Crítica Literaria

Rebelión de los oficios inútiles

Editorial Alfaguara
297 páginas

Por: Alejandro Alzate

Daniel Ferreira (1981), escritor colombiano.
Foto: revistasantiago.cl

Esta es una de las novelas que conforma la Pentalogía Infame de Colombia; un proyecto mediante el cual Daniel Ferreira se ha propuesto explicar la historia de la violencia en el país durante el siglo XX. Fiel a su estilo, el oriundo de San Vicente de Chucurí, Santander, se ocupa de construir una obra ambiciosa técnicamente. Las voces van y vienen como la desgracia: a modo de ruleta. Al lector se le exige no solo complicidad para seguir los hilos de las tramas, sino una concentración igual a la que demanda la vida extraliteraria segundo a segundo. Un parpadeo de más y se reduce a trizas el entendimiento que teje con cuidado un sólido contrapunteo de voces.

Más allá de hacer hincapié en los métodos y minucias de la tortura, tal como sucedía en muchas de las precarias novelas-panfleto de la década de 1930, Daniel Ferreira pone en evidencia el hecho atroz de que el Estado ataque a la población que, por mandato, debe cuidar.

Rebelión de los oficios inútiles se abre a modo de expediente judicial y da una pista temporal clave: 1970. En esta década, de acuerdo con la historiografía, y tras el descontento con la repartición del poder político entre liberales y conservadores, propugnada por el Frente Nacional, emergieron agrupaciones de oposición al establecimiento como el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), la Alianza Nacional Popular (ANAPO) y el Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR). La aparición de colectividades como estas es clave en el espacio-tiempo en que transcurre la novela de Ferreira; de hecho, será una en particular, el denominado Sindicato de Oficios Varios, la que soportará el sustrato histórico de la trama y movilizará las acciones. No en vano, es la comunidad popular -integrada por estudiantes, amas de casa, albañiles, electricistas, líderes sindicales, agricultores, torneros y tapiceros, entre otros- la que busca expresión y legitimidad política, tal como lo hicieron la ANAPO y demás cofradías emergentes. Visto en perspectiva, el ficcional Sindicato de Oficios Varios es igual, pretende lo mismo, que las agrupaciones arriba mencionadas. Es el instrumento mediante el cual el también escritor de Viaje al interior de una gota de sangre y La balada de los bandoleros baladíes arrecia contra la oficialidad. La figura del Sindicato da cuenta de la rigurosidad con que Ferreira arma el rompecabezas de nuestra violencia. Nada en su narrativa es producto del azar. Todo transcurre conforme a una revisión cuidadosa -y desconfiada- de la historia oficial.

En este contexto de indagaciones se hace preciso destacar que en caso de que la intertextualidad existente entre el Sindicato de Oficios Varios y los movimientos previamente mencionados pasase inadvertida, un segundo hecho no lo haría. Se trata de la violencia ejercida por el Estado como método para refrenar los reclamos hechos por las comunidades marginales. En ese sentido, Ferreira hace de su novela un documento que particulariza sucesos atroces cometidos por los aparatos estatales. Véase, verbi gracia, lo siguiente: «a punta de baldados de agua fría lo mantienen despierto las siguientes setenta y dos horas, hasta que vuelve a aparecer en el calabozo el mayor con insultos de grueso calibre y le advierte que ha llegado la hora de mostrarle cuál es el modo de hacer hablar a un mudo, lo sacan a patadas, vendado y esposado y lo pasan a otra pieza vecina, lo cuelgan, atadas las muñecas a un lazo, mientras el mayor lo obliga a sentarse sobre su propio peso, dándole patadas en las espinillas, para ponerle luego choques eléctricos en los dedos de los pies y en los pezones de las tetillas, así por varias horas, diciendo que todo aquello es apenas el comienzo, que si no habla lo obligará a usar métodos menos amables…» (14) .

