Entrevista

Nuevo libro del profesor Carlos Ayram

Con el sello editorial Peter Lang, el profesor Carlos Ayram ha publicado su más reciente obra: Espectros de la discapacidad: insurgencias del cuerpo tullido en novelas del Cono Sur. En el libro, que se deriva de su investigación doctoral, el autor reflexiona sobre la discapacidad física, las discapacidades no representativas y la potencia y compromiso de la narrativa del Cono Sur para generar estéticas y posicionamientos diversos a partir de la disidencia sexual, corporal y mental. La Palabra ha dialogado con él para conocer detalles de este nuevo título en su producción bibliográfica.

Por: Alejandro Alzate

Carlos Ayram, profesor de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. Foto: Tomada de Facebook.
Carlos Ayram, profesor de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. Foto: Tomada de Facebook.

Alejandro Alzate (AA): El concepto de cuerpo tullido traza el horizonte epistemológico del texto. ¿En qué medida esta categoría supera, o modifica, las aproximaciones tradicionales de los Disability Studies y cuáles son las implicaciones críticas de su formulación desde el Sur Global?

Carlos Ayram (CA): Cuerpo tullido es una propuesta teórica y metodológica que utilizo para leer las representaciones literarias de mentes y corporalidades rebeldes a la norma en ficciones y novelas producidas, mayoritariamente, en el Sur Global. En ocasiones, pareciera que el interés dentro del ámbito de los estudios de la discapacidad se concentra exclusivamente en el cuerpo incompleto, el cuerpo monstruoso o el cuerpo en falta. Sin embargo, no se trata de retornar con fetichismo a esa materialidad agraviada, sino de revisar cuál es la organización social de la opresión y, más aún, cómo actúa la organización histórica de esa opresión sobre corporalidades desobedientes y al margen de la norma. Cuando escuché que en España activistas y teóricos de la discapacidad empleaban la palabra tullido en un gesto muy generoso de traducción de las teorizaciones anglosajonas sobre la identidad Crip, tuve la necesidad de preguntarme si esa forma de nombrar funcionaba de la misma manera en nuestro propio contexto geopolítico.

A partir de esa inquietud, me propuse ofrecer, en este libro, una aproximación decolonial que funcionara como crítica y como posicionamiento, para atraer el vocablo hacia nuestro contexto y pensarlo desde su conexión con una matriz colonial del poder y del saber. De igual manera, para mí fue importante proponer este concepto a partir de una escucha y una lectura atentas de algunas de las formulaciones e invitaciones que surgen en el corazón de los activismos y las militancias de la discapacidad en nuestra región. Asimismo, creo que he ido encontrando en la literatura reciente la palabra tullido/a como un término conveniente para nombrar la encarnación compleja que atraviesan ciertas subjetividades. Pienso en la más reciente obra de María Moreno, La merma, que acude a este vocablo sin ningún tipo de reparo y de vergüenza, sino como situación excepcional para nombrar ese nuevo estar en el mundo. Como lo planteo en el texto, cuerpo tullido constituye una posibilidad para nombrar un tipo particular de experiencia de la discapacidad y, en ningún caso, pretende desconocer otras propuestas teóricas y políticas que han semiotizado la disidencia corporal a partir de palabras como disca, discapacitado, freak, rengo o chueco, así como sus intersecciones feministas y trans, en propuestas como transchueco o feminidisca, por nombrar algunas.

AA: Uno de los méritos de este libro es que se arriesga a proponer una “metodología tullida”. ¿Qué fundamentos teóricos la sustentan? ¿Cómo esta metodología modifica o afecta las formas convencionales de leer la representación literaria de la discapacidad?

CA: Cuando estaba escribiendo este libro, pensaba en cómo nombrar lo que estaba haciendo y en la forma en que me estaba acercando a materiales principalmente literarios en los cuales aparecían figuraciones de cuerpos que producían una especie de cortocircuito en los protocolos dominantes de representación de la discapacidad, como menciona Ato Quayson. En lo que me estaba fijando era en cómo esos cuerpos alborotan sus condiciones de figurabilidad y agencia a través del mismo discurso que los nombra. Por eso pensé que la metodología que estaba utilizando, o que estaba intentando construir, era, de cierta manera, también una metodología tullida, que cojea, que renguea, como dice Carolina Ferrante, que emprende un camino interpretativo diferente, más pausado, menos arrogante.

