Editorial Diciembre 2015
Hacia la segunda mitad de la década de los años setenta entré a estudiar filosofía en la Universidad del Valle. Era un tiempo propicio para la reflexión y para sumergirse en la historia de las ideas, pues el gran movimiento de la contracultura iniciado en los años sesenta, nacido después de la Segunda Guerra Mundial, había dejado en la juventud y en el mundo una temperatura propicia donde podía germinar la semilla del cambio en las costumbres, o por lo menos eso sentíamos y pensábamos los jóvenes contestatarios de aquella época.
La Cali de esos días estaba convulsionada por el verdor de una actividad política que congregaba no sólo a obreros, a profesores e intelectuales, como también a los estudiantes universitarios. Eran los días cuando en las aulas de la Universidad del Valle se escuchaba intermitente el conocimiento en las voces de: Francisco Jarauta, Estanislao Zuleta, Gustavo Álvarez Gardeazabal, Germán Colmenares, Lelio Fernández, Jean Paul Margot, Adolfo león Gómez, Enrique Buenaventura, Juan Manuel Jaramillo, y otros nombres que ahora debo omitir por no ser este el espacio para lograr una lista de seres dedicados al pensamiento.
Recuerdo que la actividad de los estudiantes en esos primeros días del primer semestre, fue empezar a conocernos y hacernos compañeros, inicialmente nos reuníamos en los pasillos y luego en un lugar ubicado en los jardines de la entrada del edificio de ciencias, al que bautizamos como: “El Jardín de Freud” lugar que poco a poco se tornó famoso no sólo en la universidad, también en todo Cali; sitio propicio para el diálogo, a donde acudían no sólo los estudiantes de Filosofía, en poco tiempo fue frecuentado por toda la facultad de Humanidades y luego por el estudiantado de todas las carreras. Ahí se conversaba sobre psicoanálisis, sobre teatro, sobre música, literatura y terminó siendo un espacio para conspirar y organizar el movimiento estudiantil, beligerante de aquella época. Yo seguí indagando la procedencia de nuestros compañeros, me era necesario saber qué leían, cuáles eran sus gustos literarios y su inclinación filosófica, bastaron cortas semanas para que ese ámbito fuera poco a poco delatando nuestras inclinaciones y nuestras simpatías, entre los jóvenes con quien logré conectar estaban Carlos Zatizábal, hoy profesor de la Universidad Nacional, Pablito Rodríguez y Ángela Robledo, historiador el primero y literata la segunda, también profesores de la Universidad nacional, Orlando Almanza, abogado y filósofo y Edgar Varela. Con ellos se formó un grupo de estudio y de lectura que tenía como sede los predios de la piscina de la Universidad, en ese ambiente de deportistas, de cuerpos piscineros y de niñas esculturales, día a día seguíamos las lecturas que nuestros maestros no recomendaban, poco a poco fuimos devorando las páginas de las obras de Descartes, Aristóteles, Platón, Kant y Heidegger. Ya en el segundo semestre éramos conocidos como los “intelectuales de la piscina” Grandes estudiosos, eruditos, buenos alumnos orgullo de sus maestros, cada uno se destacaba por el manejo de algún tema, pero entre todos mis compañeros, era Edgar Varela el más destacado, tal vez por su sensibilidad social que mezclaba muy bien con el conocimiento, parecía que era el único que tenía una aplicación real de lo que aprendía. Hoy puedo pensar que desde muy temprano sus preocupaciones fueron múltiples, entre ellas el tema de la educación, la organización social.
Abandoné a Cali por treinta años, y en todo ese tiempo alguna vez hable con él. Sé que luego su interés e inclinación evolucionó hacia la administración y hacia la prospectiva, y también sé que nunca abandonó la filosofía, que sus temas lo persiguen como el fantasma de Hamlet a su hijo, porque ante todo es un humanista, un conocedor de la condición de sus semejantes, inclinaciones que nunca abandonó y que finalmente lo han llevado a regir los destinos de la Universidad del Valle.



