Aquí hay un pueblo: memoria, cuerpo y tradición en escena
La Palabra ha dialogado con Manuel Viveros, dramaturgo, investigador y académico para conocer detalles de Aquí hay un pueblo, montaje emblemático de la maestra Delia Zapata Olivella. El reestreno de esta pieza teatral obedece a una intención clara: seguir el camino de indagación crítica sobre las poblaciones afro, sobre su idiosincrasia y el significado de su presencia física. En ese sentido, la lectura de las corporalidades cobra un valor estético, pero también cívico y a la vez político.
Por: Alejandro Alzate

Alejandro Alzate (AA): Esta obra nació como tal en la década del setenta. ¿Cómo se leían entonces lo cuerpos negros y cómo se leen hoy? ¿Ha cesado o no el racismo estructural?
Manuel Viveros (MV): Lo primero que es importante resaltar es que, en las décadas del cuarenta, cincuenta y sesenta surgió, digamos, un primer bloque de pensadores afrodescendientes que se instaló en Bogotá. No obstante, fue en la década del setenta cuando aparecieron por primera vez algunos visos con los cuales se caracterizaron rasgos importantes de las comunidades afro en Colombia. Dentro de ese primer grupo de intelectuales y artistas, de ese primer “bloque”, estuvieron, desde luego, los hermanos Zapata Olivella. En los setenta Bogotá era una ciudad que no reconocía bien la variedad étnica de la que estaba compuesto el país. Si bien eran momentos complejos en ese sentido, también es cierto que ahí, en ese contexto, surgieron las bases de un pensamiento más amplio e integrador, dentro del cual Rambao, por ejemplo, jugó un papel fundamental para la mayor y mejor comprensión de los fenómenos étnicos. En relación con el racismo estructural debo decir que aún persiste. Las manifestaciones que lo hacen persistente son múltiples y muy complejas. Es algo que ha condicionado las formas de ver y sentir a las comunidades afrodescendientes. En mi barrio, por ejemplo, yo soy el único afrodescendiente y a veces la gente se extraña de que yo camine por mi cuadra. El problema del racismo estructural es que está encarnado en las formas de pensar, vivir y habitar los espacios. Algunas veces, cuando voy a un restaurante con mi novia en Bogotá, a mí me pasan la carta en inglés, situación que me lleva a pensar lo siguiente: ¿no puede un afrodescendiente colombiano pagar la cuenta en un restaurante capitalino?
Buena parte de las representaciones culturales afro deben desmarcarse de los espacios a los cuales, justo, nos ha enviado el racismo estructural. Se espera que siempre estemos en los terrenos del folclor, de la nostalgia por África y la denuncia. Creo que debemos pasar de eso, tan reduccionista, a un rol de crítica consciente y bien elaborada.
AA: La representación política del cuerpo se posiciona como una instancia donde se mezclan idealismo y marginalidad. ¿Qué aporta el teatro en relación con el desarrollo cívico, político y espiritual de las comunidades afroamericanas?
MV: En Colombia, y desde el ámbito teatral, todavía nos falta entender, como se entendió en los Estados Unidos, la capacidad del teatro para disputar espacios de representación, para desafiar formas de pensar y denunciar, de una manera inteligente y artísticamente bella, los fenómenos de disparidad étnica, social, política y económica. Eso es lo que nos falta para superar aquellas visiones ligadas a lo exótico. Buena parte de las representaciones culturales afro deben desmarcarse de los espacios a los cuales, justo, nos ha enviado el racismo estructural. Se espera que siempre estemos en los terrenos del folclor, de la nostalgia por África y la denuncia. Creo que debemos pasar de eso, tan reduccionista, a un rol de crítica consciente y bien elaborada.

AA: Rambao es un profesor que busca justicia más allá de los límites de su pueblo, ¿En ese viaje qué es lo más positivo y negativo que encuentra?
MV: Me parece que en su viaje Rambao descubre el peso de su propia intervención en la comunidad; es decir, Rambao se hace consciente de su rol como docente y como modelo de ciudadano, pero al mismo tiempo descubre que él mismo se ha perdido en esa idea de responsabilidad social. Que él mismo desconfiguró esta imagen de ciudadano, y que esa imagen de ciudadano que él tenía como modelo, se va deteriorando, se va corroyendo, se va desmoronando, si no es entendida junto a las cualidades del contexto, con las características de la comunidad de la que se hace parte.
El legado más importante de Delia es que vio, con muchísimos años de anticipación, la importancia de una Colombia pluriétnica y multicultural. Así pues, uno puede leerla como una coreógrafa, pero también puede entenderla como una investigadora de los estudios del performance, como una visionaria en términos de artes vivas y también como una maestra de danza teatro.
AA: Más allá de haber sido una extraordinaria coreógrafa, Delia Zapata fue una pensadora que buscó la reivindicación de la cultura afro, de sus ritos y símbolos. En tu opinión, ¿qué es lo más destacable de su legado?
MV: Parte de mi discusión académica sobre cómo leer y entender a Delia incluye asumir que la maestra entendió la trascendencia del cuerpo dentro de una comunidad. Esto es, con su trabajo investigativo, con su trabajo coreográfico, Delia no solamente quería bailar o enseñar sobre danzas o enseñar sobre cualidades folclóricas; ella entendió que lo que compone culturalmente a una comunidad es exactamente lo que la identifica. Pensando en Colombia.
El legado más importante de Delia es que vio, con muchísimos años de anticipación, la importancia de una Colombia pluriétnica y multicultural. Así pues, uno puede leerla como una coreógrafa, pero también puede entenderla como una investigadora de los estudios del performance, como una visionaria en términos de artes vivas y también como una maestra de danza teatro.

AA: Cincuenta años después, ¿qué conversación propone hoy Rambao a la cultura nacional? ¿Cómo la interroga y qué le sigue reclamando?
MV: Entendimos que el primer Rambao, ese de los años setenta, le sugería a Bogotá, como centro del país, reconocer a un otro, un otro que además no tenía una imagen única, como los estereotipos; ese otro era variado y era distinto. Se componía de muchas caras, de muchas facetas, de muchas dimensiones. De allí que ese primer Rambao incluía gente de las dos costas del país: del Caribe y del Pacífico. Cincuenta años después, este segundo Rambao lo que propone es volver a Bogotá, pero ya no para interrogarla sobre la presencia negra, sino a cuestionarle cómo la entiende, dónde la quiere ver, qué espera que sean sus acciones, o sea, qué es lo primero que se le viene a la cabeza cuando ve cuerpos negros dentro y fuera de un escenario, y además de ello, que entienda la complejidad de la realidad de muchas comunidades negras fuera de Bogotá.