No se trataba solamente de ofrecer un conjunto organizado de pasos para constatar la presencia de la discapacidad como tema o como simbolización en los textos literarios, sino de proponer una posibilidad de lectura que privilegiara el entrecruzamiento entre la textualidad, el cuerpo y la potencia afectiva presente en las novelas. Propuse, entonces, una metodología tullida como un gesto necesario para poder pensar esas representaciones desde otros lugares, desbordando los protocolos de lectura que tienden a estabilizar la discapacidad como una categoría fija, una identidad reconocible o un simple contenido temático. Se trata, más bien, de atender a aquello que los cuerpos hacen y a aquello que los textos hacen con los cuerpos, particularmente cuando sus figuraciones interrumpen, desorganizan o tensionan las formas normativas de representación. Considero que esta metodología está fuertemente inspirada en los trabajos de Karina Marín, quien propone, por ejemplo, la exhumación como metodología de lectura de las literaturas nacionales. También pienso en la metodología que propone Susan Antebi, cuando considera la discapacidad como un concepto transhistórico que puede resultar oportuno para explicar las relaciones que diferentes sociedades, en distintos períodos históricos, han establecido con la diferencia mental y corporal. Asimismo, soy deudor, en este caso, de los aportes de Jack Halberstam, un gran teórico queer que nos ha instado a pensar que es posible aproximarnos a los fenómenos culturales “desde abajo”, no necesariamente para contribuir a la construcción de paradigmas explicativos, sino para implicarnos en ellos.

Como lo planteo en el texto, cuerpo tullido constituye una posibilidad para nombrar un tipo particular de experiencia de la discapacidad y, en ningún caso, pretende desconocer otras propuestas teóricas y políticas que han semiotizado la disidencia corporal a partir de palabras como disca, discapacitado, freak, rengo o chueco, así como sus intersecciones feministas y trans, en propuestas como transchueco o feminidisca, por nombrar algunas.

AA: ¿Por qué se percibe una reapropiación del término tullido en lugar de sustituirlo por categorías políticamente más aceptables? ¿Cuáles serían los alcances éticos, políticos y decoloniales de esta decisión?

CA: Esta pregunta es muy interesante y creo que en el libro doy cuenta, en alguna medida, de ese reclamo decolonial del término tullido, manteniendo este vocablo como una oportunidad crítica. Particularmente para mí, el término tullido, que utilizo además como sustantivo, pero que también me permito declinarlo como verbo para tullir los discursos dominantes sobre el cuerpo, la sexualidad y el lenguaje, no busca mantener algún tipo de deuda con el orgullo hispánico, que me parece muy importante, sino, más bien, excavar en ese dolor histórico que está agazapado en una palabra saturada de negatividad, pero que, dentro de este trabajo, se presenta como oportuna, conveniente y crítica.

Creo que las instituciones sociales han legislado ampliamente en torno a la discapacidad y han domesticado las palabras que han servido para categorizar a ciertos sujetos y determinadas subjetividades y, al mismo tiempo, para hacernos usar dichas palabras porque se suponen consensuadas por especialistas y doctos, pero no necesariamente por personas con discapacidad. En ese sentido, creo que desobedezco, en alguna medida, las formas en que actualmente se nombra a las personas con discapacidad, respetando, por supuesto, que no existe una única manera de referirse a ellas. De hecho, creo que una de las grandes invitaciones de este libro es precisamente a escuchar las formas y maneras en que las comunidades históricamente patologizadas se están nombrando a sí mismas, así como las luchas y tensiones históricas que se encuentran detrás de esas insurgencias y desobediencias. Por tanto, creo que tullido puede ser una categoría provisional. Puede que su utilidad se limite a leer las operaciones representacionales de ciertos cuerpos en determinados textos, pero puede que también sea sometida a discusión, desplazada o incluso abandonada. Creo que también debería serlo en algún momento. Las categorías críticas no tienen por qué aspirar a una permanencia absoluta; pueden ser herramientas situadas y provisionales.

Ahora bien, considero que las palabras que han sido reivindicadas en la historia de las disidencias corporales y sexuales —por ejemplo, queer, marica, tortillera, discapacitado o monstruo— tienen hoy valencias positivas muy distintas. Muchas comunidades académicas y activistas se han apropiado de ellas, las han resignificado y las han convertido en herramientas de lucha, luchas que comienzan, justo, en el terreno del lenguaje. Creo que es necesario devolverles a estas palabras su espesor político: volver a ellas, a sus sentidos heredados, a los sentidos que les fueron impuestos, pero también a esos sentidos extensivos que comienzan a florecer cuando las comunidades las reapropian y las hacen funcionar de otras maneras.