Foto: panamericana.com.co

Más allá de hacer hincapié en los métodos y minucias de la tortura, tal como sucedía en muchas de las precarias novelas-panfleto de la década de 1930, Daniel Ferreira pone en evidencia el hecho atroz de que el Estado ataque a la población que, por mandato, debe cuidar. Aunado al temor que despertaba en 1970 la paranoia anticomunista, la fuerza pública se vuelca al exterminio delirante de todo individuo o colectividad sospechosa, al combate contra el monstruo interno que la oficialidad necesitaba -entonces como ahora- para justificar sus acciones, su insaciable animus belli. Si bien la ficción transcurre en los años 70, momento en el que se decreta el Estado de Sitio en el país, ¿cómo negar la contundencia de su diálogo con los infames falsos positivos de nuestra historia actual?

A renglón seguido, Rebelión de los oficios inútiles plantea un drama no menor a los ya referidos ataques del Estado a la gente que, en teoría, debería defender. Se trata del problema de la tenencia de la tierra. En las muchas páginas que componen la historia de los sublevados que dirigió la lideresa Ana Dolores Larrota, se evidencia la tenacidad, el empeño gubernamental por mantener sano, fuerte y vigente el régimen de pobreza. La novela es contundente a la hora de poner sobre la mesa la intensidad del drama social que viven los desposeídos en Colombia. Para ellos, la única referencia estatal pasa por el uso de la fuerza que los corretea como leprosos, que los agrede y considera enemigos indeseables. El trasfondo que plantea Ferreira es sutil pero inteligente: los pobres, los miserables y desposeídos están ad portas de frenar, con su invasión, el progreso que la construcción del proyecto urbanístico Club Kiwanis supone para la región. Eso, dentro del discurso oficial, no se puede permitir. ¡Jamás! En ese sentido, el Estado defiende al inversionista que trae progreso y réditos económicos. Los valores asociados al benefactor, Simón Alemán, priman sobre el desamparo y abandono de las comunidades. No hay mediación, no hay negociación posible. Solo hay términos de desalojo que se vencen y procedimientos de fuerza que se cumplen. Así es la ecuación.

En ese contexto de fuerzas que no armonizan, que los poderosos no dejan armonizar, esta novela, que vio la luz en 2014, aborda, finalmente, el espinoso asunto de la libertad de prensa. Como tercer macro eje temático, la reflexión hecha en torno al periodismo ahonda en la gallardía que supone hacerlo bien y, cómo no, da cuenta de los peligros que se asumen por ello. Geovanni Orozco y Joaquín Borja, reportero gráfico el primero y dueño y redactor único del periódico La Gallina Política, el segundo, son las voces que dialogan con todo el conjunto de periodistas que han sido acallados en Colombia por hacer su trabajo. La violencia de esta novela, esto es lo interesante, está en el corazón de las ciudades colombianas que, para la década de 1970, se vestían con la ilusión de la modernidad deportiva, cívica e industrial. El florecer del cemento que construía edificios y casas, calles y escenarios, antagoniza con la censura efectuada al denominado cuarto poder; no en vano, dice Joaquín Borja: «a mí, maldita sea, me habían amenazado una y otra vez de muerte,  me habían puesto matones en las calles, sabuesos perseguidores en las noches, esbirros del régimen que se movían como espectros en la oscuridad del Estado de Sitio, sabían lo que comía, sabían lo que bebía, las calles por donde me desplazaba, siempre al acecho, siempre detrás, siempre investigando a mis fuentes, siempre distribuyendo cebos para secuestrarme, siempre a punto de darme caza para acallarme, hasta que lo consiguieron…» (33)

Y sí, lo consiguieron dinamitando su casa, matando a su hermana, destruyendo todo cuanto facultaba su trabajo investigativo. Borja, como lo constata no sin cierto efectismo la historia, no pudo escapar a la represión estatal impuesta por el Frente Nacional en la década en que transcurren las acciones noveladas. Lo triste de esto es que la década inmediatamente posterior, la de 1980, no solo redobló los asesinatos y demás vejámenes contra periodistas, sino que atestiguó la presencia de un actor más fuerte y drástico que el gobierno: el narcotráfico y su dinero capaz de corroerlo todo y a todos, incluidos aquellos hombres de palabra firme que, al decir de Nietzsche y como recitaba Borja de memoria, ¡podían hacer promesas, pero no cumplirlas!

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba