrico y tierno de un hijo preocupado por su padre como un padre. A veces —en sus imágenes— Caputo los veía como dos amigos, dos amantes. Hijo y padre sobreviven a tientas respirando en la miseria, ingeniando formas de avanzar, fracasando contundentemente. La respiración de la novela es un gemido intermitente, el éxtasis triste de un adolescente abandonado a la ruleta virtual que ofrece cuerpos, palabras rotas y directas, —orgasmos— a un clic.
En esta obra ocurre una masacre, los cuerpos desmembrados cuelgan como frutos obscenos. “Busco una reelaboración artística de la violencia, transgredir los problemas éticos y estéticos de su representación”, diría él. Por eso, los cuerpos parecen flores de carne muerta, no sólo allí —ante el grito de horror—, también en el laberinto de sauna y pasión exprés: la continuidad carnal de la ruleta virtual.
“Para Caputo, la escritura es su tiempo feliz —un encuentro tierno y travieso—, ajeno a la presión neoliberal de la eficiencia y productividad, que no traen más que ruina al corazón. “No vivo de la escritura”, diría Caputo. Así frena a quien le apresura la publicación de su próxima obra”
Estrella madre, su segunda y última novela, publicada en el 2020, sigue el recorrido de un hijo ante la espera eterna de su madre. Paralizado, inerte, la confunde con el sol: estrella madre. El paisaje está sepulto, las montañas y ríos putrefactos: todo un espectáculo de naturaleza bella y muerta. Las paredes del edificio donde vive son porosas, habla con las vecinas a grito herido. Al frente, una obra en construcción: a veces, dos obreros temblando en el cemento —amándose—. Siempre: la espera inmóvil; madre no llega, cuando llama —no se escucha—. Entonces, la telenovela irrumpe, el hijo suele verla junto a sus vecinas, es todo un melodrama bajo la forma de la espera.

Caputo admira el compromiso ético que genera la telenovela; si ocurre una injusticia, tiene nombre propio: hay gritos, lágrimas, indignación; luego ocurre la emoción cuando se resuelve: es la carencia convertida en deseo.
Giuseppe se ríe, habla de los poemarios fantasmas que, según algunas páginas web, él ha publicado. Están escritos, sí, pero inacabados —duda infinito la métrica de los versos—. Por eso no los da por terminados. Los títulos tienen su sello: “Jardín de carne”, “El hombre jaula”, “Los nacimientos de Jesús” y “De noche los cuerpos”.
Para Caputo, la escritura es su tiempo feliz —un encuentro tierno y travieso—, ajeno a la presión neoliberal de la eficiencia y productividad, que no traen más que ruina al corazón. “No vivo de la escritura”, diría Caputo. Así frena a quien le apresura la publicación de su próxima obra. Ha sido colaborador de El Tiempo y la extinta revista Arcadia; trabajó como director de comunicaciones de la editorial Alfaguara en Bogotá y como director de contenidos culturales de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Participó del programa audiovisual de la Biblioteca Luis Ángel Arango “Primeras impresiones”, un encuentro dialogado sobre la obra de jóvenes escritores y escritoras. Actualmente es profesor y administrador del Máster en Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo.
Mientras escribía sus dos novelas, Caputo las nombró “Nacimiento incesante”. “Parecía un título, pero era un faro”, diría él. Muestra de ello son los guiones en su narrativa, abundan —proliferan—, son varias dimensiones de un mismo espectro. Su trazo poético hace de la música un ciclo profano y sacro de muerte acercándose a la resurrección.
En el segundo piso de la Biblioteca Centenario, lo esperan. Sube las escaleras con un bolso de tela sujeto al hombro y viste una guayabera blanca; el viento le inflama el vientre. A sus ojos los cierran pestañas largas, cejas gruesas, rictus suave. Huele a perfume, el espacio se inunda. Allí lo saludan, le dan la bienvenida, celebran la reapertura de la Red de Bibliotecas Públicas de Cali.