AA: La noción de espectralidad tiene una figuración importante en el libro. ¿Por qué es importante reflexionar sobre este concepto en la literatura hispanoamericana actual? ¿Cómo permite comprender la persistencia histórica de las formas de exclusión y resistencia?

CA: El espectro se vuelve una figura de compañía a lo largo del recorrido de este libro. Si bien no estoy interesado en disertar filosóficamente sobre la espectralidad, aunque creo que esta constituye uno de los puntos de partida para poder hablar de ese giro espectral de las ciencias sociales, sí me parece muy importante pensar que el proceso reconstructivo que este libro propone, al menos en su primera parte, atiende específicamente al espectro, que, como bien sabemos desde Derrida, es cosa difícil de nombrar y de asir.

Para mí, es muy importante darle un lugar a esas presencias que se van desvaneciendo, o que se han desvanecido en la imaginación cultural, pero que continúan acechando el presente de nuestro mundo herido. Me interesa pensar el espectro en su dimensión de compañía o de compañero, porque algo de su forma anterior permanece como un vestigio que se vuelve, por supuesto, luminoso. De hecho, en algunas novelas hay espectros que van siendo guías y compañeros de viaje de los narradores y de los protagonistas de las historias y creo que hay que leer esa condición espectral también de una manera peculiar. De cierta forma me entusiasma mucho dialogar con el trabajo que ha venido haciendo Karina Marín a propósito de su metodología de exhumación de cuerpos porque creo que, al exhumar y al desenterrar aquello que ha sido sepultado por el silencio nacional o por el odio, se puede encontrar allí alguna forma que contradice el estereotipado relato de la historia.

También me interesa pensar que hay espectros a los que les tenemos miedo, y que son precisamente aquellos que reverberan en estas escrituras y que se vuelven presencias casi ubicuas: los espectros de un cis/psi/sistema corporal, sexual y mental que ha sido auspiciado, en buena medida, por el colonialismo y el capitalismo global. Estos sistemas, a su vez, producen formas espectrales en nuestra sociedad. Creo que este trabajo bebe, en alguna medida, de esa necesidad de conjurar e invocar esas figuras de la espectralidad, porque ellas nos anuncian, con sus saberes en riesgo de desaparecer, cuestiones que resultan fundamentales para leer nuestro presente y, por qué no, repensar el futuro.

Propuse, entonces, una metodología tullida como un gesto necesario para poder pensar esas representaciones desde otros lugares, desbordando los protocolos de lectura que tienden a estabilizar la discapacidad como una categoría fija, una identidad reconocible o un simple contenido temático.

AA: El libro propone críticas sistemáticas al capacitismo, a la colonialidad y a la heteronormatividad. ¿Cómo estos sistemas aparecen articulados y cómo las novelas estudiadas re-producen formas de resistencia simbólica?

CA: Creo que uno de los esfuerzos de este libro, en particular, consiste no solo en ofrecer un modelo de análisis literario, sino, más bien, en pensar cómo, desde la literatura, entendida como tecnología representacional, se puede construir una lectura atenta, situada y crítica de la interferencia de los sistemas de dominación en la vida. Pienso que esa relación, que más bien he leído como un entrecruzamiento entre colonialidad, heteronormatividad y capacitismo, se vuelve productiva, al menos, en la posibilidad de identificar cómo esa colusión produce ficciones y delirios colectivos obsesionados con la capacidad y el rendimiento corporal, con la necesidad de asegurar linajes antropocéntricos y, por supuesto, con reproducir un conjunto de verdades y valores que han sido inoculados por siglos de colonización en nuestro continente. Las novelas, al menos el recorte que hago en el corpus del libro, me permite entender cómo ese entrecruzamiento genera también opresiones entrelazadas y organiza nuestra sensibilidad contemporánea. Pienso que las novelas que estudio y analizo en el libro dan cuenta, por un lado, de la forma en que estos sistemas se inscriben en la piel y en los cuerpos de los personajes, pero, al mismo tiempo, también registran gestos y pequeñas sublevaciones que van dando lugar a otras formas ordinarias de existencia.

Por ejemplo, pienso en la novela Bulto, de Víctor Quezada, que nos propone un contrato de lectura con un hombre emasculado, es decir, un hombre que pierde el pene a los treinta años y que comienza a navegar por el territorio de los deportes innombrables con hombres solitarios en zonas abiertas de la ciudad de Buenos Aires. Su deambular por las riberas del río permite que el personaje desoiga, después de la muerte de su padre, el llamado a reproducir el mandato heterocentrado y doméstico, es decir, volverse el hombre de la casa. O, por ejemplo, en una novela como Las primas de Aurora Venturini, en la que Yuna, su personaje principal, diagnosticada con dislalia por una fonoaudióloga a muy temprana edad, comienza un proceso de doble aprendizaje.

Por un lado, está el aprendizaje de la lengua, que es lo que más le cuesta incorporar debido a su trastorno lingüístico; y, por otro, está su formación como una artista extraordinaria y excéntrica en la Argentina de la década del 40 del siglo pasado, lo que la lleva a lograr autonomía a pesar de los daños y agravios que recibe constantemente en su familia disfuncional donde hay otras alteridades tullidas. También puedo pensar en una novela como Mugre rosa, de Fernanda Trías, que, si bien alerta sobre las condiciones en las que se trama el fin del mundo, no muy lejanas de las que estamos presenciando en este momento, hace persistir escenas de cuidado e interdependencia que anuncian también otras formas de ensamblajes emocionales y parentescos inesperados, justamente allí donde el mundo deja de presentarse como una promesa de continuidad y aparece, en cambio, como un colapso irremediable.

Foto: abebooks.com
Foto: abebooks.com

AA: El libro propone que la discapacidad no debe entenderse, exclusivamente, como una condición médica; por el contrario, plantea que debe asumirse como una experiencia política, estética y afectiva. ¿Podrías desarrollar esta afirmación?

CA: Creo que asumir la discapacidad más allá de su valor como modelo médico, que la explica en términos de minusvalías o deficiencias, implica asumirla, en este libro, como una categoría flexible y muy elástica, a través de la cual se puede elevar el debate teórico sobre las condiciones de organización social de la opresión y, al mismo tiempo, posibilitar la identificación y narración de experiencias que desbordan los marcos ideológicos asociados con la salud, la enfermedad y la capacidad obligatoria.

Desde el siglo pasado, la discapacidad fue arrancada del podio del saber biomédico y psiquiátrico; dejó de ser considerada, como señalan David Mitchell y Sharon Snyder, el tropo maestro de la descalificación humana y se convirtió en una zona de creación, en un espacio de afirmación y ratificación de identidades minoritarias, aunque haya que tener cierto cuidado con la idea de identidad como una cuestión fija y estable. Esta es, precisamente, una discusión que los teóricos recientes de la discapacidad han contribuido a complejizar: la discapacidad no es solamente una propiedad estable de ciertos cuerpos, sino que puede ser una identidad provisional, temporal o, incluso, asignada de manera arbitraria por políticas estatales represivas. También ha resonado como un modelo para la constitución de experiencias estéticas y culturales; por eso hoy podemos hablar de culturas públicas discas. Además, me interesa señalar que es a través de la discapacidad como también se fisuran algunas de las ficciones dominantes que existen sobre el cuerpo, la sexualidad e, incluso, el futuro. En ese sentido, la discapacidad no constituye únicamente un objeto de representación, sino también una categoría crítica desde la cual es posible interrogar y desestabilizar los modos en que hemos aprendido a imaginar qué cuerpos importan, qué formas de vida son deseables y qué futuros pueden llegar a ser posibles.

AA: El libro plantea que las novelas estudiadas transforman los modos de representación literaria. ¿Cómo puede entenderse la relación que surge, en ellas, entre las retóricas tullidas, el fracaso, el cuidado, el litigio y la interdependencia?

CA: Esta afirmación se sitúa en una reflexión que hace Atto Quayson a propósito de cómo pensar los procesos de representación de la discapacidad en el discurso literario. Si bien la intención de Quayson es observar cómo la introducción de figuras corporalmente anticanónicas en la tradición literaria euroamericana genera cortocircuitos en la representación y paraliza, también, la forma en que se concibe de manera realista la experiencia encarnada de la discapacidad, lo que logro identificar en este corpus es un interés y una sensibilidad particular por la forma en que se están gestionando esas figuraciones de la diferencia y de la disidencia mediante repertorios, imaginarios y afectos que casi siempre bordean lo negativo y que construyen una imagen muy distinta de los personajes discapacitados que están presentes, al menos, en la historia de la literatura. Ya no son solo personajes que son efecto de decisiones de la trama o que aparecen de manera circunstancial y secundaria, sino que, desde el propio cuerpo y desde esa conciencia encarnada, al menos desde la representación que se hace de ellos, producen cosas, dirigen sus malestares hacia las instituciones o incluso se alejan progresivamente de ellas, como ocurre, por ejemplo, con la familia, y emprenden trayectos y desvíos que mapean otro tipo de espacios, comunidades y afectos que los hacen parte de una vida común distinta.

Particularmente para mí, el término tullido, que utilizo además como sustantivo, pero que también me permito declinarlo como verbo para tullir los discursos dominantes sobre el cuerpo, la sexualidad y el lenguaje, no busca mantener algún tipo de deuda con el orgullo hispánico, que me parece muy importante, sino, más bien, excavar en ese dolor histórico que está agazapado en una palabra saturada de negatividad, pero que, dentro de este trabajo, se presenta como oportuna, conveniente y crítica.

A mí me parece muy interesante pensar, por ejemplo, cómo hablan estas voces y qué recursos se están utilizando para ejercer ese turno de habla; además, hay que considerar que históricamente, las personas y los personajes con discapacidad no han sido considerados sujetos de discurso, salvo contadas excepciones, y de esto también hablo en el libro. Por eso, me interesa leer estas novelas también como una especie de depósito de retóricas a través de las cuales se nombran formas distintas de ser, de estar y de compartir con otros. Por ejemplo, me interesa también, en términos textuales, pensar cuáles son las figuras de pensamiento o de dicción que aparecen en los textos como, por ejemplo, la sinestesia, la écfrasis, la hipotiposis, la paradoja, la prosopopeya, es decir, de todas formas, hay un tratamiento literario e intencional desde el lenguaje que también estructura la sensibilidad de estas voces narrativas y que les permite realizar lecturas de sí mismas y del mundo circundante.

Por otro lado, esto renueva algunos sentidos muy negativos asociados con la experiencia de habitar el margen y de considerarse un sujeto fracasado, porque, de cierta manera, estos personajes no prosperaron bajo las líneas exitistas en las que están pensadas los mandatos culturales de la felicidad y el progreso. En cambio, aprovechan ese fracaso para elaborar dignidad o interrumpen el ciclo patologizado y dependiente del cuidado para establecer otro tipo de relaciones y parentescos. Estas relaciones, por supuesto, atraviesan el agotamiento y están marcadas también por el uso de los cuerpos como mercancía, pero, de cierta manera, se convierten en prácticas muy necesarias y vinculantes entre los personajes.

Creo que, de alguna forma, todo esto ofrece otras posibilidades para pensar de manera más compleja el asunto de la representación en el discurso literario.

AA: ¿Cómo y por qué la discapacidad puede entenderse como una categoría “óptima” para reinterpretar la literatura hispanoamericana contemporánea? ¿Cuáles son sus aportes y sus límites?

CA: Creo que la discapacidad es una categoría posible para, por un lado, leer las ansiedades sociales, políticas y existenciales que las sociedades modernas y coloniales tienen relación con experiencias liminales como la enfermedad, la deformación y la pérdida del estatus de ser humano y, por otro lado, yo creo que la discapacidad también es una categoría viajera, como dice Elizabeth Barnes, cuando habla de la gran posibilidad de desplazarla a través de las tradiciones y momentos históricos para reconocer, allí donde tal vez no se ha reconocido con suficiente nitidez, la discapacidad. Creo que este es un ejercicio muy productivo. Por ejemplo, mi libro ofrece una genealogía tullida desde América Latina, y este trabajo reconstructivo y crítico me permitió navegar por parte del archivo colonial de nuestra América para percibir que las prácticas de la tortura, la mutilación o incluso del secuestro indígena pueden constituirse también en prácticas de devaluación de la dignidad humana y de la construcción de alteridades diferenciadas en el contexto de las expansiones imperiales. Lo anterior puede ser leído desde esa necesidad de darle un nombre, no tanto a la condición corporal específica, pero sí al proceso involucrado de asignación a ese tipo de corporalidades que fueron, en este caso, tullidas. Pienso que la discapacidad puede ser una herramienta y una metodología de lectura y, además, deja de ser un término perdido, como alguna vez lo manifestó Lennard Davis.

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