Crítica Literaria

Viaje al interior de una gota de sangre

Editorial Alfaguara
134 páginas

Por: Alejandro Alzate

Daniel Ferreira despuntó como promesa de la literatura colombiana en 2006. En ese año fue ganador del concurso de cuento Gaceta con una narración titulada El mundo es una cantina tan grande como el dolor. En ésta, el oriundo de San Vicente de Chucurí (Santander), sentó las bases temáticas y narrativas de lo que realizaría posteriormente en su obra, es decir, narró la crudeza de la violencia, la desgracia de los desastrados, las penurias de hombres y mujeres abatidos por contextos indolentes y, sobre todo, contó la dureza de la experiencia vital cuando todo está en contra, cuando es absolutamente imposible un atisbo de felicidad. Paloma se llamaba la mujer sobre la cual el mundo se ensañaba una y otra vez para recordarle que la medianía, si no es mucho decir, era su condición, su lugar y su máxima aspiración.

Daniel Ferreira (1981), escritor colombiano.
Foto: lasdosorillas.co

Han pasado 16 años desde entonces y Daniel Ferreira sigue narrando el dolor, testimoniando la tragedia. Ahora, mucho más maduro como autor, ha elaborado un proyecto de escritura denominado Pentalogía infame de Colombia. Componen éste, hasta ahora, las novelas: El año del sol negro, La balada de los bandoleros baladíes, La rebelión de los oficios inútiles y Viaje al interior de una gota de sangre. Hoy nos ocuparemos de esta última. Una prosa alejada de los efectismos y las fintas del lenguaje pone al lector en contexto: en un pueblo sin nombre, atrasado y miserable ocurre una matanza el mismo día en que iba a ser coronada la reina de belleza de la localidad. Llama la atención el hecho de que no se identifique el nombre del caserío y lo inespecífico de sus coordenadas espaciales. No obstante, se desentraña el porqué mediante una inferencia apenas esperable: en Colombia la barbarie y la violencia se extienden, campean, impunes por todo el territorio. De tal suerte un lugar puede ser, al tiempo, todos los lugares. Espejo de ellos. Por eso, hablar de territorio, en general, resulta contundente en la medida en que abarca un todo donde han hecho metástasis la paralegalidad y la ausencia del Estado.

La masacre, que padece un grupo de contrabandistas que iba desde Colombia hasta Maracaibo (Venezuela), es narrada in extenso y con minucia «tarantinesca». La brutalidad y la sevicia con que transcurren los hechos son suficientes para dar cuenta del fin de una comunidad en pleno. La más mínima sospecha de que alguien presta ayuda al enemigo, sea este paramilitar, guerrilla o el propio Estado, es motivo de los más horrendos escarmientos. Muy al hilo de la realidad, la presencia intimidante de la triple fuerza armada es un elemento que llena de miedo a las gentes. Hablar se constituye en sentencia de muerte y simpatizar con un bando es motivo de eliminación inmediata y cruel por parte del otro o los otros. En medio de la sanguinaria trama, un hecho adquiere una significación importante:  el asesinato de la comisión judicial que investigaba la masacre de los contrabandistas. Más allá del hecho como tal, que acontece de manera delirante y cinematográfica, lo que subyace es el debilitamiento del aparato estatal. La muerte de los jueces es la muerte de la ley, el ocaso del orden, la inexistencia de la regularización política de la vida. Sin Estado que ordene, entonces, surgen las otras violencias: la doméstica y la sexual; ambas muy presentes en la obra de Ferreira desde el mencionado cuento al principio de esta reseña.

La masacre, que padece un grupo de contrabandistas que iba desde Colombia hasta Maracaibo (Venezuela), es narrada in extenso y con minucia «tarantinesca». La brutalidad y la sevicia con que transcurren los hechos son suficientes para dar cuenta del fin de una comunidad en pleno.

Desde esa perspectiva, la de la emergencia de las otras violencias, Urbano Frías, único sobreviviente de la matanza, corrompe con su poder y su dinero a la madre de Irigna Delfina, mas no a esta, que lo repele con asco. A ella, una muchacha casi anodina, no le interesa prestar favores sexuales a cambio de dinero. Ella es, quizás, el único personaje que no se vende por un puñado de dólares. Frías representa el cuarto poder: el del narcotráfico que se abre, a empellones, un espacio entre la guerrilla, el Ejército y los paramilitares. Camionetas, joyas, lociones importadas, escoltas, armas y pagos en dólares por favores amatorios, son la constante en la vida de este personaje que connota estatus dentro del precario imaginario cultural y axiológico de la mamá de Irigna; que es, a su vez, un espejo de la sociedad de los años 80 y 90 en Colombia.

Foto: camlibro.com.co

Finalmente, hay que señalar que nada en la novela de Ferreira está suelto. Si bien hay momentos en los cuales la redacción es atropellada, como es atropellada la vida misma, todo obedece a una intención de evidenciar, casi con premura, las formas y alcances de nuestra violencia sin traza; violencia que desde hace muchos años dejó de tener respeto por personas como los sacerdotes, actores sociales asumidos, sobre todo en las periferias, a las formas de la justicia y lo correcto. Mala estrella acompañó, también, al párroco Bernardo Partigiani, quien fue ejecutado bajo los cargos de comunista y auxiliador de milicianos. Muertos todos, lo único que queda de este pueblo fantasma es una inmensa nube de polvo que, en su torbellino, rezuma el conjunto de cosas que en Colombia deben cambiar para que no sigan bañándose en sangre los campos y continúen resucitando Desquites sin que nadie pueda evitarlo.

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