La perra
La perra
Pilar Quintana
Random House, 2017
108 páginas
Por: Alfonso Carvajal
Novelista y periodista colombiano

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“La perra” es una novela sobre la naturaleza humana en medio de la naturaleza hostil, lluviosa, cambiante, de un poblado en el Pacífico colombiano. Está construida sobre la vida de una mujer, Damaris, donde asistimos a sus deseos, miserias y pequeños triunfos. Pilar Quintana, autora de la novela, logra crear una narración sicológica que nos conmueve y arrastra como las olas del mar, y la vida parece un sueño, un sueño cada vez más irrealizable. Un mundo sin Dios, solo movido por el ritmo caótico del universo.
El universo de la selva con sus silencios, con sus grandes explosiones herméticas: “El calor era baboso, lo sentía pegado en su piel como si fuera lama, y le parecía que la bulla de las ranas y los grillos, insoportable como la música en la discoteca del pueblo, no estaba en la selva sino dentro de su cabeza”. Luego de la imposibilidad de tener hijos, Damaris va perdiendo el intersticio de la vida. Algún día que Rogelio va a comprar un equipo de sonido para sortear la carencia, la mujer estalla en llanto: “Yo no quiero un equipo de sonido, yo quiero un bebé”. A partir de allí la fuerza de la naturaleza predomina sobre la del ser humano.
La autora logra un espejo, donde las dos vidas cada día se bifurcan más, entre las desgracias y sinsabores de cada una.

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Un recuerdo de infancia ahondará su tristeza, Nicolasito, un niño que muere ahogado en un acantilado será una raya de culpa ad infinitum. En los vaivenes del tiempo aparece la perra, una pequeña criatura que adopta por azar. Damaris la mima, la calienta entre sus “tetas blandas y generosas”: son una sola sombra, pero la relación se fracciona y cuando crece se vuelve resabiada y en su primer parto abandona a los críos.
La relación entre Damaris y la perra se vuelve de amores y odios. La autora logra un espejo, donde las dos vidas cada día se bifurcan más, entre las desgracias y sinsabores de cada una. La naturaleza es la piel del lenguaje: “Y se quedó escuchando la lluvia, un runrún continuo que parecía gente rezando en un velorio”. La perra no es un artificio, es una compañía, que acrecienta la fatalidad y la incomunicación.
Es una nouvelle redonda, no le sobra ni le falta, una inequívoca señal de síntesis e intensidad. Una vida común llevada a sus abismos más pronunciados. El final es abierto y electrizante. Y la literatura, en últimas, explora eso: los pasadizos misteriosos que nos habitan y la lección de que el número de páginas, estirar la prosa, no determina la riqueza interior de una novela.
Fragmento de la novela:
Cuando la marea estaba baja, la playa se volvía inmensa, un descampado de arena negra que más parecía barro. Cuando estaba alta, el agua la tapaba toda y las olas traían palos, ramas, semillas y hojas muertas de la selva y los revolvían con la basura de la gente. Damaris venía de visitar a su tía en el otro pueblo, que quedaba arriba, en tierra firme, pasando el aeropuerto militar, y era más moderno, con hoteles y restaurantes de concreto. Había parado en la casa de doña Elodia por curiosidad, al verla con los perritos, y ahora iba para su casa en la punta opuesta de la playa. Como no tenía dónde meter a la perra, se la puso contra el pecho. Le cabía en las manos, olía a leche y le hacía sentir unas ganas muy grandes de abrazarla fuerte y llorar.
El pueblo de Damaris era una calle larga de arena apretada con casas a lado y lado. Todas las casas estaban destartaladas y se elevaban del suelo sobre estacas de madera, con paredes de tabla y techos negros de moho. Damaris tenía un poco de temor de la reacción de Rogelio cuando viera la perra. A él no le gustaban los perros, y si los criaba era solamente para que ladraran y cuidaran la propiedad. Ahora tenía tres: Danger, Mosco y Olivo.
(…) Rogelio era un negro grande y musculoso, con cara de estar enojado todo el tiempo. Cuando Damaris llegó con la perra, él estaba afuera limpiando el motor de la guadañadora. Ni siquiera la saludó.
¿Otro perro? – dijo -. Ni creás que me voy a encargar de él.
Acaso quién te está pidiendo algo – respondió ella y siguió derecho a la cabaña.



